Nueva York vuelve a concentrar desde este lunes 22 de septiembre, y durante las próximas semanas, a buena parte de la diplomacia mundial.
La víspera comenzó el debate general de la 81.ª Asamblea General de las Naciones Unidas, después de que el nuevo período de sesiones fuera inaugurado formalmente el pasado 8 de septiembre.

El lema elegido para este año —“Restaurar la confianza, gestionar la transformación: unas Naciones Unidas que cumplan para todos”— difícilmente podría ser más oportuno.
La agenda refleja la complejidad del momento: guerras y crisis humanitarias, cambio climático, desarrollo, inteligencia artificial, prevención de pandemias, ascenso del nivel del mar y derecho al desarrollo estarán entre los asuntos de alto nivel.
No es casual que la propia presidencia de la Asamblea haya colocado la recuperación de la confianza en el centro de sus prioridades. La ONU inicia su novena década bajo una presión evidente sobre el sistema multilateral.
Guterres se despide
Para António Guterres esta Asamblea tiene además un significado personal e institucional: será la última que presida como secretario general.
Su segundo mandato termina el 31 de diciembre de 2026 y ya está en marcha el proceso para seleccionar a su sucesor.
En su intervención de este 22 de septiembre, el portugués volvió a reclamar acciones para hacer frente a las guerras, al cambio climático y a los riesgos asociados a la inteligencia artificial. También reiteró la necesidad de reformar las instituciones de Naciones Unidas para que puedan cumplir con mayor eficacia su cometido.

La salida de Guterres podría significar el inicio de esa transición por la que ha abogado, pero no parece ser la solución al problema central.
Cuba ante la Asamblea
Para Cuba, la cita neoyorquina constituye nuevamente un espacio para defender sus posiciones sobre los principales asuntos de la agenda internacional y denunciar las consecuencias de las medidas coercitivas unilaterales de Estados Unidos.
El canciller Bruno Rodríguez Parrilla participa en las actividades de alto nivel y ha intervenido en encuentros relacionados con la coyuntura regional y con la situación cubana. La presencia de la delegación cubana se produce, además, en un momento de particular tensión en las relaciones con Washington.
Pero habrá otro momento de especial relevancia para la Isla: la discusión en la Asamblea General de la resolución “Necesidad de poner fin al bloqueo económico, comercial y financiero impuesto por los Estados Unidos de América contra Cuba”, prevista para finales de octubre.
El tema forma parte de la agenda de la Asamblea desde 1991 y ha sido sometido anualmente a consideración de los Estados miembros.
En julio pasado, además, la Asamblea aprobó la propuesta cubana de celebrar un debate adicional sobre este asunto durante el actual período de sesiones. El resultado fue de 136 votos a favor, nueve en contra y una abstención.
La próxima discusión volverá a poner a prueba la capacidad de la organización para hacer valer el pronunciamiento de su membresía frente a una política unilateral que Cuba denuncia como contraria a los principios de la Carta de las Naciones Unidas.
ONU, ¿institución necesaria?
La ONU no dispone de una varita para resolver los conflictos del mundo. Desde su nacimiento, la Organización ha intentado balancear las relaciones de poder y articular la voluntad de sus Estados miembros, particularmente en el Consejo de Seguridad. Más de una vez ha fallado.
Precisamente por eso, la discusión sobre su futuro no debería reducirse a preguntar si la Organización ha conseguido impedir cada guerra o resolver cada crisis.
La cuestión de fondo es qué ocurriría si desapareciera el principal espacio universal donde todos los Estados pueden sentarse a negociar reglas comunes.
En un mundo fragmentado, con conflictos que desbordan fronteras y problemas —clima, pandemias, inteligencia artificial, migraciones, pobreza o proliferación nuclear— que ningún país puede resolver por sí solo, la cooperación multilateral conserva una función difícil de sustituir.
La propia Asamblea General reúne a los 193 Estados miembros, cada uno con derecho a voto, y constituye el principal espacio universal de deliberación sobre los asuntos comprendidos en la Carta.
La 81.ª Asamblea enfrenta, por tanto, el dilema de un mundo que necesita más cooperación internacional justo cuando las relaciones entre las potencias hacen más difícil alcanzarla.
El relevo de Guterres será, por tanto, mucho más que un cambio de nombre.
Será también una oportunidad para discutir qué Naciones Unidas necesita el mundo y, sobre todo, cómo hacer que sus principios y decisiones tengan mayor capacidad para responder a las crisis que atraviesan a la humanidad.


