A muchos entristece —y me cuento entre ellos— el color, el hedor, así como la imagen lúgubre, que se asientan en tiempos actuales, en tantísimos lugares de ciudades cubanas, en especial de La Habana. Unos dirán que por razones harto conocidas, agregaría yo además que por desidia.
A la par de tales desatinos, por suerte, también florece el lustre de quienes demuestran con su acción el decoro de muchos hombres; pero no me referiré a estos, sino a quienes permiten o protagonizan escenas dantescas perfectamente evitables.
Jamás olvidaré mi orgullo cuando La Habana fue seleccionada Ciudad Maravilla, como tampoco dejo de pensar en los sitios a donde hoy, de la noche a la mañana, llegan, hombres y mujeres generalmente desaliñados, quienes sin pedir permiso —tampoco nadie les exige—, comienzan a vender cualquier cosa que se les ocurra, muchas veces sacados de basureros, llámese un trasto desvencijado, ropa muy pasada de moda, cazuelas, pares de zapatos bien antiguos, linternas en apagón permanente y hasta celulares con ínfulas de ser la envidia de Graham Bell.
Tal situación tiene larga data, reconocemos que combatida por etapas y que ha llegado a niveles preocupantes, por lo que las autoridades competentes deben proyectarse por mejorar integralmente tales entornos.
Cómo es posible que se violen con tanta impunidad las muy olvidadas ordenanzas sobre el deber ser en los espacios públicos y también, de paso, en los de la red comercial, que en general proyectan una imagen de absoluta decadencia, de almacén donde tienen cabida no precisamente las antigüedades, sino lo más paupérrimo e impensable.
Cumplir las normas de convivencia y cuidar el medio en el cual nos desenvolvemos, incluidos portales y aceras contribuye a tener ciudades más ordenadas y disfrutables.