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Un plato caliente, una mano tendida: El rostro humano de Quisicuaba

Hay necesidades que no se resuelven con un plato de comida, pero que comienzan a aliviarse cuando alguien lo ofrece. En Quisicuaba, proyecto sociocultural comunitario situado en el barrio de Los Sitios, en Centro Habana, la ayuda empieza por atender lo esencial y continúa con algo que no cabe en una ración: el respeto a la dignidad de cada persona.

Quisicuaba cuenta con 34 programas sociales. Foto: Joaquín Hernández Mena

Luis Enrique Alemán García, responsable del área de bienestar de la institución, conoce las distintas dimensiones de esa labor. Entre las personas atendidas hay habitantes de calle, ciudadanos con problemas de adicción, personas que viven con el virus de la inmunodeficiencia humana (VIH) y madres solteras. Detrás de cada situación, explica, existen circunstancias que requieren atención, comprensión y respuestas concretas.

El comedor social representa el punto de partida de ese acompañamiento. Allí se ofrece desayuno, almuerzo y cena a personas que necesitan apoyo alimentario. Para Alemán, el valor del servicio no se limita a satisfacer el hambre, pues también importa lo que significa para alguien saber que cuenta con un lugar donde recibir alimentos.

“El simple hecho de brindarle un plato de comida caliente a esa a esas personas todos los días, ya eso significa un cambio diferente en su vida”, explica.

En su relato, el cambio se reconoce en el rostro y en la expresión de quienes reciben la comida. La atención diaria adquiere otro significado cuando el servicio alimentario se acompaña de una palabra amable, de paciencia y de disposición para escuchar. No se trata solo de entregar una ración, sino de reconocer a la persona que la recibe.

La ayuda que escucha

La atención de Quisicuaba no termina en el comedor. En la misma instalación funciona una unidad médica con diferentes especialidades, destinada a responder a necesidades de salud de las personas atendidas. Alimentación, asistencia médica y acompañamiento conforman una respuesta que busca abarcar más de una dificultad a la vez.

Foto: Joaquín Hernández Mena

Para que esa atención conserve su dimensión humana, el trabajo exige preparación. Alemán explica que los asistentes sociales reciben capacitación cada lunes para adquirir herramientas que les permitan tratar con respeto a personas cuyas circunstancias pueden exponerlas a la exclusión o al rechazo. “Aunque vivan en la calle, aunque sean personas con VIH, aunque tengan diferentes vulnerabilidades, siguen siendo seres humanos”, afirma.

La frase resume una idea central de su trabajo: ninguna condición social o de salud debería determinar el valor que se concede a una persona. La pobreza, las adicciones, la falta de vivienda o las dificultades familiares requieren respuestas, no motivos para apartar a quienes las padecen.

Ese principio también ayuda a comprender por qué la asistencia necesita una estructura que muchas veces permanece fuera de la vista de los beneficiarios. Antes de que los alimentos lleguen a la mesa, hay que organizar los suministros, trasladar los víveres, preparar las comidas y distribuirlas. Según Alemán, el comedor atiende a unos 13.000 comensales, una dimensión que exige coordinación entre cocineros, trabajadores y asistentes sociales.

La solidaridad, por tanto, también depende de la planificación. Los recursos proceden de donaciones y presupuestos específicos, y su destino exige organización para sostener las obras sociales. La disposición de ayudar necesita traducirse en tareas concretas para que los servicios puedan continuar.

Un techo para volver a empezar

La labor de Quisicuaba se extiende más allá de Centro Habana. En San Antonio de los Baños, municipio de la provincia de Artemisa, funciona un centro de vida asistida que ofrece alojamiento, alimentación y un espacio de convivencia a personas en situación de calle.

Alemán recuerda que llegar a esa condición no siempre responde a una decisión individual. Los conflictos familiares y otras circunstancias sociales pueden conducir a la pérdida del hogar, por lo que la respuesta requiere algo más que un lugar donde dormir.

El centro busca ofrecer condiciones básicas de vida y un entorno en el que sus residentes puedan establecer relaciones, compartir experiencias y recuperar espacios de convivencia. La posibilidad de tener una cama, recibir comida y contar con un lugar al que regresar forma parte de ese acompañamiento.

En la visión del responsable del área de bienestar, la reinserción social no consiste solo en atender una urgencia. También implica reconocer que cada persona puede conservar aspiraciones, afectos y deseos de construir una vida diferente.

Una familia que se amplía

La solidaridad que describe Alemán no se limita a quienes trabajan de manera habitual en la institución. En las actividades participan vecinos y brigadas internacionales que colaboran con la distribución de alimentos y otras tareas comunitarias. Hay personas que se acercan para ayudar en el comedor y otras que contribuyen al mejoramiento de los espacios del barrio.

Ese compromiso compartido da forma a una relación que trasciende la prestación de servicios. Los voluntarios encuentran una manera de contribuir a la comunidad, mientras que la institución suma manos para desarrollar sus programas sociales.

Quisicuaba cuenta con 34 programas sociales, según la información aportada por Alemán. Su labor incluye iniciativas de asistencia y reinserción, así como acciones relacionadas con la historia y el patrimonio de la localidad. El museo que funciona en sus instalaciones constituye otra expresión de ese vínculo entre la institución y la comunidad.

La dimensión humanista del proyecto recibió reconocimiento público en febrero de 2026, cuando la Federación de Mujeres Cubanas le concedió el Sello Conmemorativo Aniversario 65 de esa organización por el impacto de sus obras sociales. El reconocimiento destacó el acompañamiento a personas y grupos que afrontan distintas formas de vulnerabilidad.

La institución también mantiene vínculos de cooperación internacional. Alemán menciona la colaboración con la Agencia Suiza para el Desarrollo y la Cooperación y con Medicuba, organizaciones que han contribuido, según explica, con iniciativas relacionadas con los alimentos y los medicamentos.

Foto: Joaquín Hernández Mena

Pero, al describir el sentido de la labor diaria, el responsable del área de bienestar vuelve a las personas. A quienes necesitan comida, atención médica, un techo o alguien dispuesto a escuchar. A quienes llegan con problemas distintos y requieren que la respuesta no se reduzca a una etiqueta.

En Quisicuaba, la ayuda adquiere muchas formas: una comida, una consulta médica, una conversación paciente, una tarea compartida o un espacio para comenzar de nuevo. Cada una responde a una necesidad concreta, pero todas parten de la misma convicción que expresa Alemán: la vulnerabilidad no borra la condición humana de nadie.

 

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