S.O.S para los habitantes de Piquiá de Baixo

S.O.S para los habitantes de Piquiá de Baixo

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Una madre de la comunidad de Baixo ahora solo le queda estar a pie de la tumba de su hijo, debido a la contaminación atmosférica.
Una madre de la comunidad de Baixo ahora solo le queda estar a pie de la tumba de su hijo, debido a la contaminación atmosférica.

La munha o “moinha”, según el diccionario siderúrgico portugués, es el polvo de carbón vegetal sobrante de la producción de arrabio, material intermedio en la obtención de acero, que ha hecho del poblado de Piquiá de Baixo, en el borde oriental de la Amazonía brasileña, un caso trágico de contaminación industrial.

Se trata de un barrio de la zona rural de Açailândia, municipio del estado de Maranhão que nació con los campamentos obreros que se instalaron en 1958 para construir la carretera Belém-Brasilia, un eje centro-norte de desarrollo e integración de Brasil que generó muchos desastres ambientales y sociales.

El ferrocarril, que se inauguró en 1985 para transportar mineral de hierro desde la gigantesca provincia minera de Carajás, selló el destino de Açailândia como cruce logístico y polo siderúrgico. Piquiá de Baixo quedó cercado por cinco plantas de arrabio, los rieles y los grandes almacenes mineros.

Mientras, el carbón vegetal para alimentar las calderas siderúrgicas se sumaba a la ganadería para hacer de Açailândia un foco de deforestación y trabajo esclavo.

Estas lacras han mermado ante la represión estatal y distintas presiones. Pero la contaminación en Piquiá se agravó, según los testimonios recogidos para este reportaje.

Una calle de Piquiá de Baixo dañada por la erosión, y las habituales casas deterioradas. Los pobladores esperan un demorado reasentamiento en un predio expropiado por la justicia.
Una calle de Piquiá de Baixo dañada por la erosión, y las habituales casas deterioradas. Los pobladores esperan un demorado reasentamiento en un predio expropiado por la justicia.

Una galena cubana lucha por la salvación

Claudia Estrada Arriaga es una doctora especialista en Medicina General Integral, que como parte del convenio de colaboración médica entre Cuba y Brasil, brinda sus servicios en Piquiá de Baixo. A su llegada mucho de los habitantes de esta comunidad se le acercaron para explicarle la difícil situación ambiental existente en la región, y cómo esto desde hace más de diez años viene afectando la salud de gran parte de la población.

Pero la queja más frecuente de los ciudadanos es contra el aire envenenado. “Hace poco más de un año, según le cuentan los moradores, murió una niña con polvo de hierro en los pulmones y cáncer, después de 15 días en terapia intensiva”. El residuo pulverizado de carbón es de los elementos que sigue amenazante, pues la sequedad lo hace inflamable de apenas un ligero toque.

“El polvo negro” provoca que de cada diez pacientes que la doctora atienda, seis presenten manchas en los pulmones como si hubieran fumado desde jóvenes, y todo es producto a la contaminación ambiental que provoca la empresa Gusa Nordeste, una de las cinco productoras de arrabio de la zona.

La situación se agravó “hace dos años”, cuando la empresa empezó a producir cemento, según ella, arrojando un polvo negro que ensucia todo en segundos y, en algunas madrugadas, hace imposible ver su casa desde la carretera, a una distancia de solo 30 metros.

Para la empresa fue un avance, porque se trata de aprovechar la escoria del alto horno como materia prima, evitando un desecho voluminoso y abasteciendo al mercado local de la construcción con un producto que antes había que traer de lejos.

Gusa Nordeste destaca su responsabilidad ambiental porque emplea la munha como  combustible, ahorrando carbón granulado, y el gas derivado de la producción de arrabio para generar toda la energía eléctrica que necesita la empresa.

Pero la realidad, reconocida por la justicia, por varias autoridades e incluso por la industria, es que la contaminación del aire, el agua y la tierra hace inviable mantener Piquiá de Baixo en el sitio donde nació hace más de cuatro décadas.

Morador señala con el pie un montículo de carbón pulverizado, peligrosamente inflamable, al borde de una calle de Piquiá de Baixo.
Morador señala con el pie un montículo de carbón pulverizado, peligrosamente inflamable, al borde de una calle de Piquiá de Baixo.

¿Qué pasara entonces con la comunidad de Baxio?

Ya hay una propuesta, aprobada por la justicia y el Concejo Municipal, para reasentar a las 312 familias que quedan en Piquiá de Baixo en un terreno de 38 hectáreas a seis kilómetros de la ubicación actual.

En diciembre la justicia ordenó expropiar el predio y fijó su valor en el equivalente a 450 mil dólares, pero el dueño exige cuatro veces esa suma, y así se prolonga la agonía para los habitantes de Piquiá.

La propia comunidad elaboró un proyecto urbanístico, que incluye el diseño de las casas, la escuela, la plaza, tiendas e iglesias, explica Antonio Soffientini, miembro de Justiça Nos Trilhos, una red de decenas de organizaciones que apoyan a la población afectada por el “sistema Carajás”.

Vale, otra de las compañías que afecta

En la sierra de Carajás, la empresa Vale, privatizada en 1997, extrae cerca de 110 millones de toneladas anuales de mineral de hierro que recorren 892 kilómetros en tren hasta el puerto Ponta da Madeira, en São Luis, la capital de Maranhão, para su exportación.

Una pequeña parte queda en Açailândia. Como proveedora de la industria local de arrabio, Vale tiene responsabilidad directa en la contaminación, acusa Justiça Nos Trilhos.

Suspender la entrega del mineral hasta que la industria instale filtros y ponga fin al drama de Piquiá, podría ser una variante, sin perder de vista entonces que generaría una crisis de desempleo en Açailândia, observa Zenaldo Oliveira, director global de Operaciones Logísticas de Vale.

Este polo siderúrgico ya vive una caída de actividad desde el 2008. Los 6 mil empleos que ofrecía entonces bajaron a 3 mil 500, según Jarles Adelino, presidente del Sindicato de Metalúrgicos de Açailândia.

El sindicalista se queja de los altos precios que impone Vale a la materia prima, que representan la mitad de los costos del arrabio.

Eso, sin embargo, no se refleja en la ciudad, que exhibe hoteles llenos y señales de prosperidad. Es que varias obras de los alrededores ofrecen trabajo temporal, evalúa Adelino, y cada empleo en una planta de arrabio genera diez puestos indirectos.

Si la solución de los habitantes de Piquiá de Baixo es emigrar a otras tierras para salvar su salud, será sabia la decisión, lo que no quita que las empresas causantes de tanto desastre sean condenadas por la justicia, pues tienen la responsabilidad de la muerte de muchos inocentes. Una sociedad que abogue por el rescate de la limpieza atmosférica es el futuro de la Madre Tierra.

 

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