Las transformaciones económicas y sociales aprobadas recientemente plantean un desafío que para el movimiento sindical no puede reducirse a conocer dichas disposiciones, explicarlas en una asamblea o movilizar después a los colectivos para cumplirlas, sino que abre el abanico a una interrogante más profunda: ¿Qué papel juega el sindicato en este proceso?
La pregunta resulta pertinente porque las 176 transformaciones abarcan 23 ejes y alcanzan ámbitos tan sensibles como el modelo de gestión de los actores económicos, la autonomía empresarial, las relaciones de propiedad, la planificación, la política salarial y de precios, los subsidios, el sistema financiero, la recuperación agrícola, la autonomía municipal y los mecanismos de control e inspección.
Por tanto, muchas de esas decisiones terminarán materializándose donde el sindicato tiene su razón de ser: los colectivos laborales. No es casualidad que, al clausurar el XXII Congreso de la Central de Trabajadores de Cuba (CTC), el Primer Secretario del Comité Central del Partido Comunista de Cuba y Presidente de la República Miguel Díaz-Canel Bermúdez situara a los trabajadores en el centro de este desafío.
Al respecto expresó: “Sin la movilización consciente de los trabajadores nada será posible”, ni el gran salto productivo que demanda la economía nacional ni la calidad de los procesos de control y fiscalización.
La participación colectiva, eje de la transformación
El movimiento sindical cubano tiene ante sí dos responsabilidades inseparables. Una es movilizar las reservas productivas, estimular eficiencia, innovación, ahorro y aprovechamiento de los recursos para contribuir al salto que necesita la economía. La otra, representar efectivamente al trabajador en las decisiones que acompañen ese proceso.
No debería existir una sin la otra. El país necesita producir más y generar mayores recursos materiales y financieros para sostener sus objetivos sociales. Pero ese resultado no depende únicamente de exhortaciones. Exige discutir en cada sitio qué impide producir, dónde están las reservas, cuánto puede resolverse desde la empresa y qué obstáculos escapan de sus facultades.
De ahí que una participación consciente no pueda construirse únicamente diciendo al trabajador qué tiene que hacer. Necesita incorporar también sus respuestas a preguntas esenciales: qué podemos hacer, cómo podemos hacerlo mejor y qué debe cambiar para conseguirlo.
Esa concepción posee raíces en el pensamiento del Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz sobre el movimiento obrero. Estudios sobre su relación con los trabajadores destacan la unidad como una constante y colocan a la clase obrera en un papel protagónico dentro del proceso revolucionario. Asimismo, recuerdan la importancia que concedió a la consulta con los trabajadores ante decisiones complejas.
Cobra sentido entonces, cuando nuevas facultades económicas trasladan una parte importante de las decisiones hacia empresas y territorios.
Más facultades, mayor participación
Uno de los cambios más relevantes concede mayor autonomía al sistema empresarial estatal. Entre otras facultades, se descentralizan decisiones asociadas a precios, organización empresarial y utilización de utilidades. Especial trascendencia para el movimiento sindical tiene la aprobación de la escala salarial: los salarios deberán negociarse con los trabajadores y con participación del sindicato, de acuerdo con la capacidad económico-financiera de cada empresa. Aquí el protagonismo sindical deja de ser un concepto abstracto.
La descentralización, por tanto, no puede significar solamente más facultades para administrar. Debe implicar también mayor capacidad del colectivo para conocer, discutir y controlar decisiones que tienen consecuencias directas sobre su trabajo y sus ingresos.
El salto no puede ser solo una consigna
Cuba necesita un salto productivo. Las propias transformaciones apuntan a recuperar capacidades económicas, ampliar la autonomía empresarial, incentivar la agricultura y modificar mecanismos de gestión, planificación y financiamiento. El llamado a producir tendrá más credibilidad mientras más acompañado esté de la discusión sobre cómo eliminar aquello que impide producir.
Las difíciles circunstancias externas no eliminan las responsabilidades internas. En la presentación de las transformaciones ante la Asamblea Nacional fueron reconocidos también errores e insuficiencias propios, junto a las afectaciones provocadas por las medidas coercitivas de Estados Unidos.
El movimiento sindical puede desempeñar ahí un papel decisivo: ayudar a distinguir lo que depende de factores que un colectivo no puede modificar de aquello que sí encuentra solución en una mejor organización, más control, participación, innovación o exigencia.
Controlar también es participar
El planteamiento de Miguel Díaz-Canel Bermúdez coloca junto al salto productivo otro asunto que no debe pasar inadvertido: el control y la fiscalización. No basta con obtener determinados resultados económicos. Importan también cómo se consiguen, cómo se utilizan los recursos y cuánto conoce el colectivo acerca de ellos.
Las transformaciones incorporan precisamente un eje destinado a perfeccionar los mecanismos de control e inspección. Pero el control no debería entenderse exclusivamente como una inspección que llega desde fuera. El conocimiento de los trabajadores sobre planes, recursos y resultados puede convertirse también en una barrera frente a indisciplinas, ineficiencias y desviaciones.
El reto está en no confundir acompañamiento con complacencia. Defender las transformaciones también supone señalar oportunamente lo que no funciona.