La caravana de banderas y acentos que llegó a Cuba bajo el nombre de Convoy Nuestra América parecía un río humano que traía consigo memoria, solidaridad y futuro. No era solo un grupo de activistas: era la alegoría viva de esa América mestiza y plural que Martí soñó, levantándose para defender valores humanistas, la decencia y la moral.

En la bienvenida, Fernando González Llort expresó a los activistas “son bienvenidos a esta casa que también es su casa”. Y así, uno tras otro, los testimonios fueron encendiendo la atmósfera: Fernando Pereira, presidente del Frente Amplio de Uruguay, habló desde la urgencia de un mundo convulso —marcado por el genocidio en Gaza, el secuestro del presidente venezolano Nicolás Maduro y el bombardeo en Irán— para insistir en que la paz se sostiene en la no injerencia y en la justicia social. “Cuba no está sola ni va a estar sola”, dijo, “junto a ella vamos a estar quienes creemos en la justicia social y la autoderminación de los pueblos.
La voz de Ada Galano, presidenta de la Coordinadora Nacional de Cubanos Residentes en Italia, trajo el eco de Martí: “somos hijos de esta patria, y a ella nos debemos”. En nombre de los cubanos residentes por el mundo, agradeció la resiliencia de un pueblo que se reinventa cada día, y recordó la sentencia popular “siembra y recogerás”: hoy Cuba recoge la solidaridad que ha sembrado en tantas geografías.
Desde Estados Unidos, Medea Benjamin, fundadora de Code Pink, se sumó con un mensaje claro: el pueblo estadounidense quiere vivir en paz con Cuba. Su compromiso fue llevar estas historias de resistencia a su país, para convencer a los gobiernos de que el bloqueo debe terminar de una vez y para siempre.
Michele Curto, presidente de la Agencia para el Intercambio Económico y Cultural con Cuba, cerró con un gesto de internacionalismo: obreros, activistas y ciudadanos que, sin conocerse antes, se reconocieron en la nobleza de venir hasta aquí a luchar por un mundo distinto. “Debemos ser creativos y defender la Europa y el mundo que queremos”, dijo, recordando que Cuba no está sola.


El convoy es la encarnación de Nuestra América, esa patria grande que se reconoce en la diversidad y que se levanta, una vez más, para decir que la solidaridad es también un modo de sembrar futuro.










