Icono del sitio Trabajadores

RETRATOS: Hildo y el aroma del café

Hildo Liberato Crehuet Fernández puede distinguir el olor de una colada de café al vuelo. Ese néctar divino lo lleva desde pequeño en la sangre, cuando su mamá hacía la infusión y él procuraba un buchito; luego, el gusto se acentuó cuando se vinculó al sector cafetalero hace más de 60 años.

 

A sus 87 años, Hildo Crehuet no piensa en la jubilación. Foto: Agustín Borrego Torres

 

Llegó de forma casual. Su mundo estaba en la provincia de Camagüey. “Nací el 17 de agosto de 1934, en una finca nombrada El Guanito, a seis kilómetros de Sibanicú. Estuve al borde de la muerte, pues me contagié con el tifus, epidemia que nos afectó en ese tiempo. Éramos muy pobres, mi papá, Aurelio, trasladaba caña de azúcar o madera en una carreta tirada por bueyes. Mi madre, Blanca Luisa, era una excelente costurera. Hacían todos los esfuerzos por mantener a los cinco hijos, yo solo pude llegar hasta el tercer grado”, expresa.

Desde muy jovencito tuvo que ayudar a los padres para poder subsistir. Fue mensajero en un almacén de víveres, laboró en una florería donde se hacían coronas y con 14 años se hizo de un carrito donde vendía frituras y empanadillas en la calle República, en la ciudad de Camagüey.

Fue ahí, precisamente, donde conoció a Ernesto Alomá, quien en aquella época era inspector del Instituto Cubano de Estabilización del Café en la región oriental. “A él le gustaban las fritas y las chicharritas y me compraba bastante, por ahí empezó la amistad, que me llevó a involucrarme en las actividades del Movimiento 26 de Julio”, afirma.

En ese entonces, Hildo vivía en un reparto en las afueras de la ciudad. “Ernesto me sugirió que me mudara para una casa de huéspedes, que estaba más céntrica. Una noche, los esbirros del tirano Fulgencio Batista vinieron a buscarlo y una señora les dijo que él no estaba, pero que su amigo sí, y les indicó mi cuarto. Los secuaces le dieron una patada a la puerta y me despertaron sin dar explicaciones. Yo tenía guardadas unas cajas con uniformes para el Ejército Rebelde, tres revólveres calibre 38 y medicinas.  Me dijeron que, si declaraba que habían encontrado armas, allí mismo me mataban. El caso es que ellos las cogían para venderlas. Me amarraron las manos con el alambre de un perchero y cuando salimos, en medio de la calle, me puse las manos atadas en la cabeza para que las personas que observaban vieran que iba preso.

“Por suerte, a Alomá le avisaron y pudo irse para la Sierra Maestra.  Yo fui llevado para las mazmorras del SIM (Servicio de Inteligencia Militar), estuve once días prisionero. Fui torturado, me dieron patadas y con la culata del rifle me infringieron golpes en el pecho. Recuerdo que en mi celda estaba un muchacho de unos 20o 22 años, era rubio y pertenecía a la Juventud Socialista. Me decía: ‘no hables, resiste, de todas formas, te matan’. Él fue asesinado. Mis torturadores fueron ajusticiados luego del triunfo de la Revolución.

“El esposo de mi única hermana, Irais Crehuet, era teniente del ejército batistiano. Vivían en Holguín y él era el jefe de comunicaciones. Ella lo obligó a que interfiriera por mí y así me sacaron de las mazmorras. Fui llevado al Vivac. Después le dieron dinero al sargento Labastida, jefe de la cárcel de Camagüey Labastida y se logró la libertad condicional. Yo tenía unos mil 600 pesos en el banco y ese dinero se utilizó para la fianza.

“De ahí me fui para Sibanicú, donde se quedó viviendo mi mamá, que por ese entonces estaba separada de mi papá y a los pocos días, vino un compañero en un carro, con un mensaje del 26 de Julio. Él me llevó para el Frente de Camagüey, fundado en octubre de 1958 y cuyo jefe era el Comandante Víctor Mora. Estuve en la Columna 13. Eso fue a finales de la guerra, me recibió un combatiente, el chino Figueredo y estuve en un pelotón bajo el mando de Milton Urra. El 24 de diciembre participé en un combate. Preparamos una emboscada al enemigo, en la cual fallecieron un oficial del Ejército Rebelde y varios casquitos.

