Regaló una sonrisa y todos supimos que era feliz. Entregó sus manos y nadie dejó de admirar tanto trabajo. Soltó una idea y no apareció luego otra mejor por más que lo intentamos. Así es la mujer cubana, ese manantial que brota en cada casa, fábrica, centro científico, hospital, escuela, oficina o simplemente en la batalla cotidiana más difícil, en la que nos hace cómplices de su pureza y talento.

La hemos visto cortando cañas, manejando guaguas, salvando vidas en el rincón más apartado de la selva africana, enseñando a leer a niños en montañas intrincadas, investigando para obtener vacunas, ganando medallas mundiales y olímpicas, sembrando arroz en los campos, construyendo edificios y amando hasta la saciedad a la familia creada desde su vientre.
Dentro de unos días la convención de una fecha (8 de Marzo) nos hará felicitarla como la primera vez que le robamos un beso y sus ojos respondieron tiernos de felicidad. O cuando se vistió forrada de comprensión y soluciones para resistir carencias y lejanía, sin dejar de renunciar a sus esencias.
A ellas van dedicadas estas líneas, la portada y esta edición impresa. Sus preocupaciones y sentimientos apuntan siempre al corazón, a la resistencia. Y cuando sus manos salen por cualquier ventana para saludarnos, nada les emociona más que la sonrisa nuestra, cual señal permanente de acompañamiento y deseos de gritar:te amo.

