El Vedado amanece con el mismo sol de siempre. La esquina de 23 y 12 se convierte en un pequeño milagro de colores sobre el gris del asfalto. Mesas de madera, cajones de plástico, incluso el capó de un Chevrolet del 56 que no puede rodar pero que aún sirve de escaparate.



La crisis de combustible no detiene el Día de las Madres. La ralentiza, la encarece, pero no la mata. Porque el cubano ha aprendido a hacer de la necesidad una flor.
En mis fotografías, el paisaje es de contrastes. Un triciclo espera pacientemente, mientras a su lado una mujer vende ramos de rosas sobre una caja de cartón. “No tengo transporte para llevar las flores al cementerio”, me dice Lourdes, mientras ajusta los tallos con manos agrietadas por el agua y el sol. “Pero las traigo aquí, y la gente camina. Camina mucho. No importa si no hay gasolina: las madres merecen su flor.”
Un hombre mayor, con una bolsa de flores en una mano y un pomo de agua en la otra, me dice: “Mi mamá está en Colón llevando una flor a mi abuela. No hay carro. Caminó dos horas. Pero ella me espera.” Su rostro no muestra queja, solo determinación. La foto que le tomo tiene el fondo desenfocado, pero se ve al fondo un cartel pintado a mano en una pared: “Día de las Madres”.



“El precio de las flores subió, todo subió”, me dice María, mientras envuelve un ramo de girasoles en papel estraza. “Pero la gente paga. Porque una madre es una madre, y eso no lo quita la crisis.”
La crisis de combustible nos ha golpeado, pero no ha podido con el Día de las Madres. Porque en La Habana, cuando no hay gasolina, se camina. Cuando no hay dinero, se comparte. Cuando no hay esperanza, se siembra una flor.
Y en cada ramo que se vende, en cada mano que lo sostiene, hay un mensaje que la crisis no puede borrar: aquí estamos, resistiendo, floreciendo, amando. A pesar de todo.

