Mientras revisa una relación de personas interruptas de su puesto laboral, Cheyla Batista Pérez, secretaria general del Comité Municipal de la CTC en Matanzas, no puede dejar de pensar en lo que este momento significa para ella desde que hace 10 meses asumiera el cargo.
“Es una situación sensible, sabemos bien el costo de perder el empleo. Son tiempos duros”, dice y fija la mirada en el documento sobre el buró.
La joven de 29 años participa por estos días en la conformación de las brigadas de trabajo comunitario de la urbe matancera, con el encargo de ir poco a poco atendiendo los problemas que afectan la cotidianidad de las comunidades, de sus habitantes.
“Hasta ahora hemos valorado, de conjunto con el Consejo de Administración Municipal y la Dirección de Trabajo, que en cada uno de los 11 Consejos Populares haya una brigada, ahora en fase de conformación”.
Explicó que aún se deciden aspectos claves como los pagos, porque “estamos hablando de personas desempleadas que prestarán servicios de gran impacto social y también necesitan ser remuneradas”.
Para Cheyla, la iniciativa es esencial en una circunstancia en la que “la economía cubana se ha visto forzada a la paralización de industrias, de hoteles o es bajo el nivel de actividad en centros productivos o de prestación de servicios.
Ante esta realidad se impone cuidar la fuerza laboral calificada y aprovechar el talento, preparación y oficio de hombres y mujeres, la mayoría deseosa de aportar lo que saben, y más si es en sus propios lugares de residencia”.
Precisamente, para indagar acerca de esta problemática, Trabajadores se propuso un acercamiento al tema a partir de una investigación en varias regiones del país.
¿Qué pasa con el trabajador?
El asunto ocupó espacio durante los debates del 22 Congreso de la Central de Trabajadores de Cuba (CTC) celebrado en junio pasado. En ese evento el Primer Secretario del Comité Central del Partido Comunista de Cuba y Presidente de la República Miguel Díaz-Canel Bermúdez reconoció que las complejas condiciones económicas afrontadas por Cuba —debido a factores externos como el recrudecimiento del bloqueo del Gobierno de los Estados Unidos— unidas al cerco financiero y energético “paraliza nuestras industrias y obliga a miles de trabajadores a laborar en condiciones extremas; mientras que otros han debido quedar forzosamente interruptos o reorientarse laboralmente”.
Al referirse al tema, recogido en el nuevo Código de Trabajo aprobado un mes después, afirmó: “Merecen reconocimiento, las exigencias de que esa norma garantice la protección ante el cese del vínculo laboral por razones ajenas a los trabajadores, tanto en el sector estatal como en el no estatal; o la manera en que se atiende a los interruptos para que mediante la creación de brigadas comunitarias se pongan al servicio de los barrios y de los territorios mientras dura la interrupción. Esa es una forma digna de aportar y no quedar desprotegidos”.
En ese contexto, Cuba aprobó el Decreto 149/2026, que modifica el tratamiento de la garantía salarial para los trabajadores en situación de interrupción laboral.
El documento lo deja claro: “Si no existe empleo que ofertar, los declarados interruptos perciben en el primer mes el ciento por ciento de su salario, y una garantía salarial equivalente al 60 % de su salario básico diario en su segundo mes de interrupción computado de forma consecutiva o no hasta su reubicación”.
De acuerdo a lo legislado, solo después de que el empleador haya agotado todas las opciones dereubicación se podrían aplicar estas garantías salariales, con respaldo de las empresas o del presupuesto del Estado, según proceda.
Cualquiera de estas variantes, sin embargo, se distancia un tanto del precepto de no haber mejor protección que el empleo. El ministro de Trabajo y Seguridad Social, Jesús Otamendiz Campos, ha reiterado en no pocas ocasiones que “la prioridad número uno es la reubicación laboral. No la interrupción”.
Frente a ese escenario, el Secretariado Nacional de la CTC defiende la creación de brigadas de trabajo comunitario, integradas por hombres y mujeres en calidad de interruptos, iniciativa que permitiría ofertar nueva ubicación laboral y aprovechar así sus saberes y oficios calificados.
El secretario general de la CTC, Osnay Miguel Colina Rodríguez, ha insistido en esa otra dimensión que debe alcanzar la organización en el barrio. “Hay que eliminar las cercas del centro laboral para llegar a la comunidad”, recalca, al tiempo que exige ocuparse por los “trabajadores interruptos que han perdido sus garantías salariales”.
