Un Congreso demócrata frente a Trump

Un Congreso demócrata frente a Trump

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Las elecciones de medio término celebradas el 3 de noviembre en Estados Unidos dejaron un nuevo mapa político: el Partido Demócrata recuperó el control de las dos cámaras del Congreso y consiguió importantes victorias en las contiendas por las gobernaciones, en lo que representa un severo revés para el presidente Donald Trump y su agenda política.

 

Un juez desestima una demanda de Trump en Pensilvania y le deja prácticamente sin opciones para revertir el resultado. Foto: Leah Millis / Reuters

 

Los resultados reflejan el descontento de una parte del electorado con la gestión de la actual administración, particularmente por el incremento del costo de la vida, las consecuencias económicas de la guerra contra Irán, la política arancelaria y las preocupaciones sobre la corrupción y el rumbo del país.

El cambio de correlación de fuerzas legislativas limitará el margen de maniobra del mandatario durante los dos últimos años de su gestión y abrirá un nuevo escenario de confrontación entre la Casa Blanca y el Capitolio.

Cambio en el Congreso

En el Senado, los demócratas aseguraron una mayoría de al menos 54 escaños frente a 44 republicanos, con dos contiendas todavía pendientes de definición. El resultado supone un avance significativo para esa fuerza política, que consiguió arrebatar a los republicanos siete puestos, entre ellos los de Kansas, Maine, Carolina del Norte, Ohio, Carolina del Sur, Texas e Iowa.

Entre las victorias más relevantes sobresalen las de Sherrod Brown en Ohio, quien recuperó su escaño frente al republicano Jon Husted; Roy Cooper en Carolina del Norte; James Talarico en Texas, y Adam Hamilton en Kansas. También resultó significativa la derrota de la senadora republicana Susan Collins en Maine.

En la Cámara de Representantes, donde se renovaron los 435 escaños, los demócratas obtuvieron una ganancia de al menos 30 puestos y aseguraron la mayoría, hasta entonces en manos republicanas. Aunque el escrutinio de varias circunscripciones continuaba, la tendencia confirmó el cambio de liderazgo en el órgano legislativo.

La nueva composición permitirá a la oposición controlar las principales comisiones, impulsar investigaciones sobre la administración y sus funcionarios, condicionar la aprobación de iniciativas presidenciales y ejercer mayor influencia sobre la agenda legislativa.

Gobernaciones que también cambian de color

El avance demócrata se extendió a las elecciones estatales. De las 36 gobernaciones sometidas a votación, esa fuerza política obtuvo 22, frente a 12 republicanas, mientras dos resultados permanecían sin definición en los balances disponibles.

Entre las victorias más significativas estuvieron las de Georgia, Iowa, Nevada, Ohio y Texas, estados cuyos gobiernos pasaron del control republicano al demócrata.

En Texas, Gina Hinojosa puso fin a más de tres décadas de predominio republicano en la gobernación y se convirtió en la primera mujer latina en ocupar ese cargo. En Georgia, Keisha Lance Bottoms hizo historia al resultar electa como primera mujer afroamericana gobernadora de un estado estadounidense.

También sobresalieron los triunfos de Rob Sand en Iowa, Aaron Ford en Nevada y Amy Acton en Ohio.

El nuevo panorama otorga a los demócratas una presencia mayoritaria entre los gobiernos estatales y fortalece su capacidad de influencia en la política nacional, aunque las competencias de los gobernadores se circunscriben fundamentalmente a sus respectivos territorios.

 

Trump reconoce la derrota, pero no asume responsabilidades

La reacción del presidente Donald Trump estuvo marcada por el intento de restar trascendencia política a los resultados y distanciarse de las derrotas republicanas.

En declaraciones a CBS News, felicitó a los demócratas y expresó su disposición a trabajar con ellos por el bien del país. Sin embargo, atribuyó parte del revés a su ausencia en las boletas electorales.

«Si yo hubiera estado en ellas, habríamos ganado», sostuvo, al tiempo que responsabilizó a determinados candidatos republicanos por no haber conseguido movilizar a sus bases electorales.

En posteriores declaraciones también reconoció que el incremento de los precios del petróleo y las consecuencias económicas de la guerra contra Irán influyeron en el comportamiento de los votantes. No obstante, defendió sus decisiones y descartó cambios en su gabinete.

