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Con Filo: Agradecer

Entre esas acciones humanas que hablan muy bien de quien las practica, hay una en particular que repercute tanto cuando somos sus receptores como cuando somos sus protagonistas.

 

 

Hablo de ese gesto que podría parecer tan sencillo, pero no siempre lo hacemos con la oportunidad que requiere: agradecer.

Y está claro que, en el fondo, lo más importante es cómo las personas actúan, pero eso no quita valor al hecho de verbalizar, de poner en palabras ese sentimiento tan reconfortante.

Porque mostrar agradecimiento es quizás una de las mejores recompensas que alguien puede brindar ante la buena voluntad y los hechos positivos de otra persona.

Podemos incluso corresponder con un gesto similar o mejor, pero no debemos nunca perder esa posibilidad de exteriorizarlo, en público o en privado, en una expresión de cariño, como una pequeña y estimulante retribución.

Sin embargo, no todo el mundo lo hace, y aunque eso puede entristecer y agraviar a quien nos ayuda o brinda cualquier satisfacción material o inmaterial, sin dudas el mayor daño es para quien se resiste o niega ese sencillo y enaltecedor gesto.

Desde un acto tan simple como ceder un asiento en el ómnibus, tomarle los bultos a otro pasajero que está de pie, o auxiliar a alguien a descender de él, hasta apoyos mucho más persistentes en el tiempo y, por consiguiente, más valiosos, como la educación que recibimos, el amor y la amistad que nos profesan, casi todas las buenas reacciones de las personas merecerían, aunque fuera, una mínima señal de agradecimiento.

Al conductor que detiene su auto o nos recoge en un semáforo, por ejemplo, le damos las gracias, no importa si también hay exigencias envueltas en esa actuación. Porque debemos agradecer siempre la solidaridad, incluso cuando esta roza con el deber.

Solamente no agradece el individuo que cree merecerlo todo, o que no tiene la sensibilidad para reconocer el mérito de sus semejantes. No saber agradecer no lo quita ni le da nada a la persona que tuvo hacia otra un buen proceder, pero sí resta mucho a quien no consigue reconocer el mérito ajeno.

Dar las gracias, es una de esas frases mágicas que debería acompañarnos siempre. Por eso cuando son pequeñines les solemos hacer a niñas y niños la famosa pregunta de “¿Qué se dice?”, en el instante en que reciben algo de las personas adultas.

Lamentablemente, a veces entre adultos es más frecuente el olvido de esa respuesta tan elemental, que entre los infantes de la más corta edad.

¿Y qué provoca eso? No son pocas las ocasiones en que un sabor amargo, una tenue tristeza, nos queda ante una actitud que nos puede parecer malagradecida, incluso aunque uno no haga el bien porque espere esa recompensa.

Pues con el agradecimiento sucede como con el elogio, cuya presencia, como decía José Martí, fomenta el mérito. Y su falta, lo desanima.

Y lo peor es el empobrecimiento espiritual que poco a poco sufre quien no agradece. Son las mayores víctimas de su desagradecimiento. Pierden oportunidades, amistades e incluso, el respeto de quienes les rodean.

¡Y es tan fácil hacerlo! Basta ir por el mundo tratando de hallar lo bueno y positivo que recibimos, para convertirlo a su vez, mediante nuestro agradecimiento, en la fuerza para hacer algo similar o mejor. Está bien que correspondamos con acciones concretas, pero agradecer, nadie lo dude, también nos hace mejores personas.

 

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