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El control sindical no se decreta

El país atraviesa una etapa tras­cendental en la que el sindicato está llamado a desempeñar un papel protagónico. Cobra enton­ces especial relevancia el control sindical que, lejos de ser una con­signa, significa mayor partici­pación de los trabajadores en la gestión y supervisión de las em­presas.

El problema aparece cuando, en muchos centros laborales en­cuentras que el sindicato conti­núa siendo el que pasa lista en la asamblea y firma lo que la administración le pone de­lante. Las propias Conferencias Municipales y Provinciales 22 Congreso lo reconocieron: hay superficialidad en el control administrativo y falta de exigencia de las estructuras sindica­les.

El reto está en pasar de la formalidad a la acción con medidas concretas. Crear comisio­nes de control que auditen periódicamente los estados financieros y exijan transparencia en la gestión. Y eso solo se logra mediante asam­bleas de afiliados y de trabajadores con poder, en las cuales discutan y aprueben la distribu­ción de utilidades y los planes de inversión, sustentados en estrategias renovables y con completo aprovechamiento de las potenciali­dades locales y los recursos disponibles.

La conducción sindical requiere prepa­ración técnica y política, dirigentes capaci­tados para enfrentar los nuevos escenarios con rigor y responsabilidad. Ejemplos ya existen, como las discusiones del Plan y el Presupuesto del 2027, en las que los sindi­catos han impulsado asambleas de traba­jadores con voz y voto para aprobar metas económicas y sociales. Estas evidencian que pueden ser más que un trámite, para conver­tirse en garante de justicia social y partici­pación colectiva.

No hay fórmulas mágicas para resolver las disyuntivas ya acumuladas. Lo que sí re­sulta imperioso es un cambio de mentalidad, porque de nada sirven las nuevas prerroga­tivas si quienes las ejercen mantienen las mismas rutinas que antes limitaron la acción sindical.

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