Le advierto. Si sus ojos se posaron aquí para relajarse, olvídelo. Tómese un café o pase a la página de Cultura. Los siguientes párrafos necesitarán que usted esté en pie de guerra si desea interiorizar lo que se avecina. Es lo que le sugiero, porque ninguna victoria es tan bella como la de ser fiel a nuestra más profunda e imperfecta humanidad…
Roniel Iglesias terminó una noche de febrero del pasado año sentado en la esquina de un ring en Rusia. Con el torso al descubierto, miraba al techo de la sala mientras se cubría el rostro con la mano izquierda. Antes, había recibido y propinado golpes sin tregua. Sin embargo, nadie en medio del bullicio final percibió que en él, uno de los púgiles con más talento de su generación, entraba en erupción un silencioso volcán de emociones. Su conciencia, amiga recóndita y compleja le susurraba: ¿paramos?, ¿qué hacemos, campeón? Más de un año después y frente a dos generosas tazas de un espectacular café, el hombre cuyo estilo era un jab al corazón, mira directamente a los ojos, y tal vez por primera vez en mucho tiempo confiesa:
“El boxeo me hizo lo que soy. ¿Al principio? Para escapar de algunas cosas en la escuela. Tenía cualidades que me separaban del resto, además de tomarme siempre las cosas en serio. Vi que podía llegar lejos y ya no nos separamos. La disposición y la entrega en el entrenamiento hicieron lo que soy”, testifica con firmeza y convencimiento.
“Mira, siempre separé el deporte de mi vida personal. Me relacionaba con gente de otros sectores, ellos sabían y respetaban el esfuerzo que hacía.
“El boxeo tiene muchas caras y hay quienes no las ven. Solo el que choca con eso sabe de lo que hablo —dice y se frota con fuerza las manos—. Bajar de peso, luchar con lesiones, quedarte días casi sin comer para alcanzar el peso. Correr y subir al ring sin deseos, ufff hasta combatir casi deshidratado…”.
A veces, las batallas que asumimos quedan rotuladas en el rostro del alma. Respiran, gritan, incluso supuran como una herida. Sus historias trazan una pintura fiel de tu camino.
“Tuve varios momentos importantes en mi carrera. ¿Uno inolvidable? ¡Los Juegos Olímpicos de Tokio 2020! Choqué con no pocas decepciones —apuntala y su voz parece cortar el ambiente como un cuchillo afilado—. Hubo gente que me falló, algunas cercanas. Sabían lo que podía dar y dudaron. Le hicieron caso a los que no debían. Al final, incluso, después de salir de la COVID-19 y todo ese estrés, gané el oro…
“Mira, dejé de boxear por las lesiones. Mis manos son chiquitas; estoy orgulloso de ellas, pero no era fácil. La izquierda se me lastimaba bastante. También era el de más tiempo en el equipo nacional y no fui incluido en la mejor contratación profesional. No me dieron el interés de antes —afirma y noto que desea seguir exprimiendo de su memoria los jugos más profundos y amargos—. Las peleas que llegaron fueron en divisiones superiores a la mía. Tuve mi declive. Sufrí, era difícil. No cambio salud por dinero. Al final la mente dijo: para ya.
“Solo en mis inicios sentía temor antes de un combate. Lo perdí cuando fui mejorando. Chocando con buenos boxeadores. Desde chiquito vi a mi familia practicar la religión yoruba, —asevera con tono reflexivo y mirando unos segundos las tazas ya vacías—. Soy babalawo. A mi forma, cuando subía al ring pedía la bendición. Primero hacía mi ritual, pero sin la mejor preparación es imposible un buen resultado.
“Llegué tarde al profesionalismo. No me arrepiento. En Cuba hubo grandes que no pudieron probar ese nivel, yo lo hice —y traga saliva, como si lo que dijese no le angustiase—. Si hubiera llegado antes hubiera avanzado más…”.
Los recuerdos aferrados a mi piel más profunda. Las palabras más duras rasgando mi lengua. Mi experiencia vital gotea y se derrama con tonos de mil vivencias. Es uno de los riesgos de vivir.
“He pasado por situaciones duras fuera del deporte como todos. Las dejé atrás. Me crie albergado, pasando trabajo. Eso enseña. El boxeo no me quitó, me dio mucho. Gracias a él mejoré, tengo cierta comodidad, —asegura y acentúa el parpadeo de sus ojos—. De chiquito mi familia era muy humilde. Hoy soy su sostén. Eso es importante para mí.
“No tengo amigos boxeadores, —puntea, mientras mueve de un lado a otro una enorme sortija en un dedo de su mano izquierda—. Nosotros (los pugilistas) tenemos características difíciles. Amigo amigo solo uno que lo ha demostrado y es fuera del ring. Tuve compañeros de equipo. Traté de ser justo. Hablaba poco y daba consejos. Te repito, amigos boxeadores no.
“Al comienzo tenía los ojos encima de mí (prensa, especialistas y fanáticos). Nunca me compararon con otros. Fui para muchos en un tiempo el mejor del mundo libra por libra y sobre todo en una división que es muy competitiva. ¿Mi mayor rival? Cuando con 20 años peleé más de una vez contra Yordenis Ugás. Estaba consolidado. Nunca le gané, ¡aprendí muchísimooo! Tenía un montón de cualidades”, asevera y firma un signo tajante con ambas manos…
Cuando mi espíritu está herido y duda, tu intensa experiencia me rescata y alumbra. Tu criterio es la más honesta palabra. Es el gesto firme de que estoy en el camino correcto.
“Mi mamá ha estado siempre presente, le di una casa. Cada vez que sentía algo o tenía preocupaciones se las decía. Sus consejos fueron importantes, junto a mis dos hermanos ha estado al pie del cañón, —percibo en sus palabras un aroma franco y amoroso—. Ella nos ayuda. En ocasiones me sobreprotege, las madres son así.
“¡Claro que he chocado con gente que quiere aprovecharse! No en dinero. Sino para decir que andan con el campeón. Por eso tengo pocas amistades. Hay quien se vende como lo que no es. Las decepciones son bastantes. Uno aprende, —acentúa y salpica esa última palabra con algo de resignación—.
“El boxeo hay que sentirlo. Si te gusta de verdad podrás llegar lejos. Hay quien no entiende lo que es ser campeón olímpico. No todos lo logran. Debes disfrutarlo, entregarte a él con disciplina y constancia. Solo así se triunfa.
“Hombre, cumplí mis objetivos. Estoy entre los grandes de Cuba en toda su historia —dice aderezando su discurso con píldoras de franqueza—. Pienso que marqué el corazón de muchos. ¡Mira, para que veas!, hace unos días una mujer me vio en la calle y me dijo.
¡Me hiciste llorar! Oye, esa reacción de la gente te toca. Te dan un valor grande. ¡Estoy seguro, varón!, sin el boxeo no hubiera sido yo ¡te lo juro!…”.
Pocos pueden hablar y opinar sobre el pugilismo como Roniel Iglesias. Su insaciable espíritu de conquista le espoleó esa necesidad ingobernable de descubrimiento. De forzar los límites. De incendiar los imposibles con resistencia y entereza. Su mayor identidad es la fe en sí mismo. Esa que uno jura que mantendrá y es indestructible.