
Luis Raúl Castañeda Sánchez nació en un lugar sin costa. Sin sal. Sin horizonte de agua. Palma Soriano no aparece en las cartas de navegación, pero desde allí, sin saberlo, Luis Raúl ya estaba trazando una ruta.
Llegó a la Academia Naval del Mariel vacío de mar. No tuvo la vocación de los que nacen oyendo olas, pero encontró el amor en sus prácticas, al subir a un barco. Desde allí, admiró el mar por primera vez como quien ve un animal grande y desconocido. Después vinieron las tormentas y las sufrió. Y en una madrugada cualquiera, en cubierta, el capitán Luis Raúl miró el amanecer y el anochecer. Y allí, sin estrépito, se fue enamorando.
Dicen los griegos —y Castañeda Sánchez lo repite con la autoridad que le dan los años de experiencia— que Dios en el cielo y el capitán en el barco. Esa responsabilidad es amplia, difícil, siempre con metas. Cincuenta años después, Luis Raúl Castañeda Sánchez continúa trabajando.
Ahora en tierra, como especialista B en explotación de flota para la Empresa de Navegación Caribe. Su barco ya no zarpa, pero la flota sí. Y él vigila que los barcos cumplan el Código Internacional de Seguridad. Un código exigente: medios contra incendios, controles internos, mantenimiento estructural, protocolos de emergencia. Verne habría admirado esa máquina invisible de reglas. Pero el capitán Raúl es honesto: el código no se puede cumplir realmente por falta de algunas cuestiones técnicas y materiales. Lo dice sin dramatismo. Lo dice como quien ha visto tormentas peores. Luego añade: “vamos trabajando fuertemente en eso. Los barcos operan. Transportan. Cumplen su deber”.
¿Cómo se siente?, pregunté. “Me siento realmente bien —respondió—. Es una felicidad eterna. Cada vez que recuerdo mi historia, mi barco, los países visitados, creo que he cumplido mi misión hasta el momento”.
Cruzar el océano Atlántico hacia Europa era difícil. Vivir en un barco, difícil. Pero él y su gente aguantaron. No hay heroísmo en esa frase. Hay verdad. “Aguantamos. Y con eso basta”, señaló.
El capitán Raúl es el único de su familia dedicado al mar. El único que aprendió a querer la sal sin haber nacido junto a ella. Muchos dirán que los verdaderos capitanes no siempre vienen del agua; a veces el agua los encuentra después, en la quietud de un hombre que mira el horizonte desde un muelle y ya no puede bajar la mirada.
Luis Raúl sigue mirando. No hacia atrás con nostalgia, sino hacia adelante con los barcos que aún navegan. El código, las tormentas, los amaneceres, todo cabe en esa mirada. Y el mar, aunque él esté en tierra, no se ha ido. Sigue ahí, moviendo las amarras de los que nunca lo olvidan.
En este día 14 de junio, extendemos una felicitación a todos los trabajadores que hoy están en los puertos (en sus barcos, en muelles, en grúas, en salas de máquinas o en puentes de mando) y les decimos gracias. Cada amarre que se ata, cada contenedor que se carga y descarga, cada guardia nocturna bajo la lluvia, cada navegación en silencio… eso es mantener viva la línea que une los países. Que este día les encuentre con la misma fuerza con la que enfrentan las tormentas. ¡Felicidades, compañeros del mar y del puerto!

