José Martí, aniversario 173:¡…al pie del muerto juró/ lavar con su sangre el crimen!

José Martí, aniversario 173:¡…al pie del muerto juró/ lavar con su sangre el crimen!

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Hace muy pocos días tuve la muy hermosa suerte de visitar un lugar que resuma historia, el monumento en el Hanábana dedicado a José Martí, un sitio matancero que recuerda la estancia allí por unos ocho meses —entre abril de mil 862 y diciembre del propio año— del futuro Héroe Nacional cubano.

 

Memorial dedicado a José Martí, en el Hanábana matancero. Foto: José Raúl Rodríguez Robleda

 

Con pasión intensa mis acompañantes y este cronista recorrimos el lugar, en especial la vista que propicia el espléndido mausoleo, proyecto de la llamada “arquitectura solar”, obra del artista Domingo Alás Rosell, inaugurado el 13 de abril del 2003 y declarado Monumento Nacional en mayo de 1996.

 

Monumento al Héroe Nacional José Martí en Caimito de La Hanábana, asentamiento del municipio matancero de Calimete, donde con solo 9 años permaneció junto a su padre durante 8 meses. Allí conoció de primera mano los horrores de la esclavitud. Foto: José Raúl Rodríguez Robleda

 

Aunque el lugar dista casi 165 años del momento en que se forjaban allí sueños e ideas del pequeño, con sobrecogimiento nos fuimos a la tarja y a la pancarta, con su foto grande y la hermosa y clarividente frase: “Yo sé de un pesar profundo/ entre las penas sin nombres/ la esclavitud de los hombres/ es la gran pena del mundo”.

Con solo nueve años, el niño José Julián se fue al lugar junto a su padre Don Mariano, nombrado poco antes como capitán juez pedáneo, máxima responsabilidad de aquella capitanía de tercera clase, distante unos 160 kilómetros al sureste de La Habana, y hoy perteneciente al municipio de Calimete.

 

Foto: José Raúl Rodríguez Robleda

 

Consta en documentos históricos conservados que el pequeño conoció durante su estancia costumbres del campo cubano además de ejercer con eficacia la misión que lo alejó de la capital: la escritura de documentos oficiales inherentes a la responsabilidad del padre.

Así, el 23 de octubre de 1862, narró, ‘con excelente caligrafía y lenguaje descriptivo’ a su madre, doña Leonor Pérez, la primera carta de su amplia obra epistolar, la misma ocasión en que le comentó sus experiencias en ese entorno, diferentes, muy diferentes, a las que sus ojos infantiles conocían de La Habana. Con esta carta se abre la larga relación de textos que integran su epistolario íntimo.

En contacto estrecho con la naturaleza, nada escapó a su inquieta mirada y clara inteligencia. Conoció de las flores del lugar, los pájaros, las yerbas, los insectos, los árboles. Aprendió sus nombres y utilidades. Trató a los guajiros de la zona, y admiró su honradez y bondad. Incansable, aprendió a montar a caballo y gustaba dar largos paseos por la finca sobre un potrico que le habían regalado, a la vez que se entretenía en cuidar un gallo fino que le habían obsequiado.

Sin embargo, Caimito del Hanábana, nombre exacto del lugar, fue para Martí mucho más que la imagen que describió en su carta. Allí conoció en verdad la esclavitud; estuvo en los sucios barracones y presenció escenas terribles y desgarradoras que se grabaron para siempre en su mente: negros traídos de muy lejos, de más allá del gran océano, azotados, encadenados. Incluso, en cierta ocasión vio a un mayoral azotar a un negro esclavo en un salvaje bocabajo.

Muchos, muchos años después, en el poema XXX de sus Versos sencillos, recordaría estas tristes escenas:

Rojo, como en el desierto,
salió el sol al horizonte;
Y alumbró a un esclavo muerto,
Colgado a un ceibo del monte.
Un niño lo vio: tembló
De pasión por los que gimen;
Y, al pie del muerto, juró
Lavar con su sangre el crimen!

En sus Cuadernos de apuntes, anotaría: “¿Quién que ha visto azotar a un negro y no se considera para siempre su deudor? Yo lo vi, lo vi cuando era niño, y todavía no se me ha apagado en las mejillas la vergüenza […] Yo lo vi, y me juré desde entonces a su defensa […]”. 

Cuenta la historia que el niño y su padre permanecieron en Caimito de Hanábana hasta diciembre, cuando el padre fue injustamente cesanteado a causa de un turbio asunto relacionado con el contrabando negrero, mientras que los poderosos, que sí traficaban con los esclavos, salían indemnes del problema. Este incidente le permitió comprender toda la injusticia del poder colonial.

Nuestro homenaje al Maestro fue este año allí, cerca de lo que fuera el río Hanábana, cercano a Colón y al pequeño poblado de Amarillas.

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