Después de casi 5 años sin saltar, correr, brincar, lanzar una pelota, hacer un swing, jugar en la calle, «mataperrear» un poco, al decir centrohabanero, la primera semana de septiembre de 1985 fue inolvidable. Curado ya de mi enfermedad de Perthes, era la hora de hacer todo lo prohibido físicamente. Y para ello, Nicolás y Lérida aparecieron en mi vida Continuar leyendo


