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¿Corridas de toros en Cuba?

La respuesta al título de este texto es afirmativa y está avalada por una investigación del historiador de La Habana Emilio Roig de Leuchsenring.

 

Plaza que existía en Belascoain en una corrida de 1866.

Las primeras noticias de esta práctica en La Habana las aportó fray Bartolomé de Las Casas quien relató una en la que participó un individuo famoso por su crueldad con los indios y curiosamente cuando regresó alegre con otros españoles a su posada, de repente dando un grito falleció.

En 1538 se realizó en Santiago de Cuba una corrida de toros en honor a la llegada del adelantado Hernando de Soto.

En 1747 el escenario fue Matanzas, tres años después hubo otra en La Habana para festejar la coronación del rey Carlos III.

Son algunos ejemplos de una práctica que se consideraba entoces como un entrenamiento en el manejo de la lanza y en la que participaban figuras relevantes como el mismísimo Pizarro que fungió como rejoneador (el que se enfrenta a caballo al toro).

En cuanto a las plazas de toros de La Habana el investigador cita la construida en 1797 situada entre las calzadas del Monte y del Arsenal; otra erigida en 1821 en la esquina de la calle Águila; una tercera que duró desde 1825 a 1836 en la actual Plaza de la Fraternidad; la cuarta de 1842 a 1855 en la plaza mayor de Regla; la quinta, en la calle Belascoain entre Virtudes y Concordia, junto a la Casa de Beneficencia.

Una sexto radicada en Infanta cerca de Carlos III tuvo como atracción al famoso torero Luis Mazzantini.

 

Las corridas de toros desaparecieron con la ocupación estadounidense a Cuba, el 10 de octubre de 1899.

En vano trataron de restablecerse en la República con el argumento que atraerían el turismo norteamericano. Destacadas personalidades se opusieron a ello.

Ya desde 1878 José Martí había expresado su criterio sobre las lidias de toros: «Es hermoso lo de capear y animado lo de burlar al bruto y arrogante lo de retarlo, azuzarlo, llamarlo y esperarlo, y es lujoso el despejo, y gusta siempre el valor; pero lo de herir por herir y habituar alma y ojos de niños que serán hombres, y de mujeres que serán madres, a ese inútil espectáculo sangriento, ni   arrogante, ni animado ni hermoso es»

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