Trabajadores

Hacia la selva (VII)

Desde que llegaron los colaboradores cubanos de la Salud a Honduras para contribuir a la atención sanitaria de las miles de personas afectadas por el paso devastador del huracán Mitch, varios de ellos fueron ubicados en aldeas del Departamento de Gracias a Dios, conocido también por La Mosquitia, zona de selva tupida y muchos peligros.


En algunas de ellas existe un centro de salud muy confortable, construido con mampostería y techo de placa, gracias a la solidaridad de otros países. Pero ninguno tenía médico ni enfermera. A la jungla no iban ─ni van─ los galenos hondureños. Eso provoca que una población numerosa, formada por los miembros de varios grupos étnicos indígenas (misquitos, tawahkas, pech y ladinos), permaneciera desatendida. Para consultar a un especialista tenían inexorablemente que viajar a Puerto Lempira, a cientos de kilómetros de distancia, y las únicas vías posibles son por aire, con un costo excesivo del pasaje, y a través de los ríos.

Para el dúo de la prensa escrita era un compromiso moral visitar a los colaboradores en esas zonas tan apartadas y reflejar la labor heroica que hacían, a pesar de las distancias, la soledad, la nostalgia, el aislamiento y los peligros.

Acordamos el día de la partida con el coordinador de la brigada médica en ese Departamento. Una organización religiosa muy solidaria con los cubanos asumió el precio de los pasajes, pues para nuestros maltrechos bolsillos resultaban inaccesibles. A la hora fijada estábamos en el aeropuerto. Nos acercamos a una pequeña avioneta de color amarillo del “año de la corneta”, como dijo enseguida el fotógrafo que me acompañaba. De inmediato me llamó la atención que por debajo el fuselaje tenía pegado excremento de vacuno. ¿Cómo es posible?, me pregunté.

A los pocos minutos llegó el piloto. Era un hombre bajito, con rostro de persona noble y una gorra con la paleta de medio lado. “Monten que nos vamos enseguida”, dijo. Subí y me senté en el asiento delantero de la parte derecha, como si fuera el copiloto de la nave. Detrás se ubicaron el coordinador de la brigada, el fotógrafo y un compañero de la organización religiosa, quien nos acompañaría en el viaje. La capacidad de la avioneta era de solo seis personas

Subió el piloto, accionó el arranque y las hélices de los dos motores comenzaron a moverse. Miró para mí y ni corto ni perezoso afirmó: “Gordo, si no te sientas pa’tras esto no despega”. La frase la sentí como un cachetazo, pero no me quedó otro remedio que cambiar de asiento con el coordinador, un hombre alto, pero flaco.

Condujo la avioneta hasta la punta del terraplén que fungía como pista, aceleró y levantó vuelo. A aquel aeroplano le sonaban todos los tornillos y remaches y una de las puertas se aseguraba por dentro con un alambre. De esta no regresamos, me dije internamente. Atravesamos la Laguna de Caratasca y poco a poco nos adentramos en la selva. Íbamos rumbo a Wampusirpe, una de las mayores aldeas de La Mosquitia hondureña, cabecera de la municipalidad homónima, formada también por los asentamientos de Krausirpi, Kurhpa, Pimienta y Tukrun.

En Wampusirpe y Krausirpi estaban médicos cubanos, uno de La Habana y el otro de Holguín, respectivamente.

Por la ventanilla observábamos la espesura selvática. Árboles frondosos y arbustos conformaban una vegetación muy tupida e inaccesible. Nos habían comentado que en todas esas áreas pululaban los triguillos, las panteras, las serpientes…

“Ya estamos llegando”, aseguró el piloto. Comenzamos a descender y pronto divisamos un claro marcado por las huellas de dos ruedas. Era el sitio de aterrizaje. La avioneta hizo un paneo bajito para espantar los vacunos que pastaban en ese mismo lugar. Cuando se alejaron, tocamos tierra. Esa era la causa del excremento pegado en el fuselaje. Ya estábamos en Wampusirpe, a donde solo se llega por aire o navegando por el caudaloso río Patuca.

Bajamos. Nos esperaba el colaborador cubano. El saludo fue efusivo, de hermanos. Un indito, descalzo y sin camisa, se me acercó y en perfecto español me dijo: “Señor, le llevo el equipaje; solo le costará un Lempira”. Me dolió la propuesta mucho más que lo dicho por el piloto antes de despegar. ¿Cómo iba a darle mi mochila a un pequeñito que solo levantaba dos cuartas del suelo? Le aseguré que si me acompañaba se ganaría el Lempira. Y no se separó de mi lado. La mente me llevó enseguida a mis dos  pequeños hijos que no veía desde hacía dos meses y en ese momento debían estar en su escuela, en Cuba, lejos, muy lejos de mí.

De lo vivido y conocido en Wampusirpe les contaré la próxima semana.

(Continuará).