En su obra Como un batir de alas. Ensayos sobre el teatro cubano 2 (2006-2024), publicada por la Editorial Letras Cubanas, Esther Suárez Durán nos ofrece una mirada profunda y reflexiva sobre el estado y evolución del teatro en Cuba. Este libro no solo sirve como una continuación a su primera edición, sino que también se presenta como un compendio necesario que capta la esencia de un contexto teatral en transformación constante.

La estructura del volumen, que se compone de veintitrés ensayos, es un testimonio del compromiso de la autora con el análisis crítico. La inclusión de seis ensayos de la primera edición, junto con los nuevos textos que abarcan el periodo 2006-2024, evidencia un esfuerzo por conectar el pasado con el presente, permitiendo al lector identificar los hilos que han tejido la narrativa del teatro insular. Esta selección editorial subraya la pertinencia de revisar y dialogar sobre obras y reflexiones que, aunque ya fueron publicadas, siguen resonando en la actualidad.
Desde el principio, la prestigiosa dramaturga, narradora y ensayista, demuestra un dominio estructural evidente, al presentar sus ensayos en un orden cronológico, lo que facilita al lector seguir la evolución del pensamiento crítico en torno al teatro cubano. Sin embargo, es la habilidad de la autora para tejer vínculos entre eventos históricos y su repercusión en el teatro lo que realmente destaca. Cada ensayo no solo se erige como un texto independiente, sino que también se suma a un mosaico complejo donde la identidad cultural, la política y la estética convergen.
Uno de los aspectos más destacados de esta obra es la prosa incisiva y clara. A través de un lenguaje accesible pero riguroso, logra atraer tanto a académicos como a lectores casuales, característica de gran valía si se tiene en cuenta que el teatro, siendo un arte que se vive y se siente, también debe ser pensado y analizado. La autora se posiciona como mediadora entre el texto dramático y su escenario, ofreciendo interpretaciones que trascienden la simple descripción para adentrarse en reflexiones profundas sobre el significado de las artes escénicas en la sociedad cubana.
Otro punto para resaltar es la atención que la también investigadora, profesora, crítica teatral y guionista de radio y TV otorga a la diversidad de voces dentro del panorama teatral cubano. En un contexto donde el teatro ha sido históricamente un espacio de resistencia y de comentario social, el reconocimiento de diferentes dramaturgos, directores y actores es fundamental. La autora se esfuerza por presentar una pluralidad de perspectivas, lo que enriquece el análisis y ofrece al lector una visión más completa de la escena teatral.

En su libro asimismo aborda disimiles tópicos relacionados con la creación escénica: valoraciones críticas, historias, remembranzas, entre otros, que caracterizan a este volumen como un abanico de miradas que promueven el pensamiento audaz.
En tal sentido los juicios contenidos en el texto titulado El teatro: un mundo para el hombre (páginas 11 a la 21), la autora discurre con profundos argumentos técnicos y filosóficos sobre el teatro para niños y jóvenes: “Si consiguiéramos trasmutar nuestro decimonónico afán de proteger al niño en una complicidad crítica con él; si los artistas, que tanto fabulamos respecto a la comunicación con inteligencias venidas de otros mundos fuéramos capaces de respetar, en tanto inteligencias, a seres de nuestra misma especie, estaríamos en condiciones de vislumbrar más claramente todas las posibilidades de experimentación creadora que el arte nos brinda”.
De igual forma, Esther se aproxima, con hondura, al tema de la comunicación entre los teatristas, sus obras y el público receptor. En este tópico apunta: “Cualquier indagación acerca de las relaciones que, a nivel consciente, establece un creador con su receptor durante el propio proceso de la creación resulta comprometedora en grado íntimo para el artista” (En pos de un enunciatario, páginas 22 a la 37).
