Ciertos obreros en parajes desiertos

Ciertos obreros en parajes desiertos

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El desierto, nueva cinta de Jonás Cuarón —hijo del establecido Alfonso Cuarón (Gravity), mexicano radicado en Estados Unidos, quien junto a su hermano Carlos produce el filme— gira en torno a los trabajadores mexicanos que intentan cruzar la frontera hacia el Norte revuelto y brutal, sin embargo tan atractivo para quienes malviven en sus países de origen.

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El desierto, nueva cinta de Jonás Cuarón.

 

Con un ritmo trepidante, que apenas da respiro y mantiene al espectador todo el tiempo con un nudo en la garganta, la cinta devela grandes y angustiosos travellings acerca de la persecución que un sicópata yanqui armado con un implacable rifle (y su perro entrenado en desgarrar gargantas) emprende contra los potenciales migrantes. Cacería humana sin tregua que va estrechando el marco hasta dejar casi desierto el árido lugar donde ocurre el combate.

El más joven Cuarón (quien ya dirigiera en el 2007 la minimalista Año Uña) logra esta vez filmar “en grande”, atrapar y trasmitir el suspense, la atmósfera de sordidez y soledad mediante una puesta limpia, narración hiperrealista y sólida, planos que delatan dominio fílmico admirable para un principiante. Elementos como la música (Yoann Lemoine), la fotografía (Damián García) y el montaje del propio realizador contribuyen a conseguirlo.

Lástima que el relato se trague un poco las sicologías de los personajes, necesitadas de mayor profundización y cuyas relaciones durante el riesgoso trayecto hubieran enriquecido la perspectiva humana del filme, reducido entonces a un combate más cercano al cine de género (en especial al western) que al estudio de caracteres y ambientes, si bien el tema que sin duda preside (el hombre a milímetros de la muerte) se proyecta acertadamente, en una herencia bien asimilada de confesos referentes por parte del equipo (Spielgber, Breson, Henri-Georges Clouzot…). De cualquier manera se trata de una cinta cuidada en su morfología y su diégesis, que además depara excelentes desempeños (Gael García Bernal, Jeffrey Dean Morgan, Alondra Hidalgo…).

En momentos donde en los propios Estados Unidos las políticas racistas y antinmigrantes tienden a instalarse en la misma Casa Blanca, un thriller como El desierto resulta doblemente oportuno.

Conflictos laborales en otra parte de la región (la Patagonia) encontramos en la ópera prima El invierno, de Emiliano Torres, que llega precedida de numerosos galardones en prestigiosos festivales (San Sebastián, Biarritz, Cartagena de Indias, Toulouse…).

En una estancia de otro árido desierto como es la conocida zona, pero aterida de nieve y oscuridad, llegan obreros para instalarse a tiempo completo, trasquilar ovejas y realizar diversos, y no menos duros trabajos; en ese contexto, el viejo capataz es echado, otro más joven toma su lugar: ambos deberán sobrevivir a su manera al siguiente y terrible invierno. Historia tan dura e inhumana como el paisaje donde se desarrolla, el filme muestra la no por antigua, menos incisiva explotación del hombre por el hombre, la dificultad para conseguir “laburo” y la desprotección al trabajador, huérfano de sindicatos y cuyo desamparo no conoce edades: la triste ironía que devela el desenlace nos confirma que los protagonistas, lo mismo el anciano que el sustituto más nuevo, no son más que dos caras de la misma realidad.

Ambientación, dirección de arte, edición se unen a una eficaz labor con la cámara: los lentes son testigos de la gélida y hostil región, marco propicio para el drama que viven los personajes, notablemente asumidos por Alejandro Sieveking, Cristian Salguero, Adrián Fondari y el resto del elenco.

Menos afortunada es Viejo Calavera, otra cinta de un realizador debutante, también de temática obrera, esta vez de Bolivia. Cercana a la estética documental, actuada por los propios mineros (con mínima experiencia artística), entre una irónica irreverencia y la presunta seriedad de sus objetivos, el filme intenta huir de la pornomiseria y el folclorismo europeísta, y en tal sentido merece reconocimiento, junto al impecable tratamiento de la imagen (experimental y henchida de búsquedas en el hallazgo de una iluminación expresiva) o el sonido indirecto que ofrece otra perspectiva temporal. Lástima que el director Kiro Russo no logra sacar suficiente partido de una historia que prometía más, ubicada en una mina en Huanani cuyos trabajadores exigen sus derechos, mientras la cámara repasa también sus distracciones y vida social, a la vez que revela tanto procesos de occidentalización del país como brechas generacionales entre padres e hijos (quienes cada vez rechazan más el tipo de trabajo de sus antecesores), pero lamentablemente todo queda apenas esbozado.

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