AL PAN, PAN: Alma AHS

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La Asociación Hermanos Saíz (AHS) cumple 40 años el próximo mes de octubre. Como es natural, la celebración también propone una oportunidad para reflexionar acerca del rol de la organización de los jóvenes ar­tistas cubanos en tiempos particularmente demandantes para la nación.

Cuatro décadas después de su creación, la AHS no puede reducirse a una estructu­ra destinada a promover y acompañar a las nuevas generaciones de creadores. Por su propia naturaleza, tiene que ser también es­pacio de pensamiento, de diálogo y de deba­te sobre los problemas de la creación y la re­lación del arte con la sociedad que lo acoge.

Más de una vez lo hemos dicho: el arte que hacen los jóvenes no es, por esencia, arte tibio y complaciente. No puede serlo, porque el espíritu crítico le es, en buena medida, consustancial. Los artistas, parti­cularmente los jóvenes —aunque también quienes llevan muchos años creando y conservan intacta su capacidad de reno­varse— suelen proponerse nuevos cami­nos, con independencia de la contunden­cia formal, estética o conceptual de sus obras.

De ahí que la AHS deba ser ámbito de una confluencia que no implique uniformidad de pareceres: un lugar para discutir, escuchar, disentir y alcanzar consensos en un ejercicio de pensamiento colectivo. No se trata solo de hacer arte, sino también de pensarlo, de proyectarlo y de comprender su lugar en la sociedad.

La AHS —que no es el Ministerio de Cultura, que no es un sindicato— tiene además una responsabilidad particular dentro de la política cultural cubana: ser interlocutor del sistema institucional.

Durante estos años, la organización ha acogido a excelentes artistas que no han descuidado las preguntas sobre la estéti­ca, la sociedad y el sentido de sus obras. Esa tradición no debería confundirse con la complacencia. Por el contrario, exige rigor, capacidad de diálogo y una mirada suficien­temente crítica como para reconocer tanto los problemas de la creación como aquellos estereotipos que pretenden reducirla a uno u otro extremo.

El desafío, entonces, es enorme. Y lo es para su dirección y para todos sus asocia­dos. En el contexto actual del país, la apatía no puede ser una opción, pero tampoco las consignas pueden sustituir al arte.

La mejor manera que tienen los artistas de acompañar, cuestionar, sostener y contribuir a mejorar un proyecto social —que es tam­bién un proyecto cultural— es crear. Crear con honestidad, con rigor, con libertad de pensamiento. Porque el arte es también su discurso, y una organización de creadores que llega a sus 40 años tiene ante sí la res­ponsabilidad de mantener vivo ese diálogo entre la creación, la sociedad y su tiempo.

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