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Lázaro Peña: La fuerza de su legado

Lázaro Peña González, eterno Capitán de la Clase Obrera, fue de esos hombres de los que José Martí dijo que hasta después de muertos dan luz de aurora. Así lo demuestran las opiniones de cuantos tuvieron la oportunidad de trabajar a su lado en diversas etapas de su quehacer como principal conductor del movimiento sindical cubano.

En la presidencia del XIII Congreso de la CTC, de izquierda a derecha, Almeida, Osvaldo Dorticós, Fidel y Lázaro.

Entre estos figura Faustino Calcines Gordillo, fundador de la CTC ya desaparecido, quien afirmaba que entre sus enseñanzas ocupa lugar primordial la de defender la unidad y el derecho de los trabajadores, y su intensa labor educativa y aleccionadora, pues escuchaba con suma paciencia cualquier criterio, así como su capacidad de razonar y convencer, características que hicieron de él un ejemplo de lo que debe ser un dirigente sindical.

Según Luis Martell Rosa, durante muchos años secretario general nacional de los azucareros, los que ocupaban responsabilidades dentro del movimiento sindical Lázaro les recordaba continuamente lo imperativo de prepararse, estudiar e ir adonde se encontraban los trabajadores, hablarles y relacionarse con ellos; buscar sus partes positivas y reflexionar en colectivo hasta persuadirlos de lo que se les plantea, de la justeza del socialismo, del trabajo, de la honradez, del cumplimiento de la tarea asignada a cada cual.

Recordó Martell que Fidel calificó a Lázaro de maestro cuando algunos compañeros jóvenes le expresaron que a su lado habían aprendido más durante los preparativos del XIII Congreso de la CTC, que en toda su vida como dirigentes.

Esto se explica porque, como asegura Alfredo Suárez Quintela, por mucho tiempo secretario general del Sindicato Nacional de Trabajadores del Transporte, no solo decía lo que había que hacer, sino que enseñaba cómo hacerlo. Y añade que como todo le interesaba, las reuniones con él eran largas, pues las dedicaba a ver cuantos problemas hubiera.

 

Su obra más acabada

Dos momentos significativos tuvo Lázaro Peña en su quehacer sindical: el primero, cuando en 1935 el Partido Comunista le dio la misión de reconstruir el movimiento obrero, desmembrado y tenazmente perseguido tras la huelga general de marzo de ese año. Entonces centró su tarea en la lucha por la reposición de los desplazados, y en la creación y mantenimiento de una central única de trabajadores, período en el cual devino forjador de cuadros sindicales al contar con un considerable grupo de jóvenes dirigentes comunistas, entre los que se encontraban Jesús Menéndez, Aracelio Iglesias, Miguel Fernández Roig, Juan Taquechel, Ursinio Rojas, Justo Tamayo, Julián Sotolongo, Manuel Suárez, José María Pérez y Segundo Quincosa, en unión de quienes en enero de 1939 fundaron la Confederación de Trabajadores de Cuba (CTC).

El segundo momento comenzó cuando, el 19 de mayo de 1970, Fidel llamó a “(…) rectificar errores, orientar, definir, establecer el papel que corresponde en la construcción del socialismo a las organizaciones obreras (…)”, con el objetivo de eliminar el debilitamiento provocado por la desaparición de las organizaciones sindicales tras la celebración del XII Congreso, en 1966, el cual, en opinión de Fidel, privaba “a la Revolución de su más poderoso instrumento productivo, de su más poderoso brazo, de su más poderosa base en el proceso productivo”.

Acerca del desarrollo de ese proceso, que culminó con la celebración del XIII Congreso de la CTC, en 1973, Roger López de la Cruz, quien trabajaba junto a Lázaro Peña, señala que el cumplimiento de aquella misión, la cual considera su “obra más elaborada”, requirió del eterno Capitán de la Clase Obrera cubana un supremo esfuerzo, en el que se apoyó en toda su experiencia como dirigente.

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