A muchos entristece —y me cuento entre ellos— el color, el hedor, así como la imagen lúgubre y otrora desconocida, que se asienta en tantísimos lugares de ciudades cubanas, en especial de La Habana, en tiempos como los actuales. Unos dirán que por razones harto conocidas, y yo agregaría que también por desidia. Ciertamente proliferan la pérdida de valores, la falta material a veces indispensable, y además acciones carentes de sentido común y otros males que más que todo afean el entorno.

Por suerte, a la par de tales desatinos —nos enseñó José Martí— también florece la hidalguía de quienes demuestran con su actuación el decoro de muchos hombres; pero no me referiré a estos últimos, sino a los primeros, a quienes permiten desórdenes totalmente subjetivos y perfectamente evitables.
Jamás olvidaré mi orgullo cuando La Habana ganó el título de Ciudad Maravilla, como tampoco dejo de pensar en los lugares en que hoy, de la noche a la mañana, llega alguien —hombres y mujeres generalmente mal vestidos— que “sin más ni más”, sin pedirle permiso a nadie, comienza a vender cualquier cosa que se le ocurra, llámese un trasto desvencijado, ropa muy pasada de moda, cubiertos, cazuelas, pares de zapatos del siglo XV, linternas que viven en apagón permanente y hasta celulares con ínfulas de ser la envidia de Alexander Graham Bell.
Cómo es posible que se violen con tanta impunidad las lógicas y hoy olvidadas ordenanzas que deberían controlar la organización de esos lugares públicos de comercialización, los mismos que proyectan una imagen paupérrima, de absoluta decadencia, de almacén donde tienen cabida las más inverosímiles cosas.

Soy de los que cree que la pobreza no equivale a pobre de solemnidad. Que carezcamos de riquezas materiales no obliga a proyectarnos como menesterosos, sino que debiera ser un acicate para avanzar; el ser pobre debe proporcionar a las personas un valor agregado en ese sentido.
De ahí aquella casa campesina que de niño conocí, con piso de tierra, pero donde era un gusto sentarse a conversar, pues en cada rincón parecía florecer la pulcritud y el encanto.
En días recientes sentí lo que se da en llamar pena ajena. Caminaba yo junto a un colega extranjero a pocos metros de Cuatro Caminos, y de pronto, prácticamente nos vimos en medio de uno de esos comercios callejeros, desenfadados, incontrolables. El colega clavó sus ojos en la venduta y también en una fila de niños que accedían a su escuela primaria. “Cuba también es un país de contrastes”, me dijo.