“Posteriormente, caminamos por la costa sur del territorio camagüeyano, hasta llegar a las márgenes del río Jobabo. Había mucho fango y mosquitos por todas partes. El Primero de Enero de 1959 nos sorprendió en un campamento llamado La Chivera. Yo me sentía mal, tenía fiebre debido al paludismo. Con la victoria se compensó mi espíritu. A través de la radio, oí las palabras del Comandante en Jefe Fidel Castro cuando convocaba a la Huelga General para echar por tierra los intentos de los enemigos de arrebatar el triunfo al pueblo cubano y convocó a ocupar los cuarteles de todas las provincias”.

 

La Habana le abre las puertas

Al triunfo de la Revolución, Ernesto Alomá bajó con grados de capitán y fue nombrado director general del Instituto Cubano de Estabilización del Café. “Un día me mandó a buscar. Jamás había subido a un avión. La aeronave aterrizó en el aeropuerto de Ciudad Libertad. Ahí me recogió un carro y me llevó para el instituto, que estaba en la calle19, entre 0 y N”.

Era la primera visita de Hildo a La Habana y le impresionó la majestuosidad de los edificios, en particular la altura del Focsa. “Me pareció que se me venía encima, fue un espejismo. Me hice amigo de varios combatientes, quienes me enseñaron un poco de la ciudad, pero yo salía poco, iba a comer en algún lugar cercano y regresaba para el instituto. En la parte de atrás había un cuarto donde me quedaba. No tenía a ningún familiar en la ciudad. Alomá habló en una casa de huéspedes, situada en 0 y 19, donde pude desayunar, almorzar y comer”.

Nunca más se fue; desde entonces, su vida estuvo relacionada con el café. “He estado vinculado al sector cuando perteneció al Instituto Nacional de Reforma Agraria (INRA), al Ministerio de la Agricultura (MINAG) y después al Ministerio de la Industria Alimentaria (MINAL) al cual actualmente me subordino”, apunta.

 

Junto a sus compañeros. Foto: Agustín Borrego Torres

 

Conjugar las responsabilidades laborales, con la crianza de sus dos hijas mayores Tatiana y Thais, fue algo difícil, pero logró cumplir el sueño de verlas convertidas en profesionales. Luego llegó el varón, Alain Víctor.

Reconoce que con esfuerzo se hizo técnico medio en agronomía y especialista en café. “Desde hace años ocupo el cargo de balancista. Tiene que ver con el producto que se necesita en las torrefactoras para tostar y moler, con vistas a la población. En el MINAG realizaba el balance para determinar el café que tenía calidad para el comercio interno y el destinado a la exportación.

Confiesa que es un adicto al café. “No puedo vivir sin tomarlo, aunque ahora es menos, por la edad no puedo.  A veces me levanto a las cinco de la mañana y preparo la cafetera, para disfrutar una taza de café”.

Aunque aún se mantiene fuerte, refiere que es un asmático crónico, lo cual achaca a los golpes que recibió en el pecho mientras permaneció preso. Pero no se detiene, siempre está trabajando. “No me acuerdo de las vacaciones”, añade y subraya que ama a su trabajo y quiere mucho a sus compañeros. En su colectivo, asume responsabilidades. “Desde hace más de 10 años, soy secretario del núcleo del Partido en la empresa Cuba-Café”.

 

Durante el Día del Trabajador de la Industria Alimentaria se reconoció la trayectoria laboral de Hildo. Foto: Agustín Borrego Torres

 

Múltiples son las medallas y distinciones que posee en reconocimiento a su intensa vida revolucionaria. Entre estas ostenta las medallas de Combatiente de la Guerra de Liberación y Combatiente de la Lucha Clandestina.

Al hablar sobre las nuevas tecnologías, acota que, aunque reconoce su utilidad, no son su fuerte. Sin embargo, admira cómo su pequeña nieta de cinco años, Rihanna Camila, se desenvuelve con el móvil para ver los muñequitos. No duda en expresar que es su consentida, la que más lo ama y adora.

Su mayor anhelo es que Cuba pueda retomar la producción del café que antes la caracterizó. “No quisiera morir sin ver logrado ese sueño. Nuestra tierra tiene condiciones para alcanzar buenas cosechas y el pueblo lo merece. Hay que trabajar para eso”.

 

Compartir...
Salir de la versión móvil