Icono del sitio Trabajadores

La cultura, fundamento de la nación

La revolución que ini­ciaron los próceres de la in­dependencia, liderados por Carlos Manuel de Céspe­des en 1868, es la misma revolución, única, que ha marcado el devenir histórico de Cuba, y fue, desde sus orígenes, un proceso esencialmente cultural. No solo porque aspiraba a transformar las estructuras po­líticas, económicas y sociales de la colonia, sino porque expresaba una conciencia decisiva: Cuba era ya una cultura propia, una comunidad capaz de reconocerse en una histo­ria, unos valores y unas aspiracio­nes compartidos.

Foto: Tomada de La Demajagua

La independencia suponía, por tanto, mucho más que la ruptu­ra con el dominio español. Impli­caba el derecho a definir nuestro destino, afirmar una identidad y conquistar una voz propia en el mundo.

Los que encabezaron aquella gesta fueron también hombres de extraordinaria cultura, abiertos al pensamiento de su época y al diálogo con otras tradiciones. Su cubanía no nacía del aislamiento ni de la negación de lo ajeno, sino de la capacidad de apropiarse críti­camente de referentes universales para construir un proyecto pro­pio. La decisión de Céspedes de dar la libertad a sus esclavos en La Demajagua, el 10 de octubre de 1868, revelaba, además, que la emancipación nacional no podía separarse de la dignidad humana.

Aspiración que encontraría en José Martí una formulación deci­siva: la república debía ser “con todos y para el bien de todos”. En esa continuidad entre independen­cia, justicia y libertad se encuentra una de las claves culturales de la nación cubana.

Entendida en su sentido más amplio, la cultura no es un com­plemento de la vida nacional, sino una de las condiciones que la ha­cen posible. En ella se expresan las formas de pensar, crear y convivir; la memoria que transmitimos y las preguntas con que examinamos nuestro presente. También las con­tradicciones de una sociedad, sus conquistas y sus aspiraciones.

Se ha formado mediante el en­cuentro, no siempre armonioso, de tradiciones diversas, que han de­jado su huella en nuestra lengua, nuestra música, nuestras artes y nuestras maneras de entender el mundo. Esa identidad no es una esencia inmóvil ni un legado que pueda conservarse intacto: es una construcción histórica que cada generación recibe, cuestiona y transforma.

El 20 de octubre de 1868, tras la toma de Bayamo por las fuer­zas insurrectas, los habitantes de la ciudad cantaron La Bayamesa, composición de Perucho Figuere­do que se convertiría en el Himno Nacional. Aquel acontecimiento, que da origen a la celebración del Día de la Cultura Cubana, muestra hasta qué punto la creación artís­tica podía condensar una voluntad colectiva.

También las banderas que acompañaron las luchas indepen­dentistas adquirieron un valor que trascendía su función como emble­mas: representaban la aspiración de constituir una nación soberana. La música, la palabra y los símbo­los contribuyeron así a hacer visi­ble una comunidad que reclamaba el derecho a existir por sí misma. La patria no se construye única­mente mediante actos políticos y militares; también necesita imáge­nes, sonidos y relatos en los que un pueblo pueda reconocerse.

Esa relación explica por qué la cultura resulta inseparable de la soberanía. No basta con la in­dependencia política si un país carece de capacidad para produ­cir conocimientos, desarrollar su pensamiento y decidir desde sus propias necesidades y aspiracio­nes. Tampoco basta con invocar la identidad si no se crean las con­diciones para que todos puedan acceder a la educación, disfru­tar de las artes y participar de la vida cultural. Defenderla supone proteger el patrimonio, estimu­lar la creación contemporánea y favorecer el pensamiento crítico. Significa, asimismo, comprender que la apertura al mundo no de­bilita inevitablemente lo propio: puede enriquecerlo, siempre que el diálogo no implique renunciar a la autonomía.

Festejar el Día de la Cultu­ra Cubana es, por eso, celebrar a Cuba: su memoria, su diversi­dad y su capacidad de proyec­tarse hacia el futuro. No se trata solamente de homenajear a los grandes creadores ni de evocar las páginas luminosas de nuestra historia, sino de reconocer en la cultura una fuerza que atraviesa la vida cotidiana y sostiene la po­sibilidad misma de un proyecto colectivo.

La revolución iniciada en 1868 encontró en ella una de sus raíces y una de sus aspiraciones funda­mentales: la construcción de una nación libre, capaz de reconocer­se en su diversidad y de decidir su destino. Sin cultura, la Revolución pierde profundidad, la república se vacía de sentido y la patria corre el riesgo de convertirse en una pa­labra desprovista de experiencia compartida. El 20 de octubre con­memoramos, en definitiva, aque­llo que nos permite reconocernos como cubanos y pensar, desde esa conciencia, el país que queremos construir.

Compartir...
Salir de la versión móvil