Las calles de La Habana y de muchas ciudades del país se han llenado de triciclos eléctricos, en su gran mayoría del sector privado, ante la falta de combustible para el transporte estatal. Muchos trabajadores llegan hoy a sus centros laborales en ellos, aunque el bolsillo suena cada vez más duro y ya ronda lo abusivo.
Los conocidos buquenques han cambiado ahora su radio de acción. Si antes voceaban y ayudaban a llenar carros, camiones y demás medios en las cercanías de las terminales o piqueras muy populares, ahora lo hacen para llenar los triciclos, solo que las multas o pago impositivo que les imponen a los choferes por ese acto las termina pagando el pasajero.
Asimismo, no son pocas las agresiones físicas y extorsiones que sostienen contra quienes no quieren “entrar por el aro” con la cuota que les piden. Desafiarlos en una piquera improvisada al recoger pasajes sin pagarles puede costar (ya hay lamentables ejemplos) chantajes y hasta amenazas personales. Y no actúan solos, funcionan incluso en grupo de dos a cinco personas, cuales reyes de un espacio público y social.
Es cierto que dentro de tantos problemas y entuertos por resolver este parece uno más. Pero no es menor. Quizás los inspectores del Ministerio de Transporte (los conocidos azules) pudieran organizar esas piqueras mejor y seguramente la población lo agradecería más. “Funcionan como una mafia y se sienten impunes. Prefiero recoger pasajes sin estar en ninguna piquera porque te exigen cada día más dinero y además, ninguno paga impuestos ni son cuentapropistas ni nada”, comentó un chofer que ofrece el servicio por la calle Monte.
Sé que hay tantas historias como triciclos circulan hoy. La alerta es una: no dejemos que la hierba crezca para cortarla después con chapeadora si antes un machete preciso pudo haberlo resuelto.