El adolescente José Julián Martí Pérez había sido condenado, por infidente, a seis años de prisión. Veamos los motivos de aquella injusta condena. Como era costumbre en aquella época, el 4 de octubre de 1869, los españoles celebraron una revista militar en homenaje al natalicio de la regente de España. Terminada esta, la escuadra de gastadores del primer batallón de voluntarios —soldados presuntuosos que no pertenecían al ejército de España— irrumpió con música marcial por la esquina de Industria y San Miguel.

Un grupo de voluntarios pasó ante la casa de los hermanos Valdés Domínguez, en calle Industria número 122. Allí, junto a la ventana de grandes rejas de hierro, Martí, los hermanos Valdés Domínguez, Manuel Sellén, Santiago Balbín y el profesor de francés Atanasio Fortier conversan animadamente. Los jóvenes se reían porque jugaban a tirar cáscaras de naranja por la ventana, para descifrar los signos o letras que formarían en el suelo. Una cáscara fue a caer en la gorra de un voluntario que perdió de súbito la fingida marcialidad con que pasaba y es lógico que los jóvenes rieran con más fuerza. Esta fue la razón para que los soldados, con aire retador y por creerse burlados por los jóvenes, cuya simpatía por los insurrectos eran bien conocida, armaran gran escándalo y volvieran al anochecer para arrestar a los hermanos Fermín y Eusebio.
En el registro de la casa encuentran una carta dirigida a Carlos de Castro y de Castro, quien se había alistado como cadete en el ejército español, era una verdadera condena contra el cubano procolonialista al que acusaban de apóstata. El 21 de octubre de 1869 fue arrestado el adolescente José Julián de 16 años de edad, y tuvo que esperar el juicio hasta el 4 de marzo de 1870. Un mes después es trasladado al Presidio Departamental, donde lo destinan a la Primera Brigada de Blancos, le asignan el número 113 y le entregan el sombrero negro, símbolo de la estampa de la muerte.
De inmediato sus padres hacen gestiones en favor del adolescente. Doña Leonor, envía a las autoridades la partida de bautismo legalizada, en la cual consta que su hijo nació el 28 de enero de 1853, resultando pues que el 10 de octubre, en que se ocupó la carta escrita por dicho individuo y que ha motivado su condena de seis años de presidio, contaba el mismo dieciséis años y ocho meses. En agosto don Mariano hace gestiones ante José María Sardá y Gironella (1824-1889), arrendatario de las canteras y amigo personal del capitán general de la Isla Antonio Caballero Fernández de Rodas (1816-1876), para que interceda ante este y pida la disminución del rigor de la pena a la que había sido condenado Martí.
El 5 de septiembre de 1870, Sardá se entrevistó con el capitán general y obtuvo el indulto y custodio del penado 113, pero no fue hasta el 30 de septiembre que ocurrió su traslado a la Cárcel de La Habana para ser conducido a Nueva Gerona. Ese mismo día se anota en el libro de la cárcel: «Don José Martí, natural de la Habana, soltero, de 17 años, estudiante, hijo de D. Mariano y Da. Leonor Pérez; […] indultado de la pena de presidio por el Exmo. Sor. Gobernador Superior Político y cuyo individuo será desterrado a Isla de Pinos cuando dicho Exmo. Sr. lo disponga».
Más de un mes, después de la entrevista de Sardá, demoraron los trámites oficiales hasta que Martí pudo embarcar por vía ferroviaria, desde La Habana hasta el puerto de Batabanó. El 13 de octubre, en su único viaje de esa semana, llega a Nueva Gerona, antigua Isla de Pinos, hoy Isla de la Juventud, el vapor Nuevo Cubano. A bordo se encontraba el joven deportado, en condición de prisión domiciliaria forzada, fue esta la primera y única vez que Martí arribó a tierra pinera, la Evangelista, como le llamó Cristóbal Colón.
Así se recuerda su llegada a Nueva Gerona: «[…] Él iba el primero […] con su pantaloncito de dril blanco y un saquito negro […] llevaba sombrerito de pajilla y la cabeza así […] como pensando […]». Al llegar el adolescente con Sardá, lo primero que hace el catalán es librarlo de los grilletes. Martí le expresa con emoción su agradecimiento, pero le ruega que se los entregue como el obsequio más valioso que pudiera hacerse. De hecho, los guarda y de noche los coloca bajo su almohada, allí en la soledad de su habitación, situada en el segundo cuerpo de los edificios que forman la residencia, y que todavía conserva las losas originales del piso. No puede olvidar todo lo que ha sufrido a causa de los grilletes, pero seguro a su corta edad tampoco imagina que ellos serían causa de otros sufrimientos durante toda su vida.
En aquel momento había en la Isla de Pinos 278 domiciliados, de ellos 154 infidentes y 124 incorregibles, Martí constituyó el infidente número 155. En la volanta de la familia Sardá, guiada por el negro Casimiro, llegó el recluso a la finca El Abra, acompañado de Sardá. El catalán y su esposa María de la Trinidad Basilia Josefa Valdés y Amador (1835-1919), doña Trinidad, acogieron al joven en su residencia, situada en la ladera marmórea, a pocos kilómetros de la población. Se conoce que Sardá tenía más de 280 esclavos trabajando para él; sin embargo, oía con atención a todos, aún a los que laboraban en su hacienda, a los que cuidaba como a gente de la casa, especialmente a los de apellido Echevarría, apadrinándoles, en bautizo. A Martí lo trató como un miembro de la familia, le orientó que empleara el tiempo en estudiar y leer la biblia, y en ayudar en la educación de los hijos. Por su parte doña Trinidad lo redimía con sus ternuras y curaba con plantas medicinales las úlceras que las gruesas cadenas del presidio ocasionaron al joven.

