En Cuba, donde los apagones forman parte de una cotidianidad marcada por las dificultades económicas y energéticas, encender una pantalla puede convertirse en mucho más que una opción de entretenimiento. Cuando la electricidad falta en los hogares y las salas de cine quedan lejos de algunas comunidades, el cine móvil recupera su sentido más profundo de llevar la cultura hasta donde las personas no siempre pueden llegar.
Impulsada por el Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC) desde los primeros años de la Revolución, esta iniciativa vuelve a cobrar relevancia en un escenario que exige alternativas para sostener la vida cultural del país. No es una novedad sino una apuesta por recuperar una experiencia que durante décadas acercó el séptimo arte a barrios, zonas rurales y poblaciones apartadas de los circuitos tradicionales de exhibición.
Una pantalla instalada en un parque, una calle o el patio de una escuela puede transformar por unas horas la dinámica de una comunidad. Niños, jóvenes, adultos y personas mayores se reúnen alrededor de una historia, comparten experiencias y encuentran en el cine una oportunidad para disfrutar de un espacio colectivo que trasciende la propia proyección.
En un contexto donde los apagones limitan las opciones de recreación dentro de los hogares, estas funciones ofrecen una alternativa para el disfrute familiar. La cultura demuestra así su capacidad para adaptarse a las circunstancias y mantener su presencia en la vida cotidiana, incluso cuando las condiciones materiales resultan adversas.
La elección de las películas también importa. Apostar por producciones cubanas, desde los dibujos animados hasta los largometrajes, permite que los espectadores se reconozcan en sus personajes, historias, paisajes y tradiciones. Figuras como Elpidio Valdés, creadas por el historietista Juan Padrón, forman parte de la memoria afectiva de varias generaciones y constituyen una puerta de entrada al conocimiento de la historia y la identidad nacional para los más pequeños.
Frente a la circulación de contenidos audiovisuales de diversas procedencias, acercar el cine cubano a las comunidades contribuye a preservar el vínculo de los espectadores con su propia cultura. No se trata de excluir otras cinematografías, sino de garantizar que las historias nacionales también tengan un lugar en la formación y el entretenimiento de niños y adultos.
El cine móvil demuestra que las iniciativas culturales no necesitan grandes escenarios para generar un impacto significativo. Una función gratuita, acompañada de actividades recreativas, puede estimular la imaginación infantil, favorecer la convivencia y ampliar las opciones de esparcimiento de quienes enfrentan mayores dificultades para acceder a ellas.
Sostener estas propuestas en medio de la compleja situación económica de Cuba supone reconocer que la cultura no es un lujo reservado para tiempos de bonanza. Su presencia resulta necesaria, precisamente, cuando las dificultades amenazan con reducir los espacios de participación y disfrute colectivo.
Por eso, retomar el cine móvil no debería entenderse como una respuesta temporal a los apagones, sino como una apuesta por acercar el arte a todos los públicos. Porque cuando una película llega a una comunidad apartada, no solo ilumina una pantalla: también abre una ventana al conocimiento, la imaginación y la identidad compartida.
Y aunque la función termine y la pantalla vuelva a apagarse, permanece el valor de una experiencia que demuestra que la cultura puede encontrar caminos incluso en los momentos más difíciles.