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Antes del Moncada: Un camino propio (II)

Fue inútil que los jóvenes integrantes del movimiento que se gestaba, encabezado por Fidel, intentaran unir sus esfuerzos a los partidos políticos tradicionales  en la lucha por derrocar a la tiranía de Fulgencio Batista, pese a que tenían a su disposición los medios económicos, las relaciones, la ascendencia y los recursos para hacerlo.

Además de faltarle voluntad y decisión para pelear, aquella oposición estaba sumida en todo tipo de disputas y querellas intestinas y ambiciones personales de mando.

La certeza de que no iban a poder contar con su apoyo, no desanimó a los revolucionarios,  quienes decidieron emprender un camino propio.

Y es que en ellos se materializaba una contundente sentencia martiana; “Cuando hay muchos hombres sin decoro hay siempre otros que tienen en sí el decoro de muchos hombres. Esos son los que se rebelan con fuerza terrible contra los que roban a los pueblos su libertad, que es robarles a los hombres su decoro. En esos hombres van miles de hombres, va un pueblo entero, va la dignidad humana”

Ellos integraron la Generación del Centenario, que rescató el ideario del Apóstol hasta convertirlo en el autor intelectual de la acción armada que se preparaba.

La tiranía no podía siquiera imaginar que en células clandestinas se habían organizado mil 200 hombres dispuestos a pelear para derrocarla ni el contingente armado que participaría en los asaltos fuera capaz de recorrer más de mil kilómetros desde la capital hasta Santiago de Cuba sin levantar sospechas.

Conseguir los recursos necesarios para la acción no fue tarea fácil y exigió grandes sacrificios de los futuros combatientes. Según relató el historiador  Mario Mencía, “Para comprar el rifle, para comprar balas, había que dejar de comer, tenían nuestros compañeros que dejar de fumar; tenían que dejar de tomar tacita de café que valía tres centavos, para comprar aquellos pedazos de rifles y aquellas cuantas balas”

Otros tuvieron que vender sus pertenencias y hasta sus empleos.

Un ejemplo de la honestidad con que se manejaban los fondos fue narrado por Pedro Trigo. Tras una jornada de recaudación, pasó con Fidel frente a la vivienda de este. El hijo de tres años del líder estaba enfermo y el apartamento a oscuras porque habían cortado la electricidad. Fidel escribió una nota para que un médico amigo viera al pequeño y le preguntó a Trigo si tenía algún dinero. Este le entregó cinco pesos que Fidel dejó en la casa para medicinas y alimentos, sin embargo, dentro de sus bolsillos tenía más de 100 pesos que había recaudado ese día.

No pensaba aquel nuevo Ejército Mambí que un puñado de combatientes podría realizar la Revolución. Estaban conscientes de que su papel era señalar el rumbo, que asumido por las masas, las convertiría en las verdaderas artífices de la victoria.

Con esa convicción Fidel se dirigió a los hombres que, reunidos en la granjita de Siboney, participarían en el combate:  “Compañeros, podrán vencer mañana o ser vencidos, pero de todas maneras este movimiento triunfará. Si vencen mañana será lo que aspiró Martí, si no, el gesto servirá de ejemplo al pueblo de Cuba. Se les hará ver a los políticos que si estos 200 jóvenes con tan escasos recursos iban  tomar un regimiento qué no harían con el dinero que ellos dilapidan. El pueblo nos respaldará en Oriente y en toda la Isla; como en el 68 y el 95 aquí en Oriente damos el primer grito de libertad o muerte”.

Los doscientos hombres que mencionaba incluían los designados para atacar al cuartel de Bayamo

Abel, el segundo jefe del Movimiento, le siguió en el uso de la palabra; “…es necesario que todos vayamos con fe en el triunfo nuestro mañana, pero si el destino es adverso estamos obligados a ser valientes en la derrota, porque lo que pase allí se sabrá algún día, la historia lo registrará y nuestra disposición de morir por la patria será imitada por todos los jóvenes de Cuba, nuestro ejemplo merece el sacrificio y mitiga el dolor que podemos causarle a nuestros padres y demás seres queridos, ¡morir por la Patria es vivir!”

Muchos de aquellos combatientes no verían la victoria, pero su gesto heroico, los inmortalizó. (Continuará)

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