La estrategia de (in)seguridad global

La estrategia de (in)seguridad global

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La madrugada del 3 de enero del 2026 fuerzas armadas de Estados Unidos (EE. UU.) lanzaron contra Venezuela una acción militar de­nominada Operación Resolución Absoluta. Incluyó ataques aéreos en diferentes puntos y el ingreso de fuerzas especiales en zonas es­tratégicas de varias ciudades, in­cluida Caracas. Hubo explosiones y aeronaves volando a baja altura, especialmente alrededor de bases militares. La cifra de heridos y fallecidos ha ido creciendo según fluyen las noticias oficiales.

Foto: AFP/Pedro Mattey

El objetivo era secuestrar al presidente Nicolás Maduro para trasladarlo a EE. UU., donde su­puestamente enfrentará, junto a su esposa, también apresada, car­gos por narcotráfico, terrorismo y otros delitos.

A Maduro lo estaban “cazan­do” desde hace años y finalmente lo consiguieron; pero el propósito real sigue pendiente: el cambio de gobierno y el derrocamiento de la Revolución Bolivariana, por lo que no se descartan nuevas acciones contra Venezuela en días y sema­nas venideros.

El presidente Donald Trump disfrutó el operativo como si de un videojuego se tratara. Más tarde calificó la operación de “brillante” y aseguró que se ocuparía perso­nalmente de supervisar la transi­ción política “segura”; mientras, de paso, tomaba el control de los recursos naturales venezolanos.

La acción es quizás la prime­ra expresión concreta de cuán en serio va la llamada Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos, presentada el 5 de diciem­bre del 2025. La iniciativa articula el principio de America First (EE. UU. primero) con la política exte­rior de una potencia que se resis­te a perder espacios de influencia mundial.

El documento reconoce como ejes fundamentales la seguridad territorial, la competencia global y la redefinición de la relación con aliados tradicionales y adversa­rios. Redefine al hemisferio occi­dental como un espacio de interés vital, legitima el uso preventivo de la fuerza y recupera, bajo nuevos términos, la lógica de supremacía regional de la Doctrina Monroe.

La estrategia enfatiza la pro­tección de los intereses estadou­nidenses, la seguridad fronteriza y la lucha contra el narcotráfico. Sobre esa narrativa descansa la historia de los supuestos vínculos de Maduro con el narcoterrorismo.

Desde esa perspectiva, Vene­zuela es una amenaza por su mo­delo político, por sus alianzas in­ternacionales y por sus reservas de hidrocarburos que según va­rias fuentes, podrían garantizar al menos 100 años de desarrollo para EE. UU.

La embriaguez imperial al­canzó tal grado que Trump or­denó y comandó el operativo sin esperar la autorización del Con­greso ni un mandato del Consejo de Seguridad de la ONU, lo cual eran reglas básicas de la guerra hasta hace unos años. Israel, Es­tados Unidos y otras potencias mundiales se han encargado de hacerlas volar por los aires.

Medios y analistas han situa­do la acción en la lógica de la in­tervención imperialista y alertan sobre el pésimo precedente que sienta con respecto al Derecho Internacional y la soberanía na­cional. Describen el hecho como una “agresión militar grave que amenaza la paz y estabilidad re­gional”.

El operativo evoca patrones históricos de intervenciones esta­dounidenses en América Latina para desestabilizar gobiernos ad­versos a Washington y refuerza el uso falaz de figuras delictivas vinculadas al narcotráfico en to­das sus variantes.

En este contexto no es posi­ble olvidar el reciente indulto de Trump al expresidente hondu­reño Juan Orlando Hernández, condenado a 45 años de prisión por un tribunal de Manhattan, en Nueva York, en junio del 2024, por haber convertido su nación en un “narcoestado”.

Como era de esperar, la ope­ración militar generó denun­cias del Gobierno venezolano y también de Cuba, México, Co­lombia, Brasil, Rusia, China, Irán y más. Líderes mundiales han condenado la acción por ser contraria al Derecho Interna­cional y han pedido respeto a la soberanía de los Estados, y se­ñalan que este tipo de operacio­nes pueden generar escaladas de tensión, desestabilización regional y agravar conflictos existentes.

Lo sucedido en Venezuela nos recuerda además que, desde Vietnam hasta Iraq, desde Pa­namá hasta Afganistán, donde­quiera que EE. UU. ha lanzado una bomba, ha dejado una pro­funda herida económica, social, política y humana, de las que no cicatrizan. América Latina guarda triste memoria de que la seguridad para Washington se traduce en trauma, desesta­bilización y daños que trascien­den el estruendo de los misiles.

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