Lo habitual y tradicional de cada 1.º de septiembre en Cuba tiene este 2026 matices de reto, singularidad, esfuerzo y no pocos obstáculos a vencer a corto, mediano y largo plazos. Para que las escuelas primarias o secundarias, preuniversitarios, politécnicos, facultades y universidades de la nación abran sus puertas no basta con anunciarlo. Se necesita un plus de entrega y dedicación de maestros y padres, niños y jóvenes, escuela y comunidad.

Será un reto volver a la presencialidad en las aulas, pero hay voluntad de lograrlo, especialmente en grados y etapas en que resulta imprescindible el maestro junto al alumno y no tareas voluminosas para la casa, donde no siempre el acompañamiento familiar tiene el conocimiento y el tiempo para las asignaturas más complejas.
Habrá que hacerlo de manera singular porque no en todos los municipios y provincias existe la misma situación con los claustros, los cuales reciben ahora una inyección de jubilados, estudiantes universitarios y hasta padres que se ofrecen a enseñar con tal de contribuir a que no se pierda una de las conquistas sociales más preciadas de nuestro sistema.
Y por supuesto el esfuerzo mayúsculo recaerá también en el personal que define o apoya la noble tarea de enseñar y educar a una generación que dentro de muy poco serán los trabajadores de esta sociedad. No olvidamos a las auxiliares pedagógicas, al personal de limpieza, del comedor, del transporte o simplemente al custodio del lugar.
Siempre la noche antes de empezar las clases nos acostamos más temprano. El reencuentro con los compañeros y amigos es una fiesta en sí misma. Los uniformes bien limpios y esos libros que a veces no caben en una mochila nos llenan de esperanza. Y lo más importante: llegar puntual. Que significa deseo de aprender, ganas de conocer el mundo que nos rodea y amar más a Cuba, que bloqueada económica y energéticamente no renuncia a uno de los derechos humanos más nobles y trascendentales: la enseñanza.

