El paso de los años no detiene a Carlos Alberto López Rivero. Con su andador se le ve por las calles del reparto Martí, en el municipio capitalino del Cerro, y nadie imagina que con él va la historia de uno de los tantos héroes que crecieron en la Patria.

A sus 75 años, no olvida su paso por tierras angolanas. De vez en cuando, la epopeya vuelve a sus pensamientos, y recrea con nitidez aquella etapa que marcó su vida para siempre. La tierra árida, la hermandad de su gente, la pobreza en los rostros de niños y ancianos; el verde de las selvas y el peligro a cada paso.
Nació en Arroyo Arenas, municipio de La Lisa, el 6 de marzo de 1951, allí fueron sus primeros estudios y también el primer trabajo como ayudante de producción en el Combinado del Vidrio.
Su permanencia en el Servicio Militar le permitió hacerse cocinero, oficio que después lo pondría a prueba cuando a inicios de 1981 partió para la República Popular de Angola como miembro de la UNECA.

Y para que nadie lo dude, dice de memoria: “Mi chapilla era la 444907. Aquí están mis diplomas y medallas que me dieron por el cumplimiento de estas”, alega y busca entre papeles que el tiempo ha tornado amarillos.
Primero estuvo en Luanda. “Pero allí la estancia fue breve, pues partimos al frente de combate, estuvimos en Menongue y Quifangondo, a reconstruir los puentes que el enemigo, en su retirada, destruía para obstaculizar el avance de las tropas cubanas. Era una tarea muy ardua, en condiciones extremas, ya que el enemigo siempre estaba al acecho y había que mantener la disposición combativa”, afirma.
La segunda misión en tierras angolanas fue en 1983, y ahí estaría en el Sur, oliendo la pólvora, sintiendo la caída de amigos de lucha.

“Tuvimos que proteger bajo tierra nuestros emplazamientos de baterías para resguardarlas de los bombardeos incesantes del enemigo. En varias ocasiones tuvimos que cambiar las herramientas de trabajo por nuestros fusiles, hubo heridos y muertos, compañeros queridos que supieron defender sus posiciones de combate”, subrayó.
Por si fuera poco, hubo una tercera misión. “Formé parte de un contingente de constructores por la UNECA, que permaneció 25 meses en Nicaragua. Ahí participé en la reconstrucción de un hospital y viviendas de damnificados por el terremoto que en 1987 azotó a ese país hermano”.
Durante años, Carlos trabajó en el sector de comunales, en el municipio capitalino de Playa, ahí se jubiló. Nunca alardeó de sus misiones, del amor con que se entregó al llamado de la Revolución para ayudar a otros pueblos. Alguna que otra vez, los momentos vividos en esos sitios vienen a su mente como una película. En esa historia, él fue un sencillo hombre cubano que sin pedir nada a cambio, arriesgó su vida por otros hombres y mujeres de lugares distantes que sigue considerando hermanos.
Acerca del autor
Graduada en Licenciatura en Periodismo en la Facultad de Filología, en la Universidad de La Habana en 1984. Edita la separata EconoMía y aborda además temas relacionados con la sociedad. Ha realizado Diplomados y Postgrados en el Instituto Internacional de Periodismo José Martí. En su blog Nieves.cu trata con regularidad asuntos vinculados a la familia y el medio ambiente.

