Dolores Huerta, nacida el 10 de abril de 1930 en Dawson, Nuevo México, falleció a los 96 años, dejando tras de sí una trayectoria de más de seis décadas consagrada a la defensa de los derechos de los trabajadores agrícolas y de las comunidades marginadas en Estados Unidos.
Su vida estuvo marcada por la coherencia entre el pensamiento y la acción. Cofundadora en 1962, junto a César Chávez, de la Asociación Nacional de Trabajadores Agrícolas —que luego se convertiría en United Farm Workers (UFW)—, Huerta fue artífice de algunas de las victorias sindicales más significativas del siglo XX en el campo estadounidense.

Su labor no se limitó a la negociación colectiva: organizó boicots, huelgas y campañas de concienciación que pusieron rostro humano a las condiciones inhumanas en que trabajaban miles de jornaleros, en su mayoría migrantes mexicanos y filipinos.
Fue ella quien popularizó el lema “¡Sí, se puede!”, convertido después en símbolo de resistencia y esperanza para movimientos sociales de todo el mundo. Su compromiso con la justicia social la llevó también a militar en causas feministas, ambientales y de derechos civiles, y en 2012 recibió la Medalla Presidencial de la Libertad, la más alta condecoración civil de su país.
La dimensión internacional de su pensamiento quedó evidenciada en su visita a Cuba, donde participó en la Mesa Redonda, espacio en el que compartió sus experiencias de lucha y reafirmó su convicción de que la solidaridad entre los pueblos es un instrumento indispensable para enfrentar las desigualdades. Su paso por la Isla dejó constancia de una vocación internacionalista que nunca abandonó.
Con su muerte, desaparece una de las últimas grandes figuras de la generación que, desde las trincheras sindicales y civiles, transformó la realidad de los trabajadores en Estados Unidos. Su legado, sin embargo, permanece: el “¡Sí, se puede!” sigue resonando en cada lucha por la dignidad, y su ejemplo de entrega y perseverancia continúa inspirando a quienes creen que un mundo más justo es posible.