De “culto” es su ponencia presentada en el Encuentro de Creadores e Investigadores convocado por el Instituto Internacional del Teatro (ITI), en el Festival Internacional de Teatro de La Habana, 1995, ¡(Salve, Otro, los que van a vivir te saludan, páginas 38 a la 49), a través de la cual se introduce en el análisis de la identidad, la alteridad y las otredades; en tanto su trabajo titulado Los escenarios del poder (páginas 50 a la 71), Premio Tablas 2000 en la categoría de Investigación y Teoría, la avezada crítico aborda, con desenfado y valentía el asunto relacionado con el poder, visto desde diferentes aristas dentro de la creación escénica: “El arte teatral, por demás, posee una naturaleza conflictual que lo hace expresar los referentes de la realidad social con los cuales trabaja en términos de contradicciones; busca para su despliegue justamente aquellas zonas polémicas de la existencia, revelándose por ello como un instrumento político envidiable”.
Igualmente, Suárez Durán no escatima en ofrecer un análisis sobre cómo las influencias externas e internas han moldeado la producción teatral. El entorno social y político, las crisis económicas y los cambios en la percepción cultural son factores que infunden a sus ensayos un sentido de urgencia y relevancia. Esta multidimensionalidad fomenta un entendimiento más profundo de cómo el teatro se convierte en un espejo de la realidad cubana.
A medida que avanzamos en la lectura de los ensayos, se observa una evolución en la voz crítica de la autora. Si bien mantiene sus convicciones sobre la importancia del teatro como herramienta de transformación social, también se permite reflexiones más matizadas sobre los desafíos contemporáneos que enfrenta el sector. La autora plantea preguntas provocativas sobre el futuro del teatro
En Teatro cubano 1936-1958: el maderamen de la herejía (páginas 96 a la 120); Esther se asoma, con argumentos y ejemplos sólidos, a la sociología del teatro cubano durante la República y las primeras décadas posteriores al triunfo de la Revolución Cubana; en tanto en Teatro Estudio: la espiral infinita (Páginas 121 a la 155), nos acerca, desde una mirada crítica y bien documentada, “a la obra múltiple e intensa desplegada por Teatro Estudio a lo largo de más de cuatro décadas”.
Esclarecedor y justo es su artículo escrito en el año 2007 “como contribución al espacio de análisis que abrió la protesta de un nutrido grupo de reconocidos intelectuales ante la reaparición en los medios televisivos —después de más de tres décadas— durante los meses finales de 2006 e inicio de 2007, de las figuras más connotadas del proceso conocido como la parametración artística, iniciado en 1971. Este valioso texto aparece publicado bajo el título de A tenor de los tiempos que corren (páginas 156 a la 161).
En Jerzy Grotowski entre nosotros (páginas 162 a la 192 ), Esther evoca la memorable celebración, en 2009, del Año Grotowski, ante el arribo al medio siglo de la fundación del Teatro Laboratorio por Jerzy Grotowski y Ludwik Flaszen, en Polonia, en 1959, efemérides que coincidía con el aniversario 80 del nacimiento del director teatral y actor cubano Vicente Revuelta; mientras que de obligada referencia en la historia de las artes escénicas en Cuba es su texto publicado en el libro bajo el título Teatro cubano del Transmilenio: la crisis como circunstancia en la reconstrucción de la nación (páginas 193 a la 212), donde afirma que el teatro cubano constituye “testimonio de su tiempo y agente de cambio; un objeto de sumo valor e interés para los cientistas sociales”.
Como materiales igualmente de obligada consulta y referentes valiosos para el sistema de la enseñanza artística pueden calificarse sus trabajos titulados Del teatro vernáculo a la escena contemporánea (Páginas de la 213 a la 232); El teatro en Cuba hoy: algunas notas
sobre reorganización y coherencia (páginas 233 a la 243), donde subraya: “Los procesos de creación en las artes escénicas van indefectiblemente aparejados a procesos de producción. La producción teatral incluye toda la labor de organización junto a los procedimientos para la obtención de los recursos materiales necesarios y su elaboración con vistas a que un espectáculo se arme como tal y llegue a su meta: el encuentro con el público”.
Asimismo, en El sentido final del proceso: encontrarse con los públicos (páginas 244 a la 249), la autora se detiene en cuestiones relacionadas con la economía de la cultura en lo concerniente al teatro cubano; en tanto el sugerente título Rara avis en los paisajes de la creación artística (páginas 250 a la 255), se mueve por similar cuerda, al tratar con desenfado asuntos tales como el salario de los actores, la producción teatral y los insuficientes espacios para el proceso de preparación de los espectáculos.
