Las primeras decisiones de política exterior suelen revelar la esencia de un gobierno. En el caso del presidente electo de Colombia, Abelardo de la Espriella, el anuncio de romper relaciones diplomáticas con Cuba realizado antes de asumir el cargo constituye una declaración de principios.
El futuro mandatario colombiano aseguró que, a partir del 7 de agosto, fecha de su investidura, Colombia no mantendrá “ningún tipo de vínculo” con Cuba y procederá al cierre de su embajada en La Habana, medida que tendrá un efecto inmediato en la interrupción de los canales diplomáticos bilaterales, la paralización de mecanismos de cooperación y un inevitable impacto sobre los servicios consulares y los intercambios institucionales construidos durante años.

No se trata de una simple decisión administrativa ni de un ajuste de política exterior. Es un gesto político dirigido a marcar distancia con uno de los países que más ha contribuido, precisamente, a uno de los mayores anhelos del pueblo colombiano: la paz.
Los pueblos tienen memoria
Las relaciones entre Cuba y Colombia no comenzaron ni terminarán con un gobierno. Ambos pueblos comparten una historia de intercambios culturales, académicos y humanos que se remonta a las luchas independentistas latinoamericanas y al ideario integracionista de José Martí y Simón Bolívar. En tiempos más recientes, Cuba desempeñó un papel reconocido internacionalmente como país garante de las conversaciones que condujeron a la firma del Acuerdo Final de Paz entre el gobierno colombiano y las FARC en el 2016, uno de los hitos políticos más importantes de la historia contemporánea de Colombia.
A ello se suma la cooperación en materia de salud, educación, formación profesional y los vínculos económicos y académicos desarrollados durante décadas.
El Ministerio de Relaciones Exteriores de Cuba recordó acertadamente que la Isla continuará honrando sus compromisos con los jóvenes colombianos que cursan estudios de Medicina como parte de los acuerdos derivados del proceso de paz, una señal de que la cooperación con los pueblos trasciende las coyunturas políticas.
A la sombra de la Doctrina Monroe
La decisión anunciada por Espriella debe evaluarse en el contexto continental. Desde el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca, Washington ha intensificado su presión para reconfigurar el mapa político latinoamericano, alentando gobiernos afines y estimulando una política de aislamiento contra Cuba, Nicaragua y Venezuela. Esa estrategia recupera los postulados de la vieja Doctrina Monroe, según la cual América Latina debe permanecer bajo la esfera de influencia de Estados Unidos y cualquier proyecto político independiente constituye un desafío a sus intereses.
El resultado de esa estrategia ya se percibe: Trump ha respaldado candidatos que finalmente han llegado al poder y tienen como signo en política exterior plegarse a Washington y a su decisión de aislar diplomáticamente a Cuba, a la vez que reducen espacios de cooperación regional. La historia demuestra, sin embargo, que esas decisiones suelen ser tan efímeras como los propios ciclos políticos que las impulsan.
Más allá de los gobiernos
La diplomacia puede congelarse por decisión de un gobierno; pero la historia entre los pueblos no. Millones de colombianos reconocen la contribución de Cuba a la paz, mientras innumerables cubanos mantienen lazos familiares, culturales y afectivos con Colombia. Esas relaciones no desaparecen con el cierre de una embajada.
Como expresó la Cancillería cubana, la medida anunciada “no representa el sentir del hermano pueblo colombiano”, sino una opción política que responde a una determinada visión de las relaciones internacionales.
Los gobiernos pasan. Las naciones permanecen. Y si algo ha demostrado la historia latinoamericana es que los puentes construidos entre los pueblos resisten mucho más que los muros levantados por la confrontación política.

