Trabajadores

Satuyé (IV)

En un espacioso caserón, con una tarima al fondo para actos y actividades culturales, los integrantes de la brigada más numerosa de colaboradores cubanos llegados a Honduras después del paso del huracán Mitch, hace casi 20 años, recibieron el seminario de inicio, en el que les explicaron las características de esa nación, la labor que realizarían, las normas disciplinarias…

En la misma puerta de entrada, un asta sostenía un cartel que anunciaba: Centro Cultural Satuyé.

Aunque los integrantes del equipo de prensa no teníamos que asistir a la preparación, pues conocíamos desde La Habana lo que teníamos que hacer, entré, observé y pregunté, por pura curiosidad.

Con una amabilidad que ha permanecido intacta en varios encuentros posteriores, Céleo Álvarez Casildo, presidente de la Organización de Desarrollo Comunitario, más conocida en ese país por las siglas Odeco, cuyas oficinas centrales radican en la ciudad de La Ceiba, me explicó que en la nación estaban asentadas en ese momento unas 90 mil personas pertenecientes a la etnia Garífuna, distribuidas en unos 50 asentamientos a lo largo de toda la costa caribeña, fundamentalmente en los departamentos (provincias) de Cortés, Atlántida, Colón, Gracias a Dios y el de Islas de la Bahía.

Los Garífunas son también nombrados garinagu, y descienden de los indios caribe o Arawak y esclavos africanos que naufragaron en la isla de San Vicente en 1635.

Esas dos culturas se entrelazaron y dieron nacimiento a un pueblo que ha podido preservar su cultura, lengua, formas de vivir, tradiciones, costumbres y creencias hasta nuestra época.

El 12 de abril de 1797 cinco barcos de la marina real de Gran Bretaña llevaron alrededor de 2 mil 500 garífunas de la isla de San Vicente, al norte de Venezuela, a la de Roatán, en Honduras. Después de varias guerras con ellos, los británicos resultaron al final victorioso y evacuaron a todos los negros que se habían unido maritalmente con los nativos.

Pero por lo general son comunidades muy pobres. La Odeco tiene entre sus objetivos principales favorecer el desarrollo de ellas y hacer que los garífunas sean visibilizados como parte de la sociedad hondureña, rompiendo barreras y prejuicios, pues ante todo han sido estigmatizados por el color negro de la piel.

Álvarez Casildo argumentó que en la vida de los integrantes de esa numerosa etnia figura como símbolo de lucha, resistencia y unidad Joseph Satuyé, quien fue el máximo líder en la isla de San Vicente en los años de la conquista de los pueblos de América por los europeos. De ahí el nombre del centro cultural.

Su empeño iba mucho más allá que brindar apoyo al grupo de colaboradores cubanos de la Salud. Quería establecer en ese propio caserón un consultorio médico para atender a los garífunas y a los pobladores más pobres, no solo de la ciudad de La Ceiba, sino de otras regiones cercanas también.

Cuando lo visitamos de nuevo, varias personas laboraban para materializar ese empeño. En una esquina del Centro ponían divisiones de madera y creaban las condiciones mínimas para la atención sanitaria de los necesitados y que no tenían “pisto” (dinero) para pagarla en un hospital.

En una visita posterior pudimos ver en funcionamiento el naciente consultorio. A un lado, un armario acumulaba medicamentos de diversos tipos. En otros, estaba una especie de camilla de acero inoxidable que facilitaba el diagnóstico y un buró y tres sillas. Un especialista en Medicina General Integral, procedente de Bayamo, en la provincia cubana de Granma, fue el designado para laborar allí, junto con una enfermera garífuna.

Las colas (filas) se hacían diariamente interminables. La atención comenzaba temprano en la mañana y finalizaba de noche. Pero todos salían contentos de haber sido consultados, gracias a la preocupación y ocupación de la Odeco y particularmente de Céleo Álvarez Casildo.

El espíritu de Joseph Satuyé deambulaba permanentemente por el lugar.