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Como el viento tras la semilla de la integración

El 13 de diciembre de 1994 ocu­rrió en La Habana el primer encuentro entre el Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz y el entonces joven rebelde Hugo Chávez Frías. Ese día nació la amistad inquebrantable entre esos dos hombres y reverdeció el sueño de la unidad regional.

En las décadas siguientes Fidel y Chávez impulsaron la idea, coherente con aquella advertencia que desde el lejano 1815 el Libertador de América, Simón Bolívar, había dejado en su Carta de Ja­maica: “El gran factor que puede llevar a que la independencia se concrete es la integración (…). Se puede contar con to­dos los elementos económicos y militares, pero si no se garantiza la unidad, el pro­yecto está condenado a fracasar”.

Batallas después, en 1819, Bolívar fundó con Venezuela y Nueva Granada la Gran Colombia. Luego se sumaron Pa­namá (1821), Quito y Guayaquil (1822). Por unos años funcionaron como un Es­tado las actuales repúblicas de Colombia, Ecuador, Panamá y Venezuela (inclui­da la disputada Guayana Esequiba), así como otros territorios que tras el fracaso del proyecto pasaron a Brasil, Perú, Ni­caragua y Honduras.

El Libertador estaba convencido de que esa estructura supranacional garantizaría la independencia y la in­tegridad territorial, adoptaría el arbi­traje como forma de solución pacífica de los conflictos entre los nuevos Esta­dos, y excluiría de manera definitiva a los Estados Unidos pues “parecen des­tinados por la providencia para plagar las Américas de miseria a nombre de la libertad”.

La idea bolivariana se basaba en varios elementos unificadores, entre ellos el idioma y la religión católica, generadores a su vez de tradiciones, preceptos morales y estructuras so­cietales compartidas. Con esas y otras certezas organizó en 1826 el Con­greso Anfictiónico de Panamá que, a pesar de no haber podido concretar el proyecto integra­cionista, dejó claro que la unión continental hispanoamericana, fuerte e indomable, es necesaria y posible. Pronto apareció su voraz de­predador, la Doctrina Monroe.

Poco después de aquella histórica Conferencia de Guayaquil (26 y 27 de julio de 1822), en que se reunieron por primera y única vez dos grandes liber­tadores de América, Simón Bolívar y José de San Martín, el presidente esta­dounidense James Monroe, quien ya se había apropiado de la Florida, emitió una declaración que condensaba el vie­jo propósito imperial de sus predeceso­res Thomas Jefferson, James Madison y del entonces secretario de Estado John Quincy Adams, quien más tarde tam­bién fue presidente. De ella salió la fra­se América es para los americanos, que en realidad significa, América para los estadounidenses.

Según el politólogo cubano Néstor García Iturbe (1940-2018), el monroís­mo ha signado siempre la política ex­terior de EE. UU. hacia América. En el siglo XX contabiliza no menos de 40 operaciones que así lo confirman: “Las acciones realizadas van desde ocupa­ción de países, golpes de Estado, repre­sión a las fuerzas de izquierda y otras donde en todo momento se han defen­dido los intereses económicos de los grandes consorcios estadounidenses. El listado de acciones es extenso y tétrico. La ayuda a los ‘contra’ en Nicaragua, la muerte de Torrijos y la invasión de Granada son algunos ejemplos de las distintas formas adoptadas”, refiere el experto.

En el siglo XXI, la Doctrina Monroe sigue vigente. Un buen ejemplo es el Plan Colombia y su propósito nada encubierto de mantener presencia militar en la zona. También podrían mencionarse las accio­nes hostiles contra Venezuela; el derroca­miento de Manuel Zelaya, en Honduras, y de Evo Morales, en Bolivia; los golpes de Estado “constitucionales” en Paraguay y Brasil; las acciones contra los Gobiernos democráticamente electos de Nicaragua y El Salvador; así como la constante guerra contra Cuba, donde ade­más del bloqueo económico, co­mercial y financiero, apelan a métodos de subversión polí­tica ideológica para derro­tar la Revolución.

Frente a ese escenario, la Alianza Boli­variana para los Pueblos de Nuestra Améri­ca–Tratado de Co­mercio de los Pue­blos (Alba-TCP), cuya XX Cumbre Pre­sidencial tuvo lugar recientemente en La Habana, se nos pre­senta como heredera de aquel propósi­to bolivariano de caminar juntos. Es la opción que acoge y abraza.

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