El mandatario advirtió, además, que utilizará su facultad de veto frente a las iniciativas legislativas que considere contrarias a sus intereses.

Desde las filas demócratas, el resultado fue recibido como una contundente victoria política. Hakeem Jeffries, líder de esa formación en la Cámara baja y futuro presidente de ese órgano, calificó el resultado como una demostración de rechazo a la gestión republicana y anunció que las prioridades de la nueva mayoría serán reducir el costo de la vida y exigir responsabilidades a la administración.

Por su parte, el líder demócrata en el Senado, Chuck Schumer, destacó la importancia del resultado y adelantó que la nueva mayoría trabajará para responder a las preocupaciones económicas de la población y ejercer un mayor control sobre el Gobierno.

Entre los republicanos, las consecuencias de la derrota también alcanzaron a la dirección parlamentaria. El presidente de la Cámara de Representantes, Mike Johnson, anunció que no continuará al frente de esa responsabilidad, en medio de las tensiones internas generadas por los resultados.

 

¿Qué puede cambiar para Cuba?

La victoria demócrata abre interrogantes sobre el futuro de las relaciones entre Washington y La Habana, particularmente porque el control de ambas cámaras ofrece a ese partido mayores posibilidades de cuestionar las decisiones de Trump y promover iniciativas relacionadas con la política hacia la Isla.

Sin embargo, sería precipitado interpretar el resultado como una oportunidad inmediata para modificar el bloqueo económico, comercial y financiero contra Cuba.

La legislación estadounidense establece importantes restricciones para levantar esa política. La Ley Helms-Burton, aprobada en 1996, codificó el bloqueo y limitó las posibilidades del Ejecutivo de eliminarlo sin la intervención del Congreso. Aunque el presidente conserva facultades para modificar determinadas regulaciones y licencias, una transformación integral requeriría cambios legislativos y una voluntad política que no puede darse por sentada, tal como demostraron, con su tímido proceder, los demócratas Barack Obaba y Joe Biden en sus respectivos mandatos.

Además, la política de hostilidad hacia Cuba ha contado históricamente con respaldo de sectores de ambos partidos.

Así lo considera Mark Friedman, periodista, colaborador de Trabajadores y activista sindical y de solidaridad con Cuba, quien advierte que las raíces de esa política trascienden las disputas electorales y los intereses de los grupos anticubanos.

«Las políticas de todos los gobiernos, tanto demócratas como republicanos, desde la Revolución Cubana, han estado impulsadas por sus esfuerzos por derrocar la revolución socialista», afirma.

A su juicio, la política exterior estadounidense no está determinada fundamentalmente por los cubanos de derecha en Miami, sino por el rechazo del capitalismo al socialismo, al internacionalismo y a la solidaridad activa de Cuba con las luchas de los pueblos, especialmente en África.

Desde esa perspectiva, Friedman considera que el control demócrata del Senado y la Cámara de Representantes tendrá poca o ninguna repercusión en el bloqueo.

«Nuestro trabajo sigue siendo el mismo: organizarnos, organizarnos, organizarnos», sostiene.

Entre las acciones que propone mantener figuran la recaudación de fondos para la campaña de Global Health Partners en apoyo a los hospitales de maternidad cubanos y la organización de delegaciones solidarias que visiten la Isla, en la medida en que las condiciones lo permitan.

Resultado que no resuelve

La nueva correlación de fuerzas en Washington representa un importante límite político para Donald Trump. Los demócratas tendrán instrumentos legislativos para fiscalizar a la administración, obstaculizar algunas de sus iniciativas y exigir explicaciones sobre sus decisiones.

Sin embargo, el resultado electoral no modifica por sí mismo los fundamentos de la política exterior estadounidense ni garantiza una revisión de su estrategia hacia Cuba.

Para la mayor de las Antillas, el desafío seguirá siendo enfrentar las consecuencias de una política que ha sobrevivido a sucesivos cambios de administración y a distintas mayorías parlamentarias.

Las elecciones de medio término modificaron el equilibrio de poder en Estados Unidos. Queda por ver hasta dónde llegará la capacidad de esa nueva mayoría para traducir el mensaje de las urnas en cambios concretos.

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