Al amanecer, con amor maternal, Trini, como le llamaba José Julián, preparaba el desayuno al joven profesor de sus hijos; luego, Martí caminaba por el sendero bordeado de flores, hasta el jardín, allí observaba el reloj de sol traído de Barcelona en 1868, que marcaba las horas de Nueva Gerona (Cuba) y de Tarragona (España). Dedicaba mucho tiempo a la lectura, el Quijote, la Biblia, Víctor Hugo; otras veces escribía cartas, que leía confidencialmente a doña Trinidad; asimismo, se ocupaba de la enseñanza a los niños de la casa. Todos los domingos iba Martí a la Plaza de Nueva Gerona a marcar asistencia como reo confinado a prisión domiciliar.
Dos meses y cuatro días permaneció Martí en la Isla de Pinos. El 18 de octubre de 1870, ligeramente restablecida su salud, viajó hacia La Habana. El teniente gobernador de la Isla de Pinos participó personalmente en la verificación de su traslado a la capital habanera. De aquí se infiere que ya José Julián constituía preocupación para las autoridades españolas. Es justo destacar que don José María Sardá y Gironella, arriesgando la confianza de los poderosos, fue la figura prócer del jefe de aquella familia, quien por bondad de corazón liberó al adolescente del presidio y de las canteras, de la enfermedad, quizás de la muerte misma para devolverle vida plena en el seno de su hogar.

No se conoce que Martí haya dedicado ningún escrito a aquella familia que lo acogió con cariño. Sí, envió a doña Trinidad, desde España, un crucifijo de ébano que se conserva en el Museo El Abra. La estancia del adolescente en la Isla de Pinos, le permitió mejorar su salud, organizar sus pensamientos, estructurar su acusador escrito sobre todo lo que había sufrido en las canteras y que después publicaría en España, en 1871, con el título El presidio político en Cuba.


Acerca del autor

Dr. C. Ricardo Hodelín Tablada*
Médico e Investigador histórico. Doctor en Ciencias Médicas. Académico Titular de la Academia de Ciencias de Cuba. Neurocirujano del Hospital Provincial Clínico Quirúrgico Docente “Saturnino Lora”. Santiago de Cuba. Miembro de la Uneac, de la Unhic y de la Scjm.

