En un escenario comunicacional cada vez más inestable y saturado de mensajes convendría ejercer una primera higiene intelectual: distinguir con claridad entre periodismo, propaganda y simples bulos. No todo lo que circula en las redes sociales con apariencia informativa responde a los mismos principios ni persigue iguales objetivos. Reconocer esas diferencias se vuelve crucial en un tiempo en el que los consensos y referentes tradicionales parecen resquebrajarse con rapidez.

El periodismo, en su mejor tradición, se sustenta en la verificación de los hechos, con métodos profesionales y en una responsabilidad pública asumida. La propaganda busca persuadir desde una agenda, mientras que los bulos operan desde la manipulación abierta, el sensacionalismo y la mentira. Las redes sociales, por su propia arquitectura, tienden a mezclar todos estos registros en un mismo flujo, sin jerarquías claras.
Ante esa mezcla, el papel del receptor adquiere un significado decisivo. No basta con la intuición ni con el llamado olfato para discriminar contenidos confiables. Se impone la necesidad de una sólida cultura general que permita comprender contextos históricos, políticos y culturales, y detectar exageraciones, incongruencias o falsedades.
Sin esa base, el ciudadano queda a merced de los algoritmos y de los discursos más estridentes, que no siempre son los más honestos ni mejor fundamentados. De ahí la importancia de defender esquemas de formación que apuesten por el desarrollo del pensamiento crítico. No se trata de adoctrinar, sino de enseñar a preguntar, a dudar con rigor y argumentar con fundamentos.
La búsqueda de la verdad —o, al menos, de una verdad propia— es un proceso personal, y también un diálogo constante con los otros. Exige apertura, disposición a contrastar fuentes y una actitud activa frente a lo que se consume y se comparte. Creer sin cuestionar aquello que coincide con nuestras simpatías ideológicas o emocionales es una forma de irresponsabilidad ciudadana.
Las redes sociales no son ni el infierno ni el paraíso. En ellas conviven informaciones valiosas y análisis lúcidos con una enorme cantidad de ruido y manipulación. Saber distinguir entre el grano y la paja, en tiempos convulsos y de sobreabundancia informativa, se convierte en una herramienta cívica esencial. Es una manera concreta de actuar con ética en el complejo espacio público.

