En 1988 se publicó por Ediciones Unión mi libro de crónicas «Este amor de todo el mundo», un volumen escrito para niños y adolescentes y dedicado a los jóvenes de numerosos países que participaron en el XII Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes, celebrado del 27 de julio al 3 de agosto de 1985 en Moscú, entonces capital de la Unión Soviética.
Comparto ahora en esta sección la primera crónica que aparece en aquel libro: Un relato de una hermandad inusitada con una joven de Bulgaria, sostenida solo por una correspondencia que cumplía dos décadas al momento de publicarse tal anecdotario.
A diferencia de otros hechos de fraternidad que narro en el libro, en este caso, por desdicha, aquella correspondencia, a la altura de sus 30 años, se fue apagando hasta quedar totalmente interrumpida, al parecer como indirecta consecuencia de la desaparición de la comunidad socialista europea.
Quién sabe, tal vez la republicación ahora de esta crónica obre el milagro de la reaparición de mi hermana búlgara.
Cuando el hogar se agranda
Mucha gente tiene amigos que quiere y considera como hermanos. Muchos compañeros de escuela, por ejemplo, que comparten el aula y las tareas pioneriles, llegan a quererse como hermanos verdaderos. Lo mismo sucede, ya entre las personas mayores, con algunos compañeros de trabajo, que comparten durante años las mismas labores, las mismas ideas y tareas revolucionarias, y llegan a sentirse hermanados para toda la vida.
Esto es muy hermoso, porque el hogar así se le agranda a uno, y con el tiempo se comprende que la familia es parte de una familia más grande, que es el pueblo.
Y se hace más hermoso cuando la amistad hermana a personas de pueblos diferentes. Conozco a un pionero que estuvo en el campamento de Artek, en la URSS, y allí hizo una gran amistad con un pionero soviético, y desde entonces se consideraron hermanos a pesar de la distancia. Y sé también de un joven que prestó servicios internacionalistas en Angola, y allá dejó un amigo tan querido, que habla de él como de «su hermano angolano».
Cuando eso pasa, el hogar se ha hecho más grande todavía, y uno empieza entonces a comprender que la gran familia que es el pueblo forma parte de otra familia mucho mayor, que es la humanidad.
Yo también tengo una amiga a la que quiero como a una hermana. Pero lo curioso de mi caso es que a ella no la he visto nunca, y que su casa es para mí un hogar que nunca he visitado.
Todo empezó en el año 1963, cuando yo estudiaba en La Habana el idioma búlgaro. Por esa época empecé a escribirle a una muchacha búlgara llamada Milka Guerguieva, porque la correspondencia en una lengua extranjera es una formidable ayuda para quien la estudia, y porque escribir cartas a jóvenes de otros pueblos es una forma de hacer más fuertes los lazos de amistad entre la juventud de todo el mundo.
Mediante las cartas, se fue formando entre Milka y yo un sólido sentimiento de afecto. Conversábamos por escrito sobre las actividades de los jóvenes y los pioneros de nuestros pueblos en la construcción del socialismo. Hablábamos sobre las costumbres en Bulgaria y Cuba, sobre nuestros héroes, sobre nuestras grandes figuras en las ciencias, las artes y los deportes.
El tiempo pasó. Cada uno hizo su vida: terminamos los estudios, comenzamos a trabajar, fundamos nuestras familias. Y continuamos escribiéndonos.
Nuestra correspondencia ya tiene veinte años. Yo hablo siempre de ella como «mi hermana búlgara», y ella le cuenta a todo el mundo sobre «su hermano cubano» que escribe en el periódico de los pioneros. Ella dice con orgullo que Cuba es su segunda patria, y yo, con el mismo sentimiento, lo digo de Bulgaria.
Nunca nos hemos visto más que por fotos; no conocemos siquiera el timbre de nuestras voces. Pero sus hijos me escriben: » Tío, mándame un dibujo…» Nunca nos hemos visitado, pero gracias a la correspondencia ella anda por mi hogar y yo por el suyo, como se anda por hogares propios. Somos dos hermanos que llevamos veinte años burlando la distancia con las cartas.
Y cada año, cuando se acerca el primero de marzo, hasta la tierra de Dimitrov y hasta la tierra de Martí vuelan, mediante el correo, las martenitsas nuestras (adornos rojiblancos con que los búlgaros desean una feliz primavera), llevando consigo el abrazo y el beso cariñoso de dos hermanos nacidos de la amistad entre los pueblos, como el perfume nace de las flores.
