El orgullo de llorarte

El orgullo de llorarte

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Nelson Mandela Yousuf-Karsh
Foto: Reluctantmom.wordpress.com

Por Jorge de Armas                                                                                                                       

Cuando un hombre ha hecho lo que él considera como su deber para con
                                                                                        su pueblo y su país, puede descansar en paz. Creo que he hecho ese 
                                                                                        esfuerzo y que, por lo tanto, dormiré por toda la eternidad.

Nelson Mandela

La única manera de derrotar a la muerte es celebrando la vida.

Hay un tipo de hombre que, en su grandeza, enseña desde la humildad el verdadero concepto de lo humano. No importó cuantos años el odio lo mantuvo tras las rejas, no importó la ofensa, el silencio, el dolor.

África es el continente olvidado. Allí se quedó la pobreza como modo de vida, el saqueo como acto cotidiano, la muerte como premisa antes que la vida.  África es la tierra donde un niño porta un arma y aprende a matar y no a escribir, donde un hombre de cuarenta años ya es anciano, donde a nadie le importa esquilmar recursos y devastar su fauna.

Pero África es la patria grande de Mandela, su sueño, su riqueza. Mandela desterró el rencor y tan grande es su magisterio que no hubo blanco que ensuciase su apellido, y que no bajase su cabeza avergonzado ante Madiba.

En esa África olvidada hay pueblos cuyo lenguaje carece de la conjugación verbal del tiempo futuro. Tan básica es la vida que imaginar el mañana es algo que no está en sus supuestos culturales. Para todos ellos Mandela ha sido y es su futuro.

Para Cuba, desde 1976 hasta entrados los ochenta, África, Angola, Namibia, Sudáfrica, se convirtieron en palabras conocidas. Sentimos como propias las heridas de esos pueblos, conocimos a Mandela, su cautiverio y su ejemplo. Muchos cuestionamos el por qué de estar allá, de que cientos de nuestros mejores hombres dejaran su vida por un pueblo lejano y desconocido.

Fidel, a quien Mandela llamaba “my President” explicaba la necesidad de estar allá, lo significativo de tanto sacrificio. Aún así, comprenderlo era difícil.

Pero Nelson Mandela sí que comprendió en toda su dimensión el papel jugado por Cuba en África, como nuestra Isla fue eje en el proceso de descolonización del continente. Mandela está tan por encima de críticas espurias que si un hombre como él estuvo siempre agradecido a Cuba y a los cubanos, es porque lo hicimos bien, así de simple.

Escribir sobre Mandela no alivia la tristeza de su ausencia. Cualquier acercamiento a su figura es torpe, precario, insuficiente. Sólo me ayuda saberme parte de un pueblo que él admira, de un pueblo que hoy le llora.

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