Hace días, Trabajadores cumplió un deseo: apadrinar dos Casas de Abuelos: la Celia Sánchez Manduley, y la no. 1, ubicadas en los municipios capitalinos del Cerro y Plaza de la Revolución, respectivamente.
Cuando en ambos lugares concluyó el encuentro, que se extendió por más de dos horas, no sé quienes se sintieron más agradecidos, si ellos o nosotros. La experiencia fue gratificante. Además de compartir un momento con los abuelos, tuvimos la suerte de escuchar numerosas historias de vida llenas de sacrificios, alegrías, aprendizajes y recuerdos. Oírlos nos proporcionó sentimientos de admiración, gratitud y respeto.
Conocimos al combatiente de la Lucha Contra Bandidos, al pailero, al innovador, a la maestra Makarenko, a la bailarina que conoció a Alicia Alonso; a la ingeniera, a la economista… Cada diálogo nos permitió comprender que los adultos mayores son verdaderamente la memoria viva de nuestras familias y de la sociedad.
Verlos en esos confortables recintos, rodeados de amor y atención, nos hizo reflexionar de nuevo sobre la importancia de cuidar, respetar y acompañar a nuestros ancianos, no solo por su vulnerabilidad, sino también por el valioso legado humano que representan.
¿Cuánto más podemos hacer por nuestras personas de la tercera edad más allá del Día del Adulto Mayor que celebramos el 1.º de octubre? En estos tiempos cada detalle cuenta. Su cuidado no debe ser únicamente de las familias. Toda la sociedad y sus diferentes actores tienen la responsabilidad de protegerlos, acompañarlos y garantizarles una vida digna. El Gobierno, las instituciones, organizaciones, profesionales de la salud y todos, en general, deben contribuir a crear un entorno seguro, inclusivo y respetuoso para quienes han llegado a la vejez y tanto han entregado a la nación. Cuidarlos no es solo un acto de solidaridad, sino una forma de honrar nuestra historia.