Al frente de la esfera de Educación y Propaganda, de la CTC, Yaisel Pieter Terry considera que los grupos se incorporan al programa de movilización política Mi Barrio por la Patria, y ello supondría erogarles un salario.
Si bien este mecanismo responde a una necesidad real, y es joven aún, todavía persisten insatisfacciones. Hasta la fecha, solo en provincias como Granma, Holguín, Villa Clara, Santiago de Cuba, Pinar del Río y Guantánamo existen expresiones de estas brigadas.
La redistribución de esa mano de obra va, en su mayoría, hacia áreas donde se arrastran déficits crónicos, especialmente en labores poco atractivas, mal remuneradas o con escasa cobertura, como las de servicios comunales o en equipos vinculados a la producción de alimentos, incluidos los organopónicos, por lo que son rechazadas como ofertas en ciertos casos.
Miroslava Díaz Boloy, miembro del Secretariado Provincial de la CTC en Guantánamo, considera que pese a ser una experiencia reciente, “se necesita de intención, de un sistema para su materialización y control y, que se integren quienes actúan en función del objetivo”.
El reconocimiento oficial de que se carece de un método de control sólido para este empeño es, en sí mismo, una señal. Yaisel Pieter Terry manifestó que “los sindicatos pueden jugar un papel más activo en esa tarea exigiendo a las administraciones, por ejemplo, más alternativas de empleos”.
Cabe señalar que el Convenio Colectivo de Trabajo establece que el empleador garantizará el cumplimiento del tratamiento laboral y salarial de los trabajadores interruptos, conforme a lo dispuesto en la ley, en tanto la organización sindical chequeará oportunamente su aplicación.
Sindicalismo de barrio en tiempos duros
Una percepción similar tiene Yamilis Rodríguez Valido, presidenta del Buró Provincial de la Asociación Nacional de Innovadores y Racionalizadores (Anir), en Matanzas. “Entre los interruptos tenemos innovadores. Cuánto ingenio hay en ellos para aprovechar”, razona.
Una muestra de ello va tomando fuerza en el municipio de Calimete, donde aniristas de la empresa azucarera Jesús Rabí Sablón Moreno ya resuelven problemas en la comunidad.

“Como el central está parado hasta el inicio de la zafra, algunos dan soluciones a inconvenientes como salideros y demás asuntos de plomería, a situaciones presentadas con las baterías de los ecoflows, y problemas en el día a día”, comenta José Alberto Rodríguez López, activista de la Anir en ese territorio.
Dice que los innovadores están distribuidos en varios Consejos Populares como Manguito, 6 de Agosto, Rabí, Reynold García, y están tratando de incorporar a otros, para aprovechar a esa fuerza, “ya que hay quienes deberán incorporarse a la etapa de reparaciones en el central”.
Para la presidenta de la Anir en la provincia yumurina se trata de seguir sumando a integrantes de los comités de innovadores y racionalizadores, para que al igual que la experiencia de Calimete, se creen brigadas para resolver lo que afecta la vida en los hogares y prestarle un servicio a la comunidad.
Yariseilys Díaz Cusa, secretaria general del Comité Municipal de la CTC en Calimete, apunta un factor para tener en cuenta como es la remuneración, no siempre atractiva para crear o lograr la permanencia en la brigada.
Lo cierto es que como variante de fuente de empleo, la iniciativa no gana aún el repunte esperado. Al menos en Matanzas habrá que esperar un tiempo mayor para medir su repercusión.
Por su parte, Cándido Lázaro González, al frente de la Dirección Provincial de Trabajo, manifiesta que el reto consiste en la plena incorporación de los interruptos a actividades productivas, como vía para evitar la pérdida de fuerza laboral calificada, en un territorio donde sectores como la agricultura demandan de efectivos para ocupar plazas vacantes.
Con 9 mil 555 trabajadores declarados interruptos por diversas entidades, según esta propia fuente, ya 4 mil 162 lograron ser reubicados, mil 249 cobran garantía salarial y otros 4 mil 50 no aceptaron ofertas de empleo.
Las reubicaciones han sido en la agricultura, la empresa eléctrica, salud, educación y trabajo por cuenta propia, esta última variante con un total de 2 mil 139 ocupantes, de los cuales una parte ya ejercía de forma legal y en paralelo, mientras se mantenía activa en otras ramas como el turismo.
Con un panorama así, Cheyla Batista Pérez no tiene duda del significado de la tarea. Crear estas brigadas, estima, pone a prueba el alcance de la CTC y su movimiento sindical en los barrios.