Igualmente valiosos son sus trabajos titulados Unos apuntes sobre el circuito teatral de la calle Línea (páginas 256 a la 262), La aventura de Los Doce: una dimensión de sintonía entre vanguardia política y artística (páginas 263 a la 280) una evocación al prácticamente desconocido grupo de Los Doce, constituido en octubre de 1968, “uno de los grandes momentos del teatro cubano, aunque su trascendencia haya pasado inadvertida hasta ahora”; además de Amores fecundos: los espacios del conocimiento y la imaginación (páginas 281 a la 296), donde delibera sobre sus experiencias, tras concluir sus estudios de Licenciatura en Sociología, en 1978”.

En Una reflexión sobre nuestro primer documento de política cultural en la Revolución cubana (páginas 297 a la 315), la autora analiza varios planteamientos del Comandante en Jefe Fidel Castro en los primeros años tras el triunfo de la Revolución Cubana, entre estos el discurso pronunciado como conclusión de las reuniones con los intelectuales cubanos, efectuadas en la Biblioteca Nacional el 16, 23 y 30 de junio de 1961, minucioso examen que vale la pena interiorizar para entender mejor algunos de los procesos relacionados con la cultura cubana.
Por su parte, en el ensayo titulado I have a dream (páginas 316 a la 328) promueve el pensamiento de los lectores en torno a las circunstancias de “un mundo donde la tecnología dé cuenta de todas las áreas de nuestra vida, en particular de aquellas en las cuales se realice la comunicación.”
Lydia Cabrera y el misterio cubano (páginas de la 329 a la 339), es un texto donde la autora se refiere, con evidente respeto y reconocimiento a la figura de la destacada narradora, etnóloga e investigadora cubana, de la que subraya su fina sensibilidad, su sentido del humor, y su espíritu ajeno a los convencionalismos; interés biográfico que igualmente se pone de manifiesto en su trabajo titulado Ramiro Guerra: la feraz cubanidad del movimiento (páginas de la 340 a la 349).
En Sesenta y cinco años bailando a Cuba (páginas 350 a la 362), Esther nos aproxima a algunos de los momentos trascendentales del Conjunto de Danza del Teatro Nacional de Cuba, fundado el 25 de septiembre de 1959, proyecto que “corresponde a ese genio, uno de los tantos nacidos en esta tierra, llamado Ramiro Guerra Suárez, un hombre con dotes excepcionales para la comprensión y praxis en el ámbito de la expresión danzaría”.

Cierra el volumen, el artículo que da título al libro, Como un batir de alas (páginas 363 a la 369 ) donde enfatiza que “pensar en el público no es pensar meramente en cifras de espectadores, funciones y recaudaciones, mucho menos en sentido global; ni en el cumplimiento de planes técnico-económicos; es, sobre todo, enfocar el asunto en términos cualitativos”.
Un elemento que merece mención es el uso de las plataformas digitales por parte de Suárez Durán. La publicación de varios ensayos en medios digitales denota una adaptabilidad ante los cambios en los hábitos de consumo cultural. Este enfoque también resalta la importancia de la accesibilidad en la difusión del pensamiento crítico, permitiendo que un público más amplio se involucre con los temas tratados. La autora entiende que el teatro va más allá de lo que se representa en el escenario, abarcando diálogos que deben mantenerse vivos en múltiples plataformas.
Como un batir de alas. Ensayos sobre el teatro cubano 2 (2006-2024) es una obra fundamental para quienes están interesados en la escena teatral cubana y su desarrollo a lo largo del tiempo; en tanto desafía a sus lectores a reflexionar sobre el impacto del arte en la sociedad. Se trata no solo de una recopilación de ensayos; es una invitación a participar en un diálogo continuo sobre la identidad cultural y el papel del teatro en tiempos de cambio.
Suárez Durán, con su visión clara y pertinente, nos recuerda que el teatro, así como las alas de un ave, está en constante movimiento, adaptándose y evolucionando con cada batir.

