Fue un período casi mortal. Tal vez, algunas noches fueron carne para el caos, para firmar una biografía de desolación. No era fácil intentar reconstruirse en medio del andamiaje de la incertidumbre y el dolor más desconocido. Quizás, la esperanza del doliente es la que más sufre cuando una luz se apaga, sin embargo, esa fe es como una gran cruz, que no deja de cargarse, aunque se crea pesada y vacía…
El 27 de noviembre del 2002 se describe con puntos de estremecimiento en la vida de Yunier Fernández (atleta con discapacidad de paratenis de mesa). Un accidente en una piscina en Güira de Melena, Artemisa, le mostró que las piedras que lanza el destino sirven para levantar los cimientos de un nuevo comienzo…
“Sufrí una severa fractura en la cervical. Era estudiante de Cultura Física, y lo más pronto que pude en lo único que pensaba era en volver a caminar. Empecé a hacer ejercicios como un demente para ver si lo lograba”, responde él a través de un mensaje por WhatsApp.
Llevaba meses detrás de su historia, pero la falta de combustible y otras dentelladas de nuestra realidad obligan a palpar sus vivencias sin mirarnos de frente. No me agrada ese tipo de periodismo. Soy un animal de costumbres. Discípulo de una vieja escuela. ¡Veremos si llego a feliz puerto en esta empresa!
“Aprender a vivir con esa situación fue muy duro, y cuando comprendes que no vas a caminar de nuevo, es aún más difícil y tienes que coger ese dolor y convertirlo en una fortaleza —prosigue y las cicatrices hablan como si estuvieran vivas—, seguir adelante en una nueva forma de vivir era el camino. Esta experiencia hizo que me percatara de quiénes son importantes en la vida que te viene por delante —y creo que se desnuda espiritualmente entre palabra y palabra—. Siempre desde el principio hubo un apoyo incondicional de familiares y amigos. Mi mamá fue un pilar fundamental y sí, la familia se une mucho”, acentúa como si los suyos fueran una brújula con la que orientarse.
Aprovecho que la conexión está decente —¡cosa extraña, incluso llevo una hora y 10 minutos con corriente!— y le envío tres preguntas. No me gusta improvisar, pero a veces es necesario.
“El deporte me dio fuerza para seguir adelante e integrarme a la sociedad de una forma tremenda. Ser visto como campeón es especial. Disfruto ver que todos a mi alrededor se sientan bien”, apuntala como si firmara un admirable ejercicio de sinceridad.
De repente al audio lo aborda un silencio. Se toma su tiempo como si recordara otra vez un inolvidable aroma.
“Cuando gané en París 2024 fue la recompensa a mi carrera, que ha sido una mochila en mis hombros llena de responsabilidad, actitud, mucha constancia y sueños desde mis inicios —y noto que se aferra a un placer interno que le ilumina el alma—. No solo mío, también de mi entrenador. A la tremenda perseverancia y el deber de quedar bien con los tuyos y con todo el que me quiere y apoya a diario”, acentúa con tintes de resurrección.
Yunier se disculpa. Se desconecta unos minutos. La cotidianeidad que nos acompaña no perdona. La corriente ya se fue. La conexión empieza a desfallecer. Pude mandar tres interrogantes más, pero comienzo a retar en silencio a un “dragón”. No al de los cuentos de hadas. Este es peor. El fuego que escupe me susurra ciertos males y dilemas que me “queman” de impotencia. No lo niego, muchas veces el “dragón” gana.
“Disculpa, cosas que pasan, me dice de regreso. Desde mi experiencia quisiera que cada persona con discapacidad se involucre en alguna rama para integrarse a la sociedad. Eso es muy importante.
“Cuando lo logré y vi que me miraban con otros ojos me sentí realmente realizado —señala y comprendo que sus vivencias han moldeado su mundo—. En los días que estoy cansado y me cuesta entrenar me concentro en las metas que faltan por alcanzar. Desde el principio de mi recuperación la palabra lástima la eliminé de mi vocabulario y de todo el que me rodeaba. Eso hizo sentirme más fuerte a la hora de enfrentar cada tarea diaria —asevera como quien no ha permitido que la marea de la existencia lo ahogue—. Después uno va aprendiendo a vivir con la discapacidad y notas muchas cosas que al principio no eras capaz de percatarte. Y es que puedes hacer todo, menos caminar, en mi caso”, ratifica sin sospechas.
La conexión está infernal. Le escribo par de preguntas más, que dan para al menos cuatro respuestas. Las envío y me concentro en un café. Me sabe amargo, como a menudo le sabe a uno cuando hurga en algunos rincones sombríos.
“Hermano —dice de regreso y en forma de texto—. Lo que más me molesta es la incultura de la sociedad. Hay quienes no se dan cuenta de que para ir derecho por un camino con la cabeza en alto no hacen falta dos pies para caminar —y noto los latidos de una inconformidad superada—. Hay personas que se van y otras que llegan. Te impulsan a ser mejor cada día. No solo en el deporte sino como ser humano. Eso es placentero, sentir que avanzas para seguir alcanzando metas…”.
Yunier se despide y agradece la oportunidad, aunque haya sido vía WhatsApp. Unos minutos después y cuando tecleaba su experiencia, mientras la tarde se rendía a las sombras de la casi noche me sorprendió con un mensaje.
“Hermano, olvidé decirte que mi lema es perseverancia. Quiero que las personas aprendan que nunca hay que decir no puedo. Siempre hay alguien que merece nuestro mayor esfuerzo. Nadie puede darse por vencido. Las cosas son como son y punto. Es como digo yo. Vivir es una data de dominó, hay a quien le caen cinco blancos. ¡A mí me tocaron cinco dobles, pero quiero ganar igual, así que me toca jugar!…”.
Es duro pero real. Muchos llegan a la vida para pelear cada segundo mientras respiran superación. Cultivan el ánimo de los que no se rinden, porque a veces el sacrificio es la mejor escuela. ¡Miles de bendiciones para las almas así!