“Estamos llamados a salir de nuestra dinámica diaria, para ocuparnos de los interruptos. Eso nos toca”, asegura con determinación.
“Ellos son nuestros afiliados y aunque estén fuera de sus puestos laborales, representarlos y hacerlo bien es nuestro deber”.
Un puente necesario, no un destino final
Las brigadas de trabajo comunitario no emergieron de un manual ni de un decreto. Nacen de la necesidad, del sentido común y de esa resistencia creativa que ha caracterizado al pueblo cubano en los momentos más difíciles.

Su materialización no sustituye las labores que desempeñan otras organizaciones sociales como la Federación de Mujeres Cubanas, los Comités de Defensa de la Revolución o la Unión de Jóvenes Comunistas. Son, en sí mismas, una vía para lograr que todos los trabajadores se encuentren protegidos y beneficiados de acuerdo a sus posibilidades y conocimientos. Es un esquema de ganar ganar, y con él gana la comunidad, el trabajador y el país.
Sería un error mirar esta experiencia solo con los ojos de la esperanza, sobre todo cuando se conoce que existen trabajadores que ya perdieron sus garantías salariales, y es imperceptible un sistema de control sólido, la remuneración no siempre alcanza y cientos de personas no aceptaron las ofertas de empleo disponibles.
Reconocer estas grietas no debilita la iniciativa sino que la fortalece. Solo un diagnóstico honesto permite corregir el rumbo antes de que el remedio se convierta en otro problema.
El reto que tiene por delante la CTC es enorme y decisivo: evitar que las brigadas de trabajo comunitario se conviertan en un mecanismo de precarización disfrazado de solidaridad.
El trabajo comunitario no puede ser la excusa para no pagar, ni la emergencia puede ser el argumento para no garantizar derechos. Corresponde a la CTC y al movimiento sindical velar para que la respuesta dada sea certera y se sustente en política sostenible, con presupuesto, control y salarios dignos.
Sobre ese puente que hoy se tiende entre el centro laboral y el barrio, entre la crisis y la recuperación, camina lo mejor de esta nación, pues se trata de su gente, su ingenio y su capacidad de transformar las adversidades en fortalezas.
¿Cómo va el proceso?
Limpieza, higienización por cuadrantes, atención a personas vulnerables y reparación de equipos electrónicos, son, en esencia, contenido de las tres brigadas de la provincia de Granma.
Tras quedar disponibles, en Emprestur, dedicada a servicios para el turismo, 25 personas se organizaron para apoyar a Comunales en diferentes labores. “Están percibiendo un salario en esa otra tarea de gran impacto social”, expresa Karel Luis Leyva Trinchet, secretario de la CTC en la región.
Dos ejemplos significativos en el país hay en Camagüey y Sancti Spíritus. Los agramontinos tienen a 189 trabajadores interruptos en 17 brigadas distritales para chapea, saneamientos y administración. Otro tanto han logrado los espirituanos, con 21 de estos grupos, en los que participan 422 obreros provenientes de los sindicatos de Turismo, Agropecuarios, Tabacaleros y Forestales, de Salud y Administración Pública, dedicados a servicios comunales, siembra de alimentos y elaboración de carbón vegetal, y acciones de interés comunitario.
Sin embargo, el panorama no es homogéneo. Las Tunas aún no tiene brigadas creadas. Artemisa reporta 3 mil 297 interruptos y 257 sin garantía salarial, y no ha conformado ninguna, y en un caso similar está Holguín, este territorio con la salvedad de haber constituido una brigada innovadora del barrio, integrada por aniristas que emplean sus conocimientos técnicos para resolver problemas en hogares de familias vulnerables.
En Ciego de Ávila se han constituido 6 brigadas (Centro Ciudad Sur, Zona Industrial, Cupet, KTP, Urbano Noris y Pedro Soto) en trabajos de plomería, electricidad, jardinería y limpieza.
En Pinar del Río, según Yariel Cruz Gavilán, integrante del Secretariado Provincial de la CTC, hay 645 trabajadores interruptos: más del 70 % (472) pertenecen al sector de la Industria Alimentaria y la Pesca. De ese universo, 285 reciben garantías salariales y 265 no. Solo 16 fueron reubicados en otros puestos y 79 no aceptaron las propuestas de empleo.
El mapa revela una verdad incómoda: la respuesta sindical avanza, pero a ritmos desiguales. Donde hay brigadas, hay respuestas concretas y salarios que llegan. Donde no las hay, miles de trabajadores esperan todavía que el sindicato toque a su puerta.| Equipo de corresponsales

