En Guanabacoa, La Habana, nació el 18 de mayo de 1876, Luis Rodolfo Miranda de la Rúa. Sus padres fueron el matancero José Francisco Miranda Torres y la habanera Juana Ildefonsa de la Rúa Vidal. El niño fue bautizado en la Iglesia del Monserrate de La Habana por Ramón Luis Miranda de la Torre, su tío, y doña Luciana Govín Manso. Ramón Luis Miranda fue el último médico que atendió a José Martí. Luis Rodolfo estudió en el colegio de los Escolapios de Guanabacoa, luego se trasladó hacia los Estados Unidos donde se graduó de perito comercial.

Resuelto a luchar por una Cuba libre, el joven intentó varias veces enrolarse en una expedición hacia la Isla, lo cual no fue permitido por su tío Ramón Luis, encargado de su educación en Nueva York; fue tanta su insistencia que los familiares no pudieron impedir su sueño de incorporarse a la manigua. Con apenas 19 años, viajó como expedicionario del vapor Bermuda, buque que desembarcó por Maraví, Baracoa, el 24 de marzo de 1896. De inmediato se incorpora al Ejército Libertador, bajo el mando del mayor general Calixto García.
En la contienda bélica participó en varias acciones combativas, destacándose en el ataque a Guáimaro, donde, bajo una lluvia de balas, logró colocar la bandera cubana en el fuerte español de Gonfau por lo que fue ascendido a teniente, al término de la guerra tenía el grado de comandante. En la República desarrolló múltiples labores, entre ellas: perito, notario comercial, periodista, oficial de la policía de La Habana y funcionario de la Secretaría de Comunicaciones. Asimismo, se destacó en el servicio diplomático y desarrolló una meritoria faena al frente de organizaciones como la «Agrupación Pro-Enseñanza de Hechos Históricos» y la «Unión Calixto García», labor que simultaneaba con la escritura de folletos patrióticos y el dictado de discursos y conferencias en diferentes instituciones del país.

Luis Rodolfo conoció del entierro cubano de José Martí y, aunque estaba enfermo, decidió viajar a Santiago de Cuba para participar en tan luctuoso acto. En un largo peregrinar el cadáver de José Martí ya había tenido cuatro entierros, esta vez, el quinto, fue precedido por un amplio movimiento popular porque como señaló la prensa de la época: «A los restos de José Martí, hay que hacerle un entierro cubano, cubanísimo, no se le pueden regatear los magnos honores que merece no sólo al fundador de la Patria, sino a un héroe, a un Mayor General del Ejército Libertador muerto en campaña».
El 29 de junio de 1951 Luis Rodolfo ya se encontraba en el cementerio de Santa Ifigenia, fue testigo presencial de la exhumación de los restos mortales de Martí y firmó el acta notarial junto con otros 64 patriotas. Ese día las cenizas del Apóstol fueron trasladadas en una urna a la sede del gobierno provincial de Oriente, donde fue colocada en un túmulo y se inició el tributo con ofrendas florales y diferentes guardias de honor. La ceremonia se prolongó hasta las dos de la tarde del siguiente día. El pueblo santiaguero, en nombre de todos los cubanos, rindió tributo al Héroe de Dos Ríos en la única ocasión en que sus restos salieron de la necrópolis de Santa Ifigenia.
El 30 de junio de 1951 después que realizó la guardia de honor, Luis Rodolfo se trasladó a una sala anexa al local donde se encontraban la capilla ardiente; allí se habilitó un local como eventual estación radial de la emisora C.M.K.W, cadena oriental. La emisora transmitió, para todo el país, 30 intervenciones especiales (19 el viernes 29 de junio y 11 el sábado 30 de junio). A las siete de la mañana del sábado la primera alocución la realizó el doctor Waldo Medina, a las siete y treinta minutos ya estaba ante los micrófonos Gerardo Abascal Berenguer, Presidente del Club Rotatorio y el tercer orador fue el comandante Luis Rodolfo Miranda, quien hizo uso de la palabra durante treinta minutos a partir de las ocho de la mañana.

Henchido de emoción concluyó su disertación apresurado por el tiempo limitado que disponía por la estación transmisora C.M.K.W, cadena oriental, y enfatizó que «después de haber transcurrido más de medio siglo de su glorificación en Dos Ríos, ante el pueblo cubano que venera tu memoria y sigue tu ejemplo, puedo decir ¡Martí, no ha muerto!». El discurso luego fue publicado con el título Oración Martiana.
Esta publicación apareció con un pórtico de presentación escrito por Andrés de Piedra-Bueno, quien señaló: «Cuando en el alba de la juventud Luis Rodolfo conoció a José Martí, en el espíritu del adolescente se encendió una estrella. Ya de raíz noble le venía la savia luminosa. Su padre le había inculcado el culto de los héroes». Es admirable la síntesis lograda por Luis Rodolfo en su Oración Martiana quien realiza, en apenas cinco cuartillas, un verdadero retrato de Martí, estructurado en cinco breves partes, recordemos que el texto debía leerse en 30 minutos.
La frase que da nombre a la primera parte «¡Martí no ha muerto!», rememora la expresión de Rafael Serra en Nueva York, ahí asegura que los hombres mueren cuando al llegar la hora final no dejan tras sí el recuerdo de su ejemplar conducta, de una vida de sacrificios por el bien de la patria. Y reafirma que es día de recogimiento, ante los restos de Martí y el pueblo cubano se inclina reverente. En la segunda parte «El Genio», relata que en América hemos tenido seres superiores, entre ellos Martí, a quien considera excepcionalmente superior con un cerebro privilegiado, destaca su caudal inagotable de ideas y esgrime que es el hombre más grande de América.
En el acápite «Martí Libertador», señala al joven que pica piedras en las canteras de San Lázaro como un vulgar delincuente y en sus carnes el torturante grillete lacera su cuerpo, deja huellas imperecederas que lo acompañaron hasta Dos Ríos. «Martí Hombre», advierte sobre las bellas cualidades del Maestro. Y añade: «era respetuoso con la mujer, que él elevaba, cultivaba con respeto su amistad, tuve la dicha de tratarlo íntimamente, y observar cuanto él hacía, su vida era ejemplar».
«Después del fracaso de Fernandina», se titula el último apartado. Ahí cuenta los tristes sucesos de Fernandina y la decepción que sufrió Martí quien se refugia en la casa del doctor Ramón Luis Miranda, y subraya: «el hecho de encontrarse en nuestra casa, dormir bajo el mismo techo durante varias semanas, me dieron la oportunidad de tratarlo íntimamente, cada día que pasaba sentía mayor admiración por el Apóstol, tan sereno en su actuación, tan noble en sus actos, tan caballero en los más mínimos detalles».
Al finalizar la ceremonia luctuosa Luis Rodolfo estuvo entre los escogidos para trasladar las cenizas martianas desde el túmulo, en el gobierno provincial, hasta el armón militar, para devolverlas a su reposo definitivo en el mausoleo del cementerio Santa Ifigenia. Vale destacar el reconocimiento público ganado por el comandante mambí y su probada vocación martiana que le permitieron ser seleccionado entre los ilustres patriotas cubanos que depositaron en el armón los restos de José Martí.
Acerca del autor

Dr. C. Ricardo Hodelín Tablada*
Médico e Investigador histórico. Doctor en Ciencias Médicas. Académico Titular de la Academia de Ciencias de Cuba. Neurocirujano del Hospital Provincial Clínico Quirúrgico Docente “Saturnino Lora”. Santiago de Cuba. Miembro de la Uneac, de la Unhic y de la Scjm.

