Me acerqué despacio, sin querer perturbar su dolor. Permanecimos calladas unos minutos, como si ese silencio resultara el homenaje más puro al hombre que fue hermano, padre e hijo de esta tierra. Las lágrimas que bañaban su rostro apenas le dejaban emitir sonido; en sus ojos enrojecidos se reflejaba la herida perpetua de una pérdida que desgarra.

Finalmente, entre pausas y suspiros, Aurora González Sánchez —prima hermana del coronel Humberto Alfonso Roca Sánchez— dejó que las palabras brotaran. En su voz se revelaba la memoria de un hombre que, con firmeza y entrega, llegó a decir: “Solo sobre mi cadáver podrán llevarse a Nicolás Maduro y a su esposa Cilia Flores”. Así lo recuerda, no solo como custodio de la Revolución, sino como símbolo de lealtad y valentía.
Hablar le hace bien. Las ideas fluyen y la remiten a la niñez de Humberto, nacido en Camagüey, “aunque su vida pronto se extendió más allá de los surcos y las aulas rurales de esa provincia, hasta llegar a Sagua la Grande, en Villa Clara. Desde allí comenzó a trazar un camino que lo llevaría mucho más lejos: la Escuela Militar Camilo Cienfuegos de Santa Clara fue su primer paso, y luego la Escuela Interarmas Antonio Maceo lo condujo a Angola, donde, apenas con 18 años, cumplió con su deber internacionalista. Regresó con la disciplina tatuada en la piel y la convicción de que su vida estaría dedicada a algo más grande”, enfatiza Aurora.
Esto se cumplió, pues resultó elegido para formar parte de la escolta del Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz, la misión más importante durante sus 47 años de servicio.
“Nosotros, su familia, sabemos que detrás de cada fracaso del enemigo estaba la contribución de Humberto, ese que hablaba bajito y pausado, con lo cual imponía respeto. El Humberto sereno, siempre astuto e inteligente, que cuando llegó el último combate salió a buscar el blindado para proteger a Nicolás Maduro. El disparo al pecho no fue derrota, fue la confirmación de que morir por la patria es vivir, y lo hizo defendiendo la Revolución que consideraba suya.
“En la familia lo llamaban el jefe, no por su grado militar, sino porque fue el faro y la guía de todos, el ejemplo que marcaba el rumbo. Crecimos juntos, casi como hermanos —recuerda Aurora—, y compartimos los mejores momentos en aquella casa campesina, donde la nobleza fue siempre su mayor virtud”.
Se detiene, toma un respiro para recordar una de las tantas anécdotas que compartieron, esas que revelan al hombre sencillo detrás de los uniformes y las misiones.
“Tras la muerte de su sobrina víctima de un accidente, a quien él quiso como a una hija, no se me va a olvidar nunca la llamada que me hizo, confiesa con la voz quebrada, y cuenta que todavía guarda en su memoria la imagen de Humberto en la funeraria —fuerte, a pesar de la difícil situación sin llorar—, sosteniendo sobre sus hombros la tristeza de la familia”. Así era: valiente, decidido y humano.
“Por eso duele lo que pasó: duele a la familia que lo perdió, duele a quienes lo admiraron, y duele al mundo entero, porque se apagó una vida consagrada a la Revolución”.

