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Grupo de Lima: muerto pero no enterrado

El grupo de Lima ha fallecido, y de muerte natural. Podría decirse, en términos médicos, que era un  ‘feto no viable’.

 

 

La noticia la confirmó esta semana el embajador de Perú ante la Organización de Estados Americanos (OEA), Harold Forsyth, quien ratificó la extinción del Grupo, creado en 2017 para presionar, y hacer abortar, el proceso chavista venezolano, lidereado por el presidente Nicolás Maduro.

En una entrevista radial, el diplomático peruano reconoció desde Washington que el polémico grupo ‘cumplió su ciclo’. Negó que su país se haya retirado, pues ‘nadie se puede salir de lo que no está funcionando y no existe porque (el grupo) hace meses que no se reúne’, desde mucho antes de que asumiera el actual presidente Pedro Castillo.

Agregó que nunca fue ‘una organización legalmente establecida’, sino que funcionó en un momento dado’ y que actualmente el Gobierno venezolano y la oposición ‘están conversando pacíficamente bajo el auspicio de Noruega, un país especializado en este tipo de mediación’ como lo demostró en Colombia, donde jugó un importante rol en el proceso que culminó con un Acuerdo de Paz entre el Gobierno y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC).

Vale recordar que el anuncio de la salida de Perú del Grupo de Lima fue una de las críticas que le hicieron al nombramiento como canciller del veterano luchador Héctor Béjar, quien fue obligado a presentar su renuncia sin apenas haber calentado el puesto.

Días más tarde, el discurso de asunción de nuevo ministro de Exteriores, Óscar Maúrtua, no fue diferente a las opiniones vertidas por el propio Béjar, lo que confirma que los señalamientos de la oposición eran más contra el propio Béjar, y lo que su lidereazgo de izquierda significa, que contra su postura respecto al Grupo de Lima.

Talcomo reconoce el peruano Farid Kahhat, doctor en Relaciones Internacionales, Teoría Política y Política Comparada en la Universidad de Texas, Austin y profesor del Departamento de Ciencias Sociales de la PUCP (Perú), el Grupo de Lima no ha hecho ninguna diferencia en lo que acontece en Venezuela.

En la Declaración de Lima que dio origen a ese grupo, los gobiernos signatarios mencionan su “decisión de continuar la aplicación de la Carta Democrática Interamericana a Venezuela”. Expresan su “seria preocupación por la crisis humanitaria que enfrenta el país”. Reafirman su “compromiso de mantener un seguimiento a la situación de Venezuela, […], hasta el pleno restablecimiento de la democracia en ese país”. Por último, manifiestan “su disposición a apoyar […], todo esfuerzo de negociación creíble y de buena fe, que tenga el consenso de las partes y que esté orientado a alcanzar pacíficamente el restablecimiento de la democracia en el país”.

Pero en la práctica, jamás se consiguió la mayoría calificada necesaria para aplicar a Venezuela la Carta Democrática de la Organización de Estados Americanos (OEA) y la principal sanción contemplada en la Carta Democrática (la expulsión del gobierno infractor)no tenía sentido pues el gobierno de Maduro habia consumado su retiro de ese organismo en 2019.

Sobre el envío de ayuda humanitaria, la propia ex canciller y defensora del Grupo de Lima, Cayetana Aljovín, dijo que no fue posible por «falta de voluntad del régimen”, mientras organizaciones de larga tradicion en esa área, como la Cruz Roja Internacional, decidieron no participar de es proceso debido a la politización deliberada y tendenciosa de esos envíos. Una investigacion del diario The New York Times demostró que fue un manifestante opositor quien accidentalmente prendió fuego a uno de los camiones de ayuda.

La misma Aljovín afirmó que el empeño por el restablecimiento de la democracia tampoco fructificó «lamentablemente, las negociaciones se frustraron» y ninguna participación tuvo el grupo en el diálogo entre el gobierno de Maduro y la oposición venezolana realizadas en República Dominicana, Barbados, y ahora México.

Frente a esta realidad, podríamos concluir que el Grupo de Lima ha muerto, pero no está enterrado. El servilismo a los intereses neoliberales y a la potencia norteña (Estados Unidos) siguen vivos y en el poder en algunos paiaes de la región, como demostraron los presidentes Luis Lacalle Pou (Uruguay), y Mario Abdo Benítez (Paraguay) en la recién concluida VI cumbre de jefes de Estado de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribenos (Celac), que insistieron en presentar como propio el discurso imperial contra Venezuela, Cuba y Nicaragua.

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