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El crimen de La Higuera

Cuando los soldados bolivianos vieron dos hombres escalares por la quebrada del Yuro, uno de ellos levantó el fusil y gritó que se detuvieran. Eran el Che, herido en una pierna, con su fusil inutilizado y sin balas en su pistola, y Willy, Simeón Cuba, quien trataba de ponerlo a salvo, se había estrenado en la lucha como dirigente sindical en la mina de Huanuni, en el departamento de Oruro.

 

 

Cuando uno de los militares se acercó al Che, le asestó un culatazo en el pecho y le apuntó con su arma para dispararle, Willy se interpuso y le gritó: “! ¡Carajo, este es el comandante Guevara y me lo van a respetar!

Era el 8 de octubre, en las veinticuatro horas siguientes de consumaría el crimen en la escuelita de La Higuera.  Hasta allí fueron conducidos el Che. Willy y el Chino, Juan Pablo Chang, de nacionalidad peruana; junto a Pacho, Alberto Fernández Montes de Oca, gravemente herido, a quien dejaron morir sin permitirle al Che prestarle asistencia médica; los cadáveres de Antojo (Orlando Pantoja), Aniceto  (Aniceto Reinaga) boliviano, el primero en caer en el Yuro,  y Arturo. (René Martínez Tamayo) el más joven de los guerrilleros cubanos.

 

 

La orden de matar al Che vino de Washington. No convenía tener vivo a un prisionero tan peligroso.

En la mañana del día 9, el agente de la CIA de origen cubano Félix Ismael Rodríguez Mendigutía que se hacía llamar Félix Ramos, recibió en la pequeña planta que había instalado en La Higuera para comunicarse con su agencia el mensaje cifrado que ordenaba acabar con la vida del Che.

Ese individuo lo había insultado y maltratado y el Guerrillero Heroico lo había calificado de traidor y mercenario. También había ejercido la violencia contra El Chino para obligarlo a hablar, sin resultado. Fue asesinado.

A Félix Ramos se le pidió que, si lo deseaba, ejecutara él mismo al Che, sin embargo, este siniestro personaje, en compañía de otros oficiales bolivianos buscó entre los soldados quienes se ofrecían para cumplir la orden.

En declaraciones a la prensa Mario Terán, quien había aceptado hacerlo, narró que cuando entró en el aula donde estaba el Che sentado en uno de los bancos de la escuelita, lo ayudó a ponerse de pie y aunque sabía que iba a morir se mantenía sereno. Terán se sintió impresionado, las manos le temblaban, no podía disparar, aunque le gritaban que lo hiciera, le dieron bebidas alcohólicas para alentarlo, pero no podía cumplir la orden. Finalmente cerró los ojos y disparó y a continuación hicieron lo mismo los demás presentes incluido el agente de la CIA.

Se había consumado el crimen era la una de la tarde del n9 de octubre de 1967.

La muerte no los destruyó, los hizo héroes en la historia.

Cuando muchos años después sus restos fueron encontrados y depositados en el memorial erigido en el centro de Cuba  para honrar su memoria junto con los de sus compañeros de lucha, Fidel Castro expresó:

“Veo al Che y a sus hombres como un refuerzo, como un destacamento de combatientes invencibles, que esta vez incluye no solo cubanos, sino también latinoamericanos que llegan a luchar junto a nosotros y a escribir nuevas páginas de historia y de gloria. Veo además, al Che como un gigante moral que crece cada día, cuya imagen, cuya fuerza, cuya influencia se han multiplicado por toda la tierra”.

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