¡Eternamente maestra!

¡Eternamente maestra!

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Ruth Vargas Hernández, ejemplo de educadora y dirigente sindical consagrada. Foto: Agustín Borrego
Ruth Vargas Hernández, ejemplo de educadora y dirigente sindical consagrada. Foto: Agustín Borrego

Fue un sueño de toda la vida. Desde muy pequeña se imaginaba en un aula, rodeada de niños enseñándoles a leer y a escribir. El magisterio era una pasión, pero sabía que su madre —con cuatro hijos— no tenía posibilidades de convertir su anhelo en realidad.

Sin embargo, gracias a la ayuda de unos familiares, Ruth Vargas Hernández pudo formarse en 1952 como maestra hogarista.

Desde entonces, de una u otra forma, siempre ha estado vinculada a la pedagogía. La Campaña de Alfabetización la sorprendió en Guantánamo, donde ya vivía con su esposo y sus tres críos (hoy la familia ha crecido y cuenta con 12 nietos y 13 biznietos). Y a este proceso se incorporó ante el llamado de Fidel y de la Revolución.

Le gusta rememorar aquellos tiempos: “La neblina en las montañas, la temprana caída de la tarde, las botas grandes que si un día pudieran hablar y contar los kilómetros recorridos a pie me asombrarían”.

En la localidad de Lajas, específicamente en Quemado de Santa Fe y Santa Fe Arriba, en el municipio guantanamero de El Salvador, Ruth se desempeñó como asesora técnica de la Campaña; laboró junto a 33 brigadistas y alfabetizó a 12 personas.

“En el silencio del monte solo se escuchaban mis pisadas visitando a los alfabetizadores, el trino de los pajaritos y ¡qué susto me daba cuando pasaban las culebras, los chipojos verdes y azules, y hasta cuando oía el eco de una voz lejana!

“¿Frutas en el camino? Ni una, pero sí muchas piedras, dientes de perro. ¿Casas? Tampoco, hasta que no llegaba al barrio de Los Peña, donde yo paraba. ¿Carros? Ni pensarlo en toda esa zona montañosa.

“El tiempo pasó casi sin darnos cuenta. Atrás quedaron los días de adaptación, las primeras clases, las visitas a los hogares, las tareas de constructora, maestra, peluquera, enfermera, costurera, consultante de las dificultades de los pobladores, delegada del entonces ministro de Justicia, pues realicé más de 70 inscripciones de nacimiento y algunas bodas colectivas”.

Allí fundó los CDR, la FMC y el Sindicato de los Educadores, organización a la cual pese a sus 86 años se mantiene muy vinculada; ahora como invitada permanente al Comité Nacional del Sindicato Nacional de los Trabajadores de la Educación, la Ciencia y el Deporte (SNTECD).

En esas lomas, donde también conoció la pobreza heredada del régimen de Batista, dejó hermandad entre maestros y campesinos; escuelas construidas; niños y adultos alfabetizados; muchachas que aprendieron a bordar y a tejer, quienes fueron por vez primera al pueblo y allí quedaron impresionadas por la corriente eléctrica.

“Fue una misión cumplida, a pesar de las difíciles condiciones de vida y las amenazas que a diario teníamos de los alzados que estaban en cuevas cercanas a donde dábamos las clases. Más en aquellas montañas enseñamos a las madres a cuidar la salud de los niños; les explicamos la necesidad de mantener la higiene, abrir las ventanas de los bohíos (pues no lo hacían); cómo preparar los alimentos; inyectar a los enfermos.

“Nos dimos a la tarea de conseguir un juguete para cada infante de la zona; frazadas para resguardarse del frío; organizamos una biblioteca. Pero, ante todo, entregamos mucho calor humano, cariño, amor por la Revolución; único proyecto que era capaz de llevar adelante la grandiosa epopeya”.

Una vez concluida la Campaña, Ruth decidió quedarse por un tiempo en El Salvador, con el objetivo de eliminar la subescolarización que existía en la zona. Luego se especializó en la enseñanza de prescolar a la cual le dedicó más de un cuarto de siglo como maestra y después como metodóloga inspectora.

Acogida a la jubilación hace más de dos décadas, nunca ha permanecido en casa. Tiene una labor encomiable como dirigente sindical en la organización de los jubilados y en la Cátedra del Adulto Mayor.

A los innumerables reconocimientos que ha recibido durante toda su trayectoria, entre los cuales atesora uno de gran significación como La Estrella Martiana que otorga el SNTECD, Ruth mantiene viva la inspiración para continuar siendo “maestros de ternura”, como en alguna ocasión dijo el Apóstol José Martí. Por eso asegura “seré eternamente maestra”.

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