Hay fincas que son solo fincas. Otras, como La Victoria, son territorios donde la terquedad se vuelve cosecha.
A un lado de la carretera que une Bayamo con Manzanillo, en la comunidad de Sabanilla, Ricardo Serrano Masquida lleva décadas haciendo algo que en la agricultura cubana suena casi a herejía: producir frutales a gran escala con los recursos que tiene a mano, sin esperar a que llegue lo que demora en llegar.
Este ingeniero agrónomo graduado en 1985, campesino y fidelista hasta la médula, pasa por encima de la improvisación para pisar terreno seguro. Su finca, de unas 40 hectáreas, funciona como un gran laboratorio donde casi ninguna pretensión agrícola parece imposible.
Pero no fue la fama lo que lo trajo hasta aquí sino la convicción de que la naturaleza solo le niega al hombre los frutos que él no es capaz de cultivarle bien.
Resiliencia: cuando no hay, se inventa
La Victoria no ha tenido una vida fácil. Sus suelos han sufrido erosión y no son precisamente los más fértiles de Granma, en tanto, su dueño ha demostrado que la resiliencia en el campo cubano no es un eslogan: es una práctica diaria. Mientras otros esperan financiamiento o insumos importados, él ha creado un sistema productivo que se retroalimenta a sí mismo.
El agua que sobra del riego va a dos lagunas artificiales y, cuando los embalses alcanzan su nivel máximo, abastece los cultivos en un ciclo cerrado. Los bancos de proteína animal, como moringa, morera, glicinia, leucaena, caña y king grass, sustituyen el pienso importado que siempre se retrasa o falta:
“Tienen exigencias nutricionales, pero son animales nobles, comen la mitad del alimento que requieren otras razas”, dijo alguna vez Ricardo sobre sus vacas Jersey.
Quizás uno de los ejemplos más elocuentes de su inventiva sea la casa de cultivo que construyó con bambú, marabú y mangueras. Ignorando las modernas barras de aluminio que se importan a precios casi prohibitivos, esa estructura rústica ha conseguido superar a las casas convencionales en población y supervivencia de posturas.
Según describió para un artículo en La Demajagua la clave está en los tubetes con mangueras de polietileno fraccionadas, que sustituyen las bandejas importadas, pues estas no se cristalizan con el tiempo y, además, se consigue duplicar las posturas y con más garantía a la hora del trasplante.
Esa misma filosofía lo llevó a diseñar un arado que no cree en suelos duros, concebido por él, diseñado por personal de la Universidad de Granma y fabricado en la Empresa Mecánica Bayamo.
Ciencia con recursos endógenos
La Victoria es, desde hace años, un sitio demostrativo nacional en manejo sostenible de tierras. Fue la primera finca de Granma en recibir la categoría de iniciada en ese programa, que exige no quemar, no talar, no contaminar el acuífero y diversificar las producciones.
Su quehacer con suelos certificados, materias orgánicas y medios biológicos no es un añadido: es el eje de su estrategia productiva.
Ricardo colabora con la Universidad de Granma y con el Instituto de Investigaciones Agropecuarias Jorge Dimitrov.
Fue Fidel Castro quien lo llamó personalmente hace años para hablar de moringa y alimentación animal. “La finca era un laboratorio”, recuerda Ricardo sobre aquellas conversaciones con el Comandante en Jefe, que se prolongaron durante cinco años.
La revitalización de los frutales
En los últimos tiempos, La Victoria ha redoblado su apuesta por los frutales. Acaba de montar casi 40 mil esquejes de guayaba enana roja cubana, que sumados a otros 12 mil ya en comercialización representan un aporte significativo al programa agrícola de los municipios de Bayamo, Yara, Cauto Cristo, Niquero, Buey Arriba y Bartolomé Masó.
A eso se suman miles de posturas de fruta bomba, mango, coco, hortalizas, condimento y aromáticas.
La finca mantiene 18 hectáreas de mango, cinco de plátano FHIA-04 y 21, además de coco y naranja.
En la campaña de frío de 2020, Ricardo reportó casi 10 hectáreas de guayaba, fruta bomba y café, un vivero de frutales importantísimo y cinco hectáreas de limón en producción.
Su hijo ha recibido una finca de 38 hectáreas para el cultivo de plátano, que se suman a las dos ya plantadas con esa vianda. La familia entera está involucrada en el propósito de que La Victoria no sea una excepción, sino un modelo replicable.
Valoración: lo que ya se demostró
Los resultados allí son hechos acumulados y no promesas. La finca ha ganado más de 200 premios en ferias agropecuarias de Granma y Rancho Boyeros. Aplica 24 subprogramas de agricultura urbana, tiene un coto genético de vanguardia y es abanderada en la producción de posturas de árboles frutales. Sus aulas capacitan cientos de personas por lo que se reconoce como un centro multiplicador de conocimientos.
Ricardo Serrano Masquida no es un productor cualquiera. Es un campesino que ha convertido la ciencia en herramienta cotidiana y que ha demostrado que la innovación no siempre viene de un laboratorio con aire acondicionado, sino de la observación paciente y de la terquedad de quien no renuncia.
Su finca produce alimentos y produce evidencias de que otra agricultura es posible en Cuba.
Él lo resume sin grandilocuencia: “Cosas como estas podemos desarrollarlas sin dificultad por nosotros los productores. Solo necesitamos un poquito de apoyo, conducción, asesoramiento, estímulos morales y cosas que solo dependen de la voluntad del cubano”.
Y entonces, con la certeza de quien ha sembrado mucho y cosechado más, remata: “¡adelante, que sí podemos!”.