La noticia de que el actor, profesor y director Fernando Hechavarría recibiría el Premio Nacional de Teatro 2026 no debió haber asombrado. Al menos no a los que son asiduos a las temporadas escénicas en La Habana y en otras notables plazas del país. Hechavarría es un intérprete muy popular. Ese reconocimiento público, claro, le llega sobre todo por la televisión, por las muchas y muy seguidas telenovelas y teleseries en las que ha participado.

En la memoria colectiva, por ejemplo, hay un lugar muy especial para su Nacho Capitán de Tierra brava. Algo también aporta el cine, desde sus primeras incursiones siendo muy joven. Pero Fernando es, ante todo, un actor del teatro. Esa es su casa. Su espacio privilegiado de realización. Su compromiso inicial con lo mejor de la cultura.
El galardón, que recibirá el 28 de febrero, valora una trayectoria excepcional, que tiene dos hitos incontestables: Teatro Escambray y Teatro El Público, compañías a las que ha dedicado la mayor parte de su ejercicio creativo. Nótese la carga simbólica de las dos agrupaciones. La primera es quizás la más importante referencia en Cuba del teatro en la comunidad, para la comunidad, por la comunidad. La segunda, la celebración del gran espectáculo de sala, que ha bebido del inmenso acervo universal y de las raíces de las fiestas populares en pueblos y ciudades de este archipiélago.
Fernando Hechavarría ha estado a la altura de los dos cometidos. Ha sido, con sobradas credenciales, lo mismo un joven estudiante de una escuela en el campo, un poblador de un caserío entre lomas… que un emperador romano cegado por el poder o una diseñadora de moda asediada por sus demonios.
Esa versatilidad lo ha distinguido entre sus contemporáneos. Para él, el género, la edad, la procedencia, las circunstancias de sus personajes nunca han impuesto barreras infranqueables. Todo tiene que ver con una verdad (su verdad) sobre el escenario.
La manera en que estudia sus roles, el trabajo profundo de investigación previa a los montajes, el diálogo franco y enjundioso con los directores… han facilitado caracterizaciones muy convincentes. Son mucho más que una máscara o un traje. Es la búsqueda de lo esencial de cada criatura.
Por eso no resulta extravagante que su Petra von Kant, de la puesta de Carlos Díaz para El Público, lleve barba y bigote. El auditorio no ve a un hombre travestido. Ve, siente a una mujer, empoderada más allá del maquillaje. Es la magia del teatro que él ha sabido encarnar.
Sobra el talento en Fernando, pero él sabe que el genio sin pautas es caballo desbocado. Honra el rigor, que es el respeto irrestricto a la escena, el proceso y el público. Asume una ética profesional que lo ha guiado por décadas. Y que ha intentado legar a sus alumnos.
Porque él es un maestro… y no solo por el dominio pleno de su arte y el ejemplo de constancia. Lo es también en el aula, en el salón de ensayo. Su labor en la Escuela Nacional de Teatro Corina Mestre ha sido puntal para la formación de nuevos actores.
Junto a su querido Carlos Díaz, en el Trianón, Fernando Hechavarría defiende todos los días la utilidad y la belleza del arte. Puede llegar a ser una batalla de titanes, en tiempos de carencias y éxodos. Pero él insiste.
Hace unas semanas presentaba con los estudiantes del último año de la escuela un montaje a partir de los textos de Shakespeare. En la más reciente puesta de El Público, Réquiem por Yarini, se cubría con los velos de una dama enigmática. Algo de todo eso habrá probablemente en la gala de entrega de su Premio Nacional, que dirigirá —no podía ser otro— Carlos Díaz. Fernando recibirá otra vez una ovación. Y ese, aunque pueda parecer un lugar común, el reconocimiento mayor es para él. Un actor se hace y se curte en el intercambio con la gente. Lo demás son luces y lentejuelas. Aunque a Fernando, por supuesto, tampoco le molestan las lentejuelas.

