¿Cuándo se volvió normal que la basura forme parte del paisaje habanero? Contenedores rebosantes, desechos apilados en las esquinas y montañas que invaden las aceras. Acostumbrarse a ese cuadro no lo hace aceptable. Basta recorrer la ciudad para comprobar que el problema trasciende lo estético: compromete la salud y deteriora las condiciones de vida de quienes la habitan.
La raíz está en un sistema de recogida incapaz de cumplir la frecuencia que exige una capital. Falta combustible para operar y escasean los repuestos que mantendrían en marcha a camiones hoy paralizados. Pero explicar no equivale a justificar: las carencias no deben servir de coartada para una gestión estatal que no logra mantener despejados los barrios.
Ante ese vacío, el sector privado ha dado un paso al frente. Algunas mipymes ponen vehículos y equipos para retirar desperdicios, en coordinación con entidades estatales. Otras apuestan por fórmulas a escala de barrio: proyectos de desarrollo local asumen la tarea o recogedores independientes, que se llevan los residuos por dinero.
¿Y si ahí estuviera parte de la respuesta? Cien pesos por una retirada es una suma modesta frente a lo que cuesta convivir con el basurero: el deterioro de la salud, la plaga en la puerta, el mal olor que se filtra en la casa. Pocos gastos domésticos devuelven un beneficio tan visible. Por eso, lo que funciona en unos barrios merece trasladarse a todos los municipios, con apoyo para que más actores se sumen sin trabas y alcancen también a las zonas hoy olvidadas.
Ahora bien, multiplicar las iniciativas no equivale a retirar al Estado de la escena. Un servicio que incide directamente en la salud colectiva no puede quedar solo en manos de quien ofrece y de quien contrata. La fórmula, entonces, no debería plantearse como una disyuntiva, sino como una suma: iniciativas privadas y locales que lleguen más lejos, y una institucionalidad que no abandone su responsabilidad.
La basura acumulada en la capital no es un simple asunto de imagen, sino una cuestión de salud, convivencia y compromiso común. Una ciudad limpia exige que cada quien asuma su parte, y la del Estado no es prescindible.

