Cuando mis padres me preguntaron siendo un niño qué quería ser les respondí sin un ápice de duda: ¡Quiero ser boxeador! Quizás la confesión les llegó como un golpe al mentón. Tal vez asumieron mi transparente franqueza como una ingenuidad de mi burbujeante infancia.

Cuarenta años después mi respuesta atiza la anatomía de mi espíritu. Boxeo frente a páginas en blanco. Perdón, escribo sobre hechos y vidas rotas. Un paralelismo ideal entre el pugilismo y la existencia. Percibo cierto misterio compartido entre ambas profesiones. Se lo he comentado a varios colegas y su risa casi ha explotado en mi cara. Creen que estoy loco. No comprenden que escribir y boxear son una infatigable búsqueda.
Un hambre que, cuando crees saciada, brota con furia una y otra vez. Defiendo en silencio la idea de que el camino de los puños y la escritura lo adoquinan los mismos principios. Ambos pagan con la misma moneda, el sobrevivir a toda costa. Sus rostros son casi gemelos, el pegar no es una alternativa es una necesidad. Ambos están empujados por un fin común. La derrota está en cada esquina del ring vital de su particular humanidad. Jamás se baja indemne del cuadrilátero.
Tampoco del ring que significa escribir. Ambos dejan huellas. No importa que el instinto de supervivencia y la aptitud te impulsen a triunfar. Sobre esa dualidad siempre sobrevuela la derrota, la imperfección eterna. Un trazo más de lo finito que acompaña nuestra condición. Se quiere resistir, incluso reinventarse. No es de extrañar entonces que el boxeador y el escritor compartan otra verdad. El no saber retirarse a tiempo.
Boxear y escribir son actos íntimos y crueles. Sobrevuelan imposibles. Atacan la cordura. Alimentan una agonía necesaria y algo masoquista. Cuarenta años después de aquella respuesta a mis padres, sólo me queda señalarle a mi conciencia algo que trazaré sobre esta página: no se puede ser boxeador, ni escritor respetado, sin haber asumido a los rivales y retos que el ring del destino les deparó.
Mirarlos de frente. Pegarle a su anatomía, sufrir la contundencia de su riposta e incluso aceptar la derrota, son verdades que se rebelan contra tu voluntad de ser y triunfar.
Sí, escribir es boxear. Es una colosal experiencia. Una absoluta rendición física y espiritual ante la desnudez de los límites del más profundo querer